No voy a aburrir contando mucho de Río: en sí la ciudad nos decepcionó un poco al tocarnos un tiempo regular pero la playa esplendorosa, los caipirinhas y la naturaleza desbordante pusieron un buen broche final.
Se acabó. Cerca de 4 meses dando tumbos de un lado para otro llegaron a su fin. Queda una de las mejores partes del viaje: volver. Y cuando el espíritu celebra tanto la vuelta después de un viaje tan positivo es que lo que aguarda en casa es bueno.
En el aeropuerto me esperan mis padres, mi sobrina María y mi hermana Cristina y, en casa, el resto de mi familia para una opípara comida. Todos más o menos igual salvo mis sobrinas, que me reciben con sus últimos aprendizajes: una es capaz de mantener conversaciones de cierta complejidad y la otra ya anda. Como siempre que llego últimamente a Málaga en avión me sorprende la luz de la ciudad, una luz inconfundible que lo inunda todo de alegría.
Los siguientes días me encuentro con mi cama, mi ducha, comida en condiciones, periódico a diario, y un sin fin de actividades que no me dejan parar un momento. Está bien llegar en esta época con los días tan largos. A pesar de ello, a mis días les faltan horas, aunque se que tengo un largo verano por delante para, despacio, hacer todo lo que tengo pendiente. Y también para recordar todas las cosas escritas en este blog que he tenido la suerte de disfrutar y también de compartir con todos los que lo han leído. Qué privilegio.
lunes, 14 de junio de 2010
viernes, 4 de junio de 2010
22. Cataratas de Iguazú
El avión nos transportó de una forma rápida e higiénica a Iguazú. Al aterrizar en plena selva da la sensación de que sale humo de una parte. Eran las mismas cataratas, que con la caida tan brutal de agua despedía un vapor que se elevaba por encima de los árboles.
Las cataratas de Iguazú hacen de frontera entre Brasil y Argentina, correspondiendo a cada país una parte. El primer día lo dedicamos al lado argentino, que tenía varios circuitos a través de pasarelas para ver las cataratas desde diversas perspectivas. La verdad es que son tan brutales como todo el mundo dice. La bocanada de agua se precipita con una fuerza espeluznante durante varios kilómetros creando un bosque de saltos de agua y arcoiris fascinante. Tuvimos la oportunidad de coger un barco que se aproxima bastante al pie de las cataratas y que te deja literalmente chorreando. Muy divertido. La parte más fascinante es la llamada "Garganta del Diablo", el lugar donde baja el mayor volumen de agua. Puedes estar mirando caer el agua durante horas, que no te cansas. Nos gustó tanto que al día siguiente volvimos a ir en un paseo nocturno aprovechando la luna llena.
El pueblo Puerto Iguazú, como era de esperar, no es muy atractivo. A Álvaro le gusta más que a mí. Se nota que él está mas fresco y a veces me cuesta seguirle pero es buen companhero de viaje y se muestra comprensivo ante mi ritmo cada vez más ralentizado.
El lado brasilenho tiene las mejores vistas globales y también una pasarela en la que te metes por medio de la catarata muy interesante. No obstante, me resultó mejor puesto el lado argentino, que cuenta además con la mejor parte de la caída de agua.
Un error de previsión hizo que nos quedáramos sin billete de autobús para Río de Janeiro. Como el avión era excesivamente caro cogimos otro autubús más pesado y con un persistente olor a orina. Suerte que nuestro asiento estaba delante y que tengo un poco perdido el sentido del olfato. Las más de 24 horas de viaje en autobús, record absoluto, se pasaron mucho más rápido de lo esperado.
Las cataratas de Iguazú hacen de frontera entre Brasil y Argentina, correspondiendo a cada país una parte. El primer día lo dedicamos al lado argentino, que tenía varios circuitos a través de pasarelas para ver las cataratas desde diversas perspectivas. La verdad es que son tan brutales como todo el mundo dice. La bocanada de agua se precipita con una fuerza espeluznante durante varios kilómetros creando un bosque de saltos de agua y arcoiris fascinante. Tuvimos la oportunidad de coger un barco que se aproxima bastante al pie de las cataratas y que te deja literalmente chorreando. Muy divertido. La parte más fascinante es la llamada "Garganta del Diablo", el lugar donde baja el mayor volumen de agua. Puedes estar mirando caer el agua durante horas, que no te cansas. Nos gustó tanto que al día siguiente volvimos a ir en un paseo nocturno aprovechando la luna llena.
El pueblo Puerto Iguazú, como era de esperar, no es muy atractivo. A Álvaro le gusta más que a mí. Se nota que él está mas fresco y a veces me cuesta seguirle pero es buen companhero de viaje y se muestra comprensivo ante mi ritmo cada vez más ralentizado.
El lado brasilenho tiene las mejores vistas globales y también una pasarela en la que te metes por medio de la catarata muy interesante. No obstante, me resultó mejor puesto el lado argentino, que cuenta además con la mejor parte de la caída de agua.
Un error de previsión hizo que nos quedáramos sin billete de autobús para Río de Janeiro. Como el avión era excesivamente caro cogimos otro autubús más pesado y con un persistente olor a orina. Suerte que nuestro asiento estaba delante y que tengo un poco perdido el sentido del olfato. Las más de 24 horas de viaje en autobús, record absoluto, se pasaron mucho más rápido de lo esperado.
miércoles, 2 de junio de 2010
21. Patrioitismo en capital
Buenos Aires está de celebración. Se conmemora el bicentenario de la revolución de Mayo que precedió a la independencia, seis anhos después. Los primeros dos días me alojo en casa de la madre de Flopi, una de las argenetinas que conocí en Ecuador. Me reciben con una buena cena y vino, haciéndome sentirme como en casa. Es un gustazo descansar un par de días de hostales y al día siguiente ralentizo mi ritmo y no salgo a conocer la ciudad hasta pasado el mediodía.
Buenos Aires es una gran ciudad de grandes avenidas y barrios con mucha personalidad. La avenida 9 de julio, la más ancha del mundo, ultima los preparativos para la gran fiesta, que se prolongará durante 5 días con conciertos, exposiciones, desfiles e inaguraciones. Todos los edificios se encuentran vestidos con la bandera albiceleste. Mucho frenesí, gente que hace negocios a gritos en la calle y atmósfera europea, entre Madrid y Roma, son las primeras impresiones que me llegan de esta compleja ciudad.
Por la noche ceno de nuevo con la madre de mi amiga pero sin mi amiga. Es una senhora de 75 anhos que sigue trabajando diario como arquitecta. Tiene una mente muy abierta y me siento con ella como si estuviera con una amigo de mi edad. Pese a la diferenciua de edad y la nacionalidad apenas hay distancias en la comunicación. Increible.
Al día siguiente me mudo por la manhana a un estupendo apartamento reservado por Álvaro en un sitio muy céntrico (...cerca de la Estación Retiro y de la Calle Florida y de la Plaza San Martín). Al llegar Álvaro al apartamento siento estar recibiendolo en mi casa de Málaga. Se acabó viajar en solitario.
Los días transcurrieron en Buenos Aires visitando sin mucha urgencia barrios míticos como Recoleta, Palermo, San Telmo o La Boca y llendo por la noche a los conciertos de la 9 de Julio donde tocan, entre otros, Fito Páez, Gilberto Gil, Litto Nebbia, Pablo Milanés y Gustavo Santaolalla. Resultó especialmente emotivo el último día ver a tantas personas juntas cantar el himno nacional antes de los fuegos artificiales. Emocionante de verdad.
Estamos agusto en Buenos Aires y prolongamos un día más la entancia que en un principio teniamos planificada. Quedamos de vez en cuando con las argentinas de Ecuador y también con Andrea, la catalana, que se encuentra por allí con una amiga argentina. Con ellas dos vamos un día a Colonia de Sacaramento, un pueblo precioso que se encuentra enfrente de Buenos Aires, a un paseo en ferry en el lado uruguayo del Río de La Plata. Pequenho, bonito y plácido.
Nos advirtieron que ir a las cataratas de Iguazú en autobús era una tontería porque por poco más podíamos hacer el largo trayecto en avión. In extremis, el mismo día que nos vamos, compramos el pasaje. Buenos Aires se queda abajo y siento algo de pena al verla cada vez más lejos por la ventanilla del avión.
Buenos Aires es una gran ciudad de grandes avenidas y barrios con mucha personalidad. La avenida 9 de julio, la más ancha del mundo, ultima los preparativos para la gran fiesta, que se prolongará durante 5 días con conciertos, exposiciones, desfiles e inaguraciones. Todos los edificios se encuentran vestidos con la bandera albiceleste. Mucho frenesí, gente que hace negocios a gritos en la calle y atmósfera europea, entre Madrid y Roma, son las primeras impresiones que me llegan de esta compleja ciudad.
Por la noche ceno de nuevo con la madre de mi amiga pero sin mi amiga. Es una senhora de 75 anhos que sigue trabajando diario como arquitecta. Tiene una mente muy abierta y me siento con ella como si estuviera con una amigo de mi edad. Pese a la diferenciua de edad y la nacionalidad apenas hay distancias en la comunicación. Increible.
Al día siguiente me mudo por la manhana a un estupendo apartamento reservado por Álvaro en un sitio muy céntrico (...cerca de la Estación Retiro y de la Calle Florida y de la Plaza San Martín). Al llegar Álvaro al apartamento siento estar recibiendolo en mi casa de Málaga. Se acabó viajar en solitario.
Los días transcurrieron en Buenos Aires visitando sin mucha urgencia barrios míticos como Recoleta, Palermo, San Telmo o La Boca y llendo por la noche a los conciertos de la 9 de Julio donde tocan, entre otros, Fito Páez, Gilberto Gil, Litto Nebbia, Pablo Milanés y Gustavo Santaolalla. Resultó especialmente emotivo el último día ver a tantas personas juntas cantar el himno nacional antes de los fuegos artificiales. Emocionante de verdad.
Estamos agusto en Buenos Aires y prolongamos un día más la entancia que en un principio teniamos planificada. Quedamos de vez en cuando con las argentinas de Ecuador y también con Andrea, la catalana, que se encuentra por allí con una amiga argentina. Con ellas dos vamos un día a Colonia de Sacaramento, un pueblo precioso que se encuentra enfrente de Buenos Aires, a un paseo en ferry en el lado uruguayo del Río de La Plata. Pequenho, bonito y plácido.
Nos advirtieron que ir a las cataratas de Iguazú en autobús era una tontería porque por poco más podíamos hacer el largo trayecto en avión. In extremis, el mismo día que nos vamos, compramos el pasaje. Buenos Aires se queda abajo y siento algo de pena al verla cada vez más lejos por la ventanilla del avión.
jueves, 27 de mayo de 2010
20. Continúan las estaciones: invierno en Córdoba y primavera en Rosario
Con Andrea, la catalana, me voy a Córdoba, la segunda ciudad de Argentina por tamaño. Duermo aquí en un atractivo e informal "hostel de jóvenes" donde nos reciben, como hacen cada viernes, con empanadas para cenar. Ya noto el frío nada más llegar, pero la temperatura baja durante mi estancia haciendo que sufra por este motivo a pesar de ponerme toda la ropa que hay en mi mochila. Me pilla de sorpresa, no esperaba encontrarme con un frío tan extremo en este viaje. Y el cansancio hace su aparición, más de tres meses de bagabundaje pesan en las espaldas.
Mucha vida urbana en una ciudad que mezcla sin complejos casas coloniales de planta baja y edificios altos y modernos. Esto crea un contraste atractivo en ocasiones y obsceno en la mayoría de los casos. No obstante me apetece vida urbana trepidante, que es lo que ofrece la ciudad con gran naturalidad.
Entre cines, museos y paseos me alejo un día de la ciudad con otros extranjeros para conocer la estancia jesuítica de Alta Gracia. El pueblito es curioso, está bien si evito la comparación con las misiones bolivianas, aunque el frío polar también tiene algo que aportar a mi impresión global. Otro momento para recordar es la cena en casa de Carlos, un argentino cordobés que conocimos unos días antes en Mendoza. Con buena compañía, buen vino y, como no, buena carne, es de esperar que todo transcurra de forma plácida. Y descansar de tanto restaurante a estas alturas se agradece.
Antes de Buenos Aires hago una breve parada en Rosario de una sola noche. Es como Córdoba pero más fina, más elegante. El río Paraná crea una zona de paseo estupenda y lo paso bien explorando la ciudad contra reloj. El sol brilla y mi espíritu se alegra con el brusco carpetazo al invierno y la apertura a una primavera radiante. Qué bien.
Tan solo cuatro horas de autobús (¡sólo cuatro!) me separan de Buenos Aires, punto final de la primera y principal etapa de mi viaje.
Mucha vida urbana en una ciudad que mezcla sin complejos casas coloniales de planta baja y edificios altos y modernos. Esto crea un contraste atractivo en ocasiones y obsceno en la mayoría de los casos. No obstante me apetece vida urbana trepidante, que es lo que ofrece la ciudad con gran naturalidad.
Entre cines, museos y paseos me alejo un día de la ciudad con otros extranjeros para conocer la estancia jesuítica de Alta Gracia. El pueblito es curioso, está bien si evito la comparación con las misiones bolivianas, aunque el frío polar también tiene algo que aportar a mi impresión global. Otro momento para recordar es la cena en casa de Carlos, un argentino cordobés que conocimos unos días antes en Mendoza. Con buena compañía, buen vino y, como no, buena carne, es de esperar que todo transcurra de forma plácida. Y descansar de tanto restaurante a estas alturas se agradece.
Antes de Buenos Aires hago una breve parada en Rosario de una sola noche. Es como Córdoba pero más fina, más elegante. El río Paraná crea una zona de paseo estupenda y lo paso bien explorando la ciudad contra reloj. El sol brilla y mi espíritu se alegra con el brusco carpetazo al invierno y la apertura a una primavera radiante. Qué bien.
Tan solo cuatro horas de autobús (¡sólo cuatro!) me separan de Buenos Aires, punto final de la primera y principal etapa de mi viaje.
domingo, 16 de mayo de 2010
19. Otoño primaveral en Mendoza
La siguiente parada es Mendoza, varios cientos de Kilómetros más al Sur. La inmensidad de este país me impresiona al atravesar vastos terrenos sin un alma. Mendoza es una ciudad próspera y moderna. Un terremoto la destruyó en el siglo XIX dándole la oportunidad de renacer unos metro más al oeste con un diseño ordenado e higiénico, con calles anchas y arboladas y plazas para el recreo, de acuerdo con los parámetros de la época. El resultado es algo impersonal pero muy efectivo. Me llama la atención especialmente el sistema de canales que mantiene todas las avenidas con sombra de plátanos gigantes, gracias al agua que llega del deshielo de las cumbres de los Andes, pues en esta ciudad ubicada en un páramo desierto apenas llueve. El color ocre de los viñas y de los árboles de la ciudad hace que me reencuentre con las estaciones: el otoño es marcado pero en mi espíritu es primavera. En el mes de mayo es primavera de toda la vida de Dios.
Tenía ganas de conocer gente, así que paré en el albergue de juventud. Mucha juventud, no encajo del todo en este ambiente happy internacional (me aburre un poco) pero es cierto que está bien para estar acompañado, aunque no se duerma muy bien. Allí conozco a una chica de Cataluña y a otra gente más, sirviéndome para estar muy entretenido para arriba y para abajo. Un par de días los dedico a la ciudad, otro a beber vino visitando bodegas con una bici alquilada y otro más a conocer un poco más de cerca el Aconcagua, la montaña más alta de América. Las montañas tienen por aquí una verticalidad como no la había visto antes en todos los Andes.
Me sorprende la amabilidad de los habitantes de esta ciudad. En un autobús no teníamos monedas para pagar (lo de las monedas y este país daría para escribir una entrada completa) y aunque nos dejaron pasar, un montón de gente nos dió en el mismo autobús monedas para la vuelta. El carácter de este pueblo hace que te sientas bien en Argentina. Hace muchísimo. Bueno, el carácter argentino y los bifes de chorizo, unos chuletones de ternera increibles. Cuando vuelva a España voy a estar tomando fruta una semana. Me apetece y lo necesito. Tanta carne, tanta cerveza de litro y tanto alfajor se empieza a notar alrededor de la cintura.
Tenía ganas de conocer gente, así que paré en el albergue de juventud. Mucha juventud, no encajo del todo en este ambiente happy internacional (me aburre un poco) pero es cierto que está bien para estar acompañado, aunque no se duerma muy bien. Allí conozco a una chica de Cataluña y a otra gente más, sirviéndome para estar muy entretenido para arriba y para abajo. Un par de días los dedico a la ciudad, otro a beber vino visitando bodegas con una bici alquilada y otro más a conocer un poco más de cerca el Aconcagua, la montaña más alta de América. Las montañas tienen por aquí una verticalidad como no la había visto antes en todos los Andes.
Me sorprende la amabilidad de los habitantes de esta ciudad. En un autobús no teníamos monedas para pagar (lo de las monedas y este país daría para escribir una entrada completa) y aunque nos dejaron pasar, un montón de gente nos dió en el mismo autobús monedas para la vuelta. El carácter de este pueblo hace que te sientas bien en Argentina. Hace muchísimo. Bueno, el carácter argentino y los bifes de chorizo, unos chuletones de ternera increibles. Cuando vuelva a España voy a estar tomando fruta una semana. Me apetece y lo necesito. Tanta carne, tanta cerveza de litro y tanto alfajor se empieza a notar alrededor de la cintura.
martes, 11 de mayo de 2010
18. Vueltas por el Norte argentino
Ya está el billete de vuelta comprado, el 6 junio vuelo desde Río a Málaga después de visitar Buenos Aires e Iguazú con el amigo Álvaro Artacho. Aunque aun me queda casi un mes de viaje siento que esto va llegando a su fin. Me parece antes de ayer cuando cogí (tomé, aquí en Argentina) el avión a Ecuador. Uno se mentaliza al tiempo que tiene de viaje y, la verdad, creo que cuando llegue el día no me apetecerá quedarme ni una semana más pero probablemente hubiera pasado lo mismo si hubiera planificado estar por aquí 6 meses o 1 mes. Mentalmente uno se prepara para lo que dure el viaje y no quiere ni más ni menos.
Desde Santa Cruz no se si continuar por Tarija (previo paso por carretera de muerte) o pasar directamente a Argentina. Tras comer un pollo un poco asqueroso en la estación de Santa Cruz lo considero y finalmente me puede la comodidad. Tengo que confesar que llegar a Argentina fue un alivio. No era consciente de lo que añoraba la civilización. Bolivia es el tercer mundo y cosas como un café en condiciones o una cena de país desarrollado sientan muy bien. Y Argentina es un país desarrollado aunque esté lejos del bienestar europeo.
Salta es una ciudad muy viva pero la recorrí un día que estaba muy muerta: el uno de Mayo. Aún así me gustó, aunque fue la provincia junto con la de Jujuy lo que más me llamó la atención. La peregrinación por el Norte de Argentina comenzó con una excursión a un salar inmenso que había en una región muy alta llena de cactus. Aunque creo que no tiene nada que ver con el de Uyuni a mí me gustó un montón. A la vuelta me quedé en el pueblo de Pumamarca para intentar cruzar al día siguiente a un pueblo de Chile llamado San Pedro de Atacama. Pumamarca es un pueblito muy chico y turístico pero con muchísimo encanto. Allí al lado está el famoso cerro de los siete colores donde se pueden contar literalmente siete colores de roca: naranja, marrón, verde, morado, amarillo, rojo y gris. Es el primer pueblo de la Quebrada de Humahuaca, un valle con unos paisajes áridos pero con una geología de belleza brutal.
Temprano por la mañana me recoge el autobús en el pueblo para cruzar a Chile pero después de esperar un rato en la frontera el autobús da media vuelta porque el puerto estaba cerrado por la nieve. Para colmo se pincha una rueda del autobús por lo que el viaje para llegar a prácticamente el mismo lugar (por variar me bajé en Jujuy) dura diez horas. Bastante frustrado mando a la mierda el viaje a Chile y decido no repetir otra vez la misma carretera (era la misma que me llevó el día anterior al salar). Jujuy, la capital de la provincia, no tiene mucho para ver y continúo visitando la Quebrada de Humahuaca. Tilcara fue el siguiente pueblo en el que estuve, la verdad que precioso. Allí duermo unas siestas brutales, hago una cabalgata (vuelta a caballo) y un breve trekking con llamas. Con unos polacos que conocí en el hostal con lo que también fui con las llamas visito el pueblo de Humahuaca y, de nuevo en Salta, alquilamos dos días un coche para conocer Cafayate y Cachi. De nuevo una paisajes espectaculares, con unas rocas de mil colores que creaban en el camino figuras que merecían una parada: el sapo, el monje, el anfiteatro... No recuerdo un sitio con una paisaje tan tremendo y conducir por esas carreteras es un placer aunque quizás nos pasamos con los kilómetros. Los polacos son simpáticos pero el segundo día de coche me empiezan a cargar un poco. ¿Me estaré volviendo un huraño de tanto viajar solo?
Desde Santa Cruz no se si continuar por Tarija (previo paso por carretera de muerte) o pasar directamente a Argentina. Tras comer un pollo un poco asqueroso en la estación de Santa Cruz lo considero y finalmente me puede la comodidad. Tengo que confesar que llegar a Argentina fue un alivio. No era consciente de lo que añoraba la civilización. Bolivia es el tercer mundo y cosas como un café en condiciones o una cena de país desarrollado sientan muy bien. Y Argentina es un país desarrollado aunque esté lejos del bienestar europeo.
Salta es una ciudad muy viva pero la recorrí un día que estaba muy muerta: el uno de Mayo. Aún así me gustó, aunque fue la provincia junto con la de Jujuy lo que más me llamó la atención. La peregrinación por el Norte de Argentina comenzó con una excursión a un salar inmenso que había en una región muy alta llena de cactus. Aunque creo que no tiene nada que ver con el de Uyuni a mí me gustó un montón. A la vuelta me quedé en el pueblo de Pumamarca para intentar cruzar al día siguiente a un pueblo de Chile llamado San Pedro de Atacama. Pumamarca es un pueblito muy chico y turístico pero con muchísimo encanto. Allí al lado está el famoso cerro de los siete colores donde se pueden contar literalmente siete colores de roca: naranja, marrón, verde, morado, amarillo, rojo y gris. Es el primer pueblo de la Quebrada de Humahuaca, un valle con unos paisajes áridos pero con una geología de belleza brutal.
Temprano por la mañana me recoge el autobús en el pueblo para cruzar a Chile pero después de esperar un rato en la frontera el autobús da media vuelta porque el puerto estaba cerrado por la nieve. Para colmo se pincha una rueda del autobús por lo que el viaje para llegar a prácticamente el mismo lugar (por variar me bajé en Jujuy) dura diez horas. Bastante frustrado mando a la mierda el viaje a Chile y decido no repetir otra vez la misma carretera (era la misma que me llevó el día anterior al salar). Jujuy, la capital de la provincia, no tiene mucho para ver y continúo visitando la Quebrada de Humahuaca. Tilcara fue el siguiente pueblo en el que estuve, la verdad que precioso. Allí duermo unas siestas brutales, hago una cabalgata (vuelta a caballo) y un breve trekking con llamas. Con unos polacos que conocí en el hostal con lo que también fui con las llamas visito el pueblo de Humahuaca y, de nuevo en Salta, alquilamos dos días un coche para conocer Cafayate y Cachi. De nuevo una paisajes espectaculares, con unas rocas de mil colores que creaban en el camino figuras que merecían una parada: el sapo, el monje, el anfiteatro... No recuerdo un sitio con una paisaje tan tremendo y conducir por esas carreteras es un placer aunque quizás nos pasamos con los kilómetros. Los polacos son simpáticos pero el segundo día de coche me empiezan a cargar un poco. ¿Me estaré volviendo un huraño de tanto viajar solo?
sábado, 1 de mayo de 2010
17. Descanso y misiones alrededor de Santa Cruz
Tras dormir un rato después de acomodarme en Santa Cruz salgo a conocer un poco el centro de la ciudad. Me resulta próspera, desenfadada y desordenada pero no encuentro mucho que hacer allí.
Parto a la mañana siguiente en un taxi colectivo a Samaipata cuyo nombre quiere decir en quechua "descanso en las alturas". Mucha altura no tiene por suerte pero si que es un sitio ideal para descansar, en un valle rodeado de verdes montañas. Me gustaría decir que el pueblito es muy bonito, pero mentiría. Es tan sólo encantador. La temperatura es la justa, ni calor ni frío, lo que se agradece un montón después de la tórrida Santa Cruz. Estas condiciones mr vienen estupendamnete en estos momentos después de un tiempo con el ritmo acelerado por terribles carreteras, así que decido quedarme varios días. Me dedico básicamente a descansar, leyendo y durmiendo la siesta, haciendo también algunas excursiones por los montes de alrededor. En el hostal hay huéspedes de muchas nacionalidades y se crea un ambiente muy bueno. Al irme conozco ya a mucha gente del pueblo y me da un poco la sensación de dejar un sitio en el que he vivido.
En un comentario de este blog Jorge Peña me propuso visitar el Plan 3000, un barrio marginal de Santa Cruz, con el proyecto Hombres Nuevos. Él estuvo hace un tiempo por aquí rodando un documental, En Las Calles Sin Nombre. Dejo el link de un resumen que hay en youtube http://www.youtube.com/watch?v=BTMMlZL8MEA. El Proyecto Hombres Nuevos trabaja para erradicar la pobreza de este barrio marginal, aunque también tiene centros en otras partes del país. Es difícil de concentrar la explicación de este proyecto, que por otra parte tampoco domino. La tarea es inmensa, con decenas de centros escolares, deportivos, asistenciales, religiosos... con la vista puesta de forma muy clara en el desarrollo del barrio. Creo que uno de sus principales retos es formar a los habitantes del Plan 3000 para que sean ellos mismos los que saquen a la gente del barrio de la situación en la que viven. El promotor del proyecto, Jose Luis Castellanos, convive en un centro en el mismo barrio con otros cooperantes, en su mayoría españoles y bolivianos. Un cooperante español me recoge de la terminal de autobuses. Me hacen sentir como en casa y a la mañana siguiente, tras pernoctar en el centro, me enseñan algunas de las instalaciones del proyecto en el barrio. Me resulta impresionante lo que la voluntad de un hombre puede conseguir. Claro que con la ayuda de otros, pero es su liderazgo y convencimiento el que hace posible todo lo que veo y, lo que me resulta todavía más sorprendente, que funcione. Profundamente admirable la entrega a los pobres. Pienso que sin la religión (es una misión, en definitiva) todo este tinglado sería casi imposible.
Y de misión actual a misiones históricas. Cerca de Santa Cruz hay una ruta con varios pueblos que fueron fundados por los jesuitas alrededor del siglo XVII para evangelizar (y culturizar) a los indios que vivían por aquí. Aunque hay más, como las conexiones por carretera no son muy buenas, visito San Javier y Concepción. Me resultan verdaderamente fascinantes estos asentamientos, en especial las iglesias construidas en madera. Tengo la suerte de llegar a ellos durante un festival de música barroca de gran nivel. Asisto a un concierto en una de las iglesias precedido por una bonita misa (creo que el cierre de el año sacerdotal o algo así), impartida por el cardenal. Es bastante importante la presencia de la iglesia en estos países. Durante la misa llego a la conclusión de que es en parte la pobreza lo que hace que la regilión tenga más fuerza aquí que en Europa. En situaciones de necesidad en las que todo es sifícil hace falta creer en algo.
Santa Cruz y alrededores, entre descanso y misiones, me llenan de energías para continuar mi viaje, aunque ahora ya con billete de vuelta.
Parto a la mañana siguiente en un taxi colectivo a Samaipata cuyo nombre quiere decir en quechua "descanso en las alturas". Mucha altura no tiene por suerte pero si que es un sitio ideal para descansar, en un valle rodeado de verdes montañas. Me gustaría decir que el pueblito es muy bonito, pero mentiría. Es tan sólo encantador. La temperatura es la justa, ni calor ni frío, lo que se agradece un montón después de la tórrida Santa Cruz. Estas condiciones mr vienen estupendamnete en estos momentos después de un tiempo con el ritmo acelerado por terribles carreteras, así que decido quedarme varios días. Me dedico básicamente a descansar, leyendo y durmiendo la siesta, haciendo también algunas excursiones por los montes de alrededor. En el hostal hay huéspedes de muchas nacionalidades y se crea un ambiente muy bueno. Al irme conozco ya a mucha gente del pueblo y me da un poco la sensación de dejar un sitio en el que he vivido.
En un comentario de este blog Jorge Peña me propuso visitar el Plan 3000, un barrio marginal de Santa Cruz, con el proyecto Hombres Nuevos. Él estuvo hace un tiempo por aquí rodando un documental, En Las Calles Sin Nombre. Dejo el link de un resumen que hay en youtube http://www.youtube.com/watch?v=BTMMlZL8MEA. El Proyecto Hombres Nuevos trabaja para erradicar la pobreza de este barrio marginal, aunque también tiene centros en otras partes del país. Es difícil de concentrar la explicación de este proyecto, que por otra parte tampoco domino. La tarea es inmensa, con decenas de centros escolares, deportivos, asistenciales, religiosos... con la vista puesta de forma muy clara en el desarrollo del barrio. Creo que uno de sus principales retos es formar a los habitantes del Plan 3000 para que sean ellos mismos los que saquen a la gente del barrio de la situación en la que viven. El promotor del proyecto, Jose Luis Castellanos, convive en un centro en el mismo barrio con otros cooperantes, en su mayoría españoles y bolivianos. Un cooperante español me recoge de la terminal de autobuses. Me hacen sentir como en casa y a la mañana siguiente, tras pernoctar en el centro, me enseñan algunas de las instalaciones del proyecto en el barrio. Me resulta impresionante lo que la voluntad de un hombre puede conseguir. Claro que con la ayuda de otros, pero es su liderazgo y convencimiento el que hace posible todo lo que veo y, lo que me resulta todavía más sorprendente, que funcione. Profundamente admirable la entrega a los pobres. Pienso que sin la religión (es una misión, en definitiva) todo este tinglado sería casi imposible.
Y de misión actual a misiones históricas. Cerca de Santa Cruz hay una ruta con varios pueblos que fueron fundados por los jesuitas alrededor del siglo XVII para evangelizar (y culturizar) a los indios que vivían por aquí. Aunque hay más, como las conexiones por carretera no son muy buenas, visito San Javier y Concepción. Me resultan verdaderamente fascinantes estos asentamientos, en especial las iglesias construidas en madera. Tengo la suerte de llegar a ellos durante un festival de música barroca de gran nivel. Asisto a un concierto en una de las iglesias precedido por una bonita misa (creo que el cierre de el año sacerdotal o algo así), impartida por el cardenal. Es bastante importante la presencia de la iglesia en estos países. Durante la misa llego a la conclusión de que es en parte la pobreza lo que hace que la regilión tenga más fuerza aquí que en Europa. En situaciones de necesidad en las que todo es sifícil hace falta creer en algo.
Santa Cruz y alrededores, entre descanso y misiones, me llenan de energías para continuar mi viaje, aunque ahora ya con billete de vuelta.
lunes, 26 de abril de 2010
16. Sucre
Me tenía que pasar, lo estaba presintiendo desde que llegué a este país. En el autobús entre Cochabamba y Sucre me tocó una gorda al lado. Una mujer mayor, con su vestimenta tradicional y todo, hace malabares para contenerse dentro de su asiento. Cuando veo que estaba sentada al lado del mío quiero desaparecer, pero no puedo. Tengo por delante una larga noche en compañía. Lo cierto es que ella se comporta y trata de no invadir demasiado mi espacio vital pero su inmensidad es tal que sus carnes rebosan por encima del apoyabrazos que convenientemente me encargué de establecer como barrera y se aprietan contra las mías. Buenas noches y pa lante.
Bolivia también tiene ciudades bonitas. Sucre es una de ellas, a medio camino entre París y Vélez-Málaga. No podía dejar de pensar en Vélez (la pàrte antigua, claro) aunque es una de esas similitudes que se establecen también entre personas: se intuye, aunque no podría decir en que partes concretas basaría el parecido. A pesar de su apariencia de pueblo medio andaluz, con sus casas bien encaladas, tiene unas ínfulas de gran ciudad que, curiosamente, no desentonan con lo pintoreco de sus calles. Sucre fue la capital del país hasta final del siglo XIX, cuando tras una revuelta se llevaron a La Paz el poder legislativo y ejecutivo. Aún conserva el poder judicial al negarse los jueces a irse a La Paz y sus habitantes se siguen considerando sin ninguna duda la capital del país.
El primer día en esta ciudad conozco a Victoria, una malagueña que llevaba 3 años viviendo en Perú y que está ahora colaborando en un pueblo perdido cercano a Sucre. Espero encontrarme otra vez en Málaga con ella. Resulta grato poder conversar con una paisana después de tanto tiempo sin hablar con ningún español. Salvo en Cuzco y algún que otro vasco o catalán perdido, apenas si he encontrado españoles en este viaje, aunque pensándolo bien, lo agradezco.
Otro autobús, aunque sin gorda al lado, con 15 horas de recorrido, me lleva a Santa Cruz por una carretera en gran parte sin asfaltar. A ratos el autobús parece no tocar el suelo de los saltos tan tremendos que pega. Pero el relato de Santa Cruz y sus alrededores lo dejo para la siguiente entrada.
Bolivia también tiene ciudades bonitas. Sucre es una de ellas, a medio camino entre París y Vélez-Málaga. No podía dejar de pensar en Vélez (la pàrte antigua, claro) aunque es una de esas similitudes que se establecen también entre personas: se intuye, aunque no podría decir en que partes concretas basaría el parecido. A pesar de su apariencia de pueblo medio andaluz, con sus casas bien encaladas, tiene unas ínfulas de gran ciudad que, curiosamente, no desentonan con lo pintoreco de sus calles. Sucre fue la capital del país hasta final del siglo XIX, cuando tras una revuelta se llevaron a La Paz el poder legislativo y ejecutivo. Aún conserva el poder judicial al negarse los jueces a irse a La Paz y sus habitantes se siguen considerando sin ninguna duda la capital del país.
El primer día en esta ciudad conozco a Victoria, una malagueña que llevaba 3 años viviendo en Perú y que está ahora colaborando en un pueblo perdido cercano a Sucre. Espero encontrarme otra vez en Málaga con ella. Resulta grato poder conversar con una paisana después de tanto tiempo sin hablar con ningún español. Salvo en Cuzco y algún que otro vasco o catalán perdido, apenas si he encontrado españoles en este viaje, aunque pensándolo bien, lo agradezco.
Otro autobús, aunque sin gorda al lado, con 15 horas de recorrido, me lleva a Santa Cruz por una carretera en gran parte sin asfaltar. A ratos el autobús parece no tocar el suelo de los saltos tan tremendos que pega. Pero el relato de Santa Cruz y sus alrededores lo dejo para la siguiente entrada.
lunes, 19 de abril de 2010
15. De Perú (Arequipa) a Bolivia (Cochabamba)
A Arequipa llegué un lunes temprano después de un placentero viaje nocturno que pasé durmiendo (he adquirido la habilidad de dormir en transportes públicos). Tras un potente desayuno y una relajante ducha, me dedico a explorar la ciudad. Arequipa se me presenta como la primera ciudad equilibrada de Perú. Es, que no es poco aquí, una ciudad normal donde la gente trabaja, pasea, se divierte... Y este punto de normalidad se agradece después de ciudades tan extravagantes como la extremista Lima, la desquiciada Iquitos o el turístico Cuzco. Me da la impresión que a esta apariencia de equilibrio contribuye el hecho de que sea una ciudad muy rica, la más rica de Perú desde mi subjetiva perspectiva (no he consultado datos estadísticos).
Esta normailidad en su cotidianidad contrasta con lo extraordinario de su arquitectura. Construida en gran parte con una piedra blanca volcánica de una cantera cercana, posee una apariencia extrañamente blanquecina, medio lunar. Debe ser una piedra con cualidades muy buenas para ser tallada, ya que los relieves de algunas iglesias y casonas son espectaculares. Otro activo de la ciudad es el Misti, un imponente volcán de cerca de 6.000 metros que preside la ciudad.
La Plaza de Armas es el punto de encuentro, donde la gente acude en masa para divertirse. Aunque la de Arequipa es especialmente animada, la mayoría de las plazas de las ciudades de Sudamérica que he visitado son así, espacios siempre vivos donde la gente abarrota los bancos y conversa, sin más. Esta costumbre está ya perdida en España donde el ocio urbano parece que solo sea posible a través del consumo, ya sea bebiendo, comiendo o comprando. Intento organizar una excursión al cañón de Atahuasi, uno de los más profundos del mundo, pero finalmente la descarto para evitar problemas con la altura.
A la desagradable hora de las 1.30 de la madrugada cojo un autobús que, previo paso de la frontera en Desaguadero, a orillas del Lago Titicaca, me llevaría a La Paz (Bolivia), la capital más alta del mundo. El paso de la frontera fue un poco caótico, cruzando a pie un puente sobre un riachuelo que divide los dos países. Quienes hayan estado en estos anodinos pasos de frontera sabrán las cotas tan elevadas de fealdad que una ciudad de este tipo puede alcanzar.
La Paz, vista desde lo alto (desde "El Alto"), tiene una apariencia monstruosa y sobrecogedora, llena de edificios altos y chabolas que escalan las laderas del valle donde se encuentra ubicada. Apenas estuve una hora en la estación de autobuses, pero solo de pasada se puede sentir la fuerza y el agetreo intenso de la vida que bulle como en pocos sitios en esta urbe vedada para mí por la altura.
Ocho horas más tarde llego de noche a Cochabamba, después de atravesar un bonito y desolado paisaje atardeciendo. Lástima que la mayoría de los trayectos de autobús en este país los tenga que hacer de noche (hay muchos autobuses entre ciudades, pero extrañamente todos más o menos a la misma hora) y me pierda el disfrute de estos trayectos. El hotel que decidí ir el día anterior está lleno y me derivan a otro que tampoco tiene sitio (hay una conferencia mundial sobre cambio climático). Finalmente el taxista me lleva a un hostal muy austero pero céntrico, donde puedo pasar la noche. En este viaje me he dado cuenta que por primera vez en mi vida no me conformo con dormir en cualquier sitio y que valoro mucho la comodidad. Si no hay más remedio, como por ejemplo en la selva, uno puede dormir en cuchitriles pero si se puede elegir, aunque haya que pagar más, prefiero un sitio limpio, con buena cama y buenas sábanas, exterior y razonablemente bonito. No es que busque hoteles de 5 estrellas, casi siempre me he quedado en hostales, pero con unos requisitos mínimos. Este hostal de Cochabamba es el primero en más de dos meses de viaje con baño compartido. Se ve que me estoy haciendo viejo.
Cochabamba es una ciudad triste. El centro es bastante decrépito, se ve que las clases altas lo han abandonado para instalarse en el Norte de la ciudad, que tampoco vale mucho. Viniendo de la occidentalizada Arequipa me choca la pobreza de esta ciudad (no debo olvidar que estoy en el país más pobre de Sudamérica). No puedo olvidar los ojos de profundo desamparo de algunos niños pidiendo limosna de un lado para otro en la calle, cada uno a su manera: una cantando y bailando de forma mecánica, otro de no más de cuatro años canturreando y rasgando una guitarra de juguete, otro directamente llorando a moco tendido. Tremenda desolación.
Huyo a Sucre, pasando antes por una estación abarrotada llena de gente gritando los destinos de los autobuses. A las puertas, un mercadillo, por llamarlo de alguna manera, ofrece mil sitios para comer. Tengo hambre, quiero cenar antes de meterme en el autobús, pero nada de lo que veo y huelo me sirve. Una pizza de dudosa calidad en un restaurante de la misma estación terminaría con la búsqueda.
Esta normailidad en su cotidianidad contrasta con lo extraordinario de su arquitectura. Construida en gran parte con una piedra blanca volcánica de una cantera cercana, posee una apariencia extrañamente blanquecina, medio lunar. Debe ser una piedra con cualidades muy buenas para ser tallada, ya que los relieves de algunas iglesias y casonas son espectaculares. Otro activo de la ciudad es el Misti, un imponente volcán de cerca de 6.000 metros que preside la ciudad.
La Plaza de Armas es el punto de encuentro, donde la gente acude en masa para divertirse. Aunque la de Arequipa es especialmente animada, la mayoría de las plazas de las ciudades de Sudamérica que he visitado son así, espacios siempre vivos donde la gente abarrota los bancos y conversa, sin más. Esta costumbre está ya perdida en España donde el ocio urbano parece que solo sea posible a través del consumo, ya sea bebiendo, comiendo o comprando. Intento organizar una excursión al cañón de Atahuasi, uno de los más profundos del mundo, pero finalmente la descarto para evitar problemas con la altura.
A la desagradable hora de las 1.30 de la madrugada cojo un autobús que, previo paso de la frontera en Desaguadero, a orillas del Lago Titicaca, me llevaría a La Paz (Bolivia), la capital más alta del mundo. El paso de la frontera fue un poco caótico, cruzando a pie un puente sobre un riachuelo que divide los dos países. Quienes hayan estado en estos anodinos pasos de frontera sabrán las cotas tan elevadas de fealdad que una ciudad de este tipo puede alcanzar.
La Paz, vista desde lo alto (desde "El Alto"), tiene una apariencia monstruosa y sobrecogedora, llena de edificios altos y chabolas que escalan las laderas del valle donde se encuentra ubicada. Apenas estuve una hora en la estación de autobuses, pero solo de pasada se puede sentir la fuerza y el agetreo intenso de la vida que bulle como en pocos sitios en esta urbe vedada para mí por la altura.
Ocho horas más tarde llego de noche a Cochabamba, después de atravesar un bonito y desolado paisaje atardeciendo. Lástima que la mayoría de los trayectos de autobús en este país los tenga que hacer de noche (hay muchos autobuses entre ciudades, pero extrañamente todos más o menos a la misma hora) y me pierda el disfrute de estos trayectos. El hotel que decidí ir el día anterior está lleno y me derivan a otro que tampoco tiene sitio (hay una conferencia mundial sobre cambio climático). Finalmente el taxista me lleva a un hostal muy austero pero céntrico, donde puedo pasar la noche. En este viaje me he dado cuenta que por primera vez en mi vida no me conformo con dormir en cualquier sitio y que valoro mucho la comodidad. Si no hay más remedio, como por ejemplo en la selva, uno puede dormir en cuchitriles pero si se puede elegir, aunque haya que pagar más, prefiero un sitio limpio, con buena cama y buenas sábanas, exterior y razonablemente bonito. No es que busque hoteles de 5 estrellas, casi siempre me he quedado en hostales, pero con unos requisitos mínimos. Este hostal de Cochabamba es el primero en más de dos meses de viaje con baño compartido. Se ve que me estoy haciendo viejo.
Cochabamba es una ciudad triste. El centro es bastante decrépito, se ve que las clases altas lo han abandonado para instalarse en el Norte de la ciudad, que tampoco vale mucho. Viniendo de la occidentalizada Arequipa me choca la pobreza de esta ciudad (no debo olvidar que estoy en el país más pobre de Sudamérica). No puedo olvidar los ojos de profundo desamparo de algunos niños pidiendo limosna de un lado para otro en la calle, cada uno a su manera: una cantando y bailando de forma mecánica, otro de no más de cuatro años canturreando y rasgando una guitarra de juguete, otro directamente llorando a moco tendido. Tremenda desolación.
Huyo a Sucre, pasando antes por una estación abarrotada llena de gente gritando los destinos de los autobuses. A las puertas, un mercadillo, por llamarlo de alguna manera, ofrece mil sitios para comer. Tengo hambre, quiero cenar antes de meterme en el autobús, pero nada de lo que veo y huelo me sirve. Una pizza de dudosa calidad en un restaurante de la misma estación terminaría con la búsqueda.
martes, 13 de abril de 2010
14. El Cusco es liiiindo (y aaaalto)
El mal de altura es una reacción común por la falta de adaptación del organismo a la menor presión de oxígeno existente en cotas por encima de los 2.400 m. Suele afectar más a la gente joven que reside normalmente a nivel del mar y no tiene nada que ver con la forma física del sujeto. La solución, generalmente, es esperar dos o tres días a que el cuerpo se aclimate.
A la mañana siguiente de llegar notaba que me faltaba el aliento. No podía dar tres pasos seguidos sin acabar jadeando y el estómago lo tenía vuelto del revés. Por suerte, otros síntomas como dolor de cabeza, mareos y nauseas no se me manifestaron. Y, como me decía todo el mundo, esperé a que mi cuerpo se aclimatara, era solo cuestión de un poco de paciencia. Estuve en total ocho días e Cuzco y, aunque mejoré, estaba con mal cuerpo y sin ganas de hacer nada. Apenas pude visitar con tranquilidad todo lo que Cuzco puede ofrecer y pasé demasiado tiempo descansando solo en la habitación del hotel. No pude seguir el ritmo de los italianos, que también se encontraban allí, y con los que estuve un par de noches. Viendo que el problema no desaperecía me sentí un poco atrapado. Al Este, la selva. Al Oeste, el Pacífico. El Norte ya lo conocía y el Sur estaba ocupado por Bolivia, con alturas por encima de Cuzco. Decidí sortear las alturas por Chile, pero después leí que los expertos pronosticaban una réplica fuerte del terremoto reciente, por lo que deseché esta idea. Además en algún momento debía cruzar hacia Argentina a través de los Andes y todos los puertos tenían más de 4.000 metros. Más tarde decidí cruzar los Andes volando a Santa Cruz, ciudad del Oriente boliviano y conectar con Argentina por carreteras de menor altura. Antes visitaría la ciudad de Arequipa. Allí finalmente he decidido ir a Santa Cruz pero en autobús pasando por Cochabamba, ciudades mucho más bajas que Cuzco. He comprobado y un médico me ha confirmado que el mal de altura da al permanecer en grandes alturas, que no al atraversarlas. Feliz por hallar la solución a la ratonera en que de forma imprevista me vi inmerso, continuo mi ruta suramericana, aunque me perderé algunos destinos que me apetecían mucho, como el Lago Titicaca o el Salar de Uyuni. Pero es tontería estar en sitios en los que uno se siente mal.
La ciudad de Cuzco es impresionante. Sin duda es la más bonita del Perú y la que rezuma más historia. Muchos edificios conservan los colosales muros incas, formando un conjunto muy inspirador. El problema es que la ciudad está tomada por el turismo. Es fácil comprender que una ciudad de esta belleza con un atrracivo como Machu Pichu a pocos Kilómetros sea pasto de manadas de gringos con cámara en mano. En otras ciudades estas masas se diluyen con la población local pero en Cuzco han (hemos) tomado posesión del centro, sobre todo de la Plaza de Armas, del barrio de San Blas y de las calles de alrededor. Aunque no ha perdido ni pizca de su belleza arquitectónica, la vida del centro no es la de la gente que lo habita sino la de la gente que lo visita. No hay más que fijarse en los comercios y restaurantes de esta zona. Absolutamente ninguno está dirigido a los habitantes de Cuzco. Esto me ha fastidiado un poco, sobretodo cuando incansablemente gente trataba de ganarse la vida intentando que entrase a su restaurante o le comprara una baratija. Uno entiende que es el único medio que mucha pobre gente tiene para sobrevivir, pero ocho días diciendo no gracias cada 5 minutos cansa. Creo que en este hartazgo también influyó mi estado por la altura.
Un aliviante paréntesis fueron el par de días que pasé en Machu Pichu, que curiosamente está ubicado a bastante menos altura que Cuzco. Iba con las expectativas truncadas, como cuando una película te dice todo el mundo que es muy buena y presientes que te va a decepcionar. En absoluto. A primera hora un guía nos enseñó la ciudad perdida de los incas entre tinieblas pero lo mejor fue subir al Wayna Pichu mientras las nubes dejaban ver poco a poco un paisaje de imresión. Estuve desde las 6 de la mañana hasta las 2 de la tarde bicheando de un lado para otro, y me supo a poco. Un espectáculo. Imposible que defraude.
Como dije, Arequipa es mi última parada peruana en una ruta condicionada por un enemigo imprevisto: la altura.
A la mañana siguiente de llegar notaba que me faltaba el aliento. No podía dar tres pasos seguidos sin acabar jadeando y el estómago lo tenía vuelto del revés. Por suerte, otros síntomas como dolor de cabeza, mareos y nauseas no se me manifestaron. Y, como me decía todo el mundo, esperé a que mi cuerpo se aclimatara, era solo cuestión de un poco de paciencia. Estuve en total ocho días e Cuzco y, aunque mejoré, estaba con mal cuerpo y sin ganas de hacer nada. Apenas pude visitar con tranquilidad todo lo que Cuzco puede ofrecer y pasé demasiado tiempo descansando solo en la habitación del hotel. No pude seguir el ritmo de los italianos, que también se encontraban allí, y con los que estuve un par de noches. Viendo que el problema no desaperecía me sentí un poco atrapado. Al Este, la selva. Al Oeste, el Pacífico. El Norte ya lo conocía y el Sur estaba ocupado por Bolivia, con alturas por encima de Cuzco. Decidí sortear las alturas por Chile, pero después leí que los expertos pronosticaban una réplica fuerte del terremoto reciente, por lo que deseché esta idea. Además en algún momento debía cruzar hacia Argentina a través de los Andes y todos los puertos tenían más de 4.000 metros. Más tarde decidí cruzar los Andes volando a Santa Cruz, ciudad del Oriente boliviano y conectar con Argentina por carreteras de menor altura. Antes visitaría la ciudad de Arequipa. Allí finalmente he decidido ir a Santa Cruz pero en autobús pasando por Cochabamba, ciudades mucho más bajas que Cuzco. He comprobado y un médico me ha confirmado que el mal de altura da al permanecer en grandes alturas, que no al atraversarlas. Feliz por hallar la solución a la ratonera en que de forma imprevista me vi inmerso, continuo mi ruta suramericana, aunque me perderé algunos destinos que me apetecían mucho, como el Lago Titicaca o el Salar de Uyuni. Pero es tontería estar en sitios en los que uno se siente mal.
La ciudad de Cuzco es impresionante. Sin duda es la más bonita del Perú y la que rezuma más historia. Muchos edificios conservan los colosales muros incas, formando un conjunto muy inspirador. El problema es que la ciudad está tomada por el turismo. Es fácil comprender que una ciudad de esta belleza con un atrracivo como Machu Pichu a pocos Kilómetros sea pasto de manadas de gringos con cámara en mano. En otras ciudades estas masas se diluyen con la población local pero en Cuzco han (hemos) tomado posesión del centro, sobre todo de la Plaza de Armas, del barrio de San Blas y de las calles de alrededor. Aunque no ha perdido ni pizca de su belleza arquitectónica, la vida del centro no es la de la gente que lo habita sino la de la gente que lo visita. No hay más que fijarse en los comercios y restaurantes de esta zona. Absolutamente ninguno está dirigido a los habitantes de Cuzco. Esto me ha fastidiado un poco, sobretodo cuando incansablemente gente trataba de ganarse la vida intentando que entrase a su restaurante o le comprara una baratija. Uno entiende que es el único medio que mucha pobre gente tiene para sobrevivir, pero ocho días diciendo no gracias cada 5 minutos cansa. Creo que en este hartazgo también influyó mi estado por la altura.
Un aliviante paréntesis fueron el par de días que pasé en Machu Pichu, que curiosamente está ubicado a bastante menos altura que Cuzco. Iba con las expectativas truncadas, como cuando una película te dice todo el mundo que es muy buena y presientes que te va a decepcionar. En absoluto. A primera hora un guía nos enseñó la ciudad perdida de los incas entre tinieblas pero lo mejor fue subir al Wayna Pichu mientras las nubes dejaban ver poco a poco un paisaje de imresión. Estuve desde las 6 de la mañana hasta las 2 de la tarde bicheando de un lado para otro, y me supo a poco. Un espectáculo. Imposible que defraude.
Como dije, Arequipa es mi última parada peruana en una ruta condicionada por un enemigo imprevisto: la altura.
martes, 6 de abril de 2010
13. Andes a través. Ayacucho y Andahuaylas
Llevaba varios días dándole vueltas a mi ruta por la parte sur del Perú. La opción primaria era bajar desde Lima por la costa, donde la panamericana me llevaría "comodamente" a Cuzco tras una parada en Arequipa (desgraciadamente sin mi amiga Glenda, que está en Austria). La otra opción es subir a través de los Andes como me sugirieron los italianos en un camino más corto en línea recta pero más duro y largo en carreteras de mala muerte sin asfaltar. La recompensa sería la parada en la ciudad colonial de Ayacucho en plena Semana Santa.
El primer tramo duró once en vez de las nueve horas prometidas y el paisaje subiendo las montañas es descarnado en un primer momento y remoto y apoteósico después. Lástima que una señora gorda se subiera al autobús y nos atufara a todos. Aunque se sentó en la parte de atrás el pestazo que desprendía al pasar al lado es indescriptible. Solo se me ocurre describirlo asemejándolo con 5 establos concentrados, pero con otro aroma, extraño e igual de asqueroso. Al rato me acostumbro al hedor y tras pasar una zona de mucho calor (el aire acondicionado estaba roto y no se podían abrir las ventanas) disfruto del camino, tanto, que me da cierto fastidio llegar a Ayacucho en mitad de una canción de mi ipod que me tiene emocionado. Desde lo alto, Ayacucho iluminado parece una ensoñación. ¿Como puede existir toda una ciudad en un lugar tan remoto?
El primer día la altura de Ayacucho (unos 2.750) me afecta y no me deja disfrutar a gusto de la bella ciudad colonial y de la celebración pero al siguiente me voy recuperando. La Semana Santa es una señora fiesta. Los pasos son muy graciosos porque llevan detrás un generador eléctrico con un sonido terrible para dar energía a las luces blancas que iluminan la procesión. Dicen con orgullo que es muy parecida a la Semana Santa de Sevilla y en el fondo es igual. Solo hay que cambiar el papel de platina de los pasos por la plata sevillana (que paradójicamente puede que proceda de por aquí), pero el efecto global es el mismo. Ellos además decoran las calles con mantos de flores formando preciosas figuras. También visitan los templos engalanados (hay una barbaridad de ellos en Ayacucho) con verdadera devoción. Me resulta curioso ver a mujeres indígenas con vestimenta tradicional adorar imágenes impuestas con palpable fervor. Debe haber unos Cristos más milagrosos que otros porque mucha gente hace cola para tocar a algunas estatuas (no precisamente las que tienen más valor artístico) previo pago de unas monedas, mientras otras son ignoradas. Pero no todo es religión en esta Semana Santa: la gente se echa a la calle para disfrutar del ambiente y es una buena oportunidad para ver distintas danzas de lugares lejanos que me dejan embobado.
Esta zona de los Andes es especialmente pobre siendo un campo abonado para la revuelta social. En los 80 surgió en Ayacucho el grupo terrorista Sendero Luminoso, realmente sanguinario. Con una ideología algo laxa con la igualdad como bandera prendió con fuerza por estas tierras en jóvenes que no tenían donde agarrarse. Ahora está adormecido y desde los 90 sólo han tenido algunas actuaciones muy esporádicas. Pero la pobreza sigue siendo fuerte. Es difícil a veces convivir con esta realidad y te sientes impotente con tu bolsillo lleno de billetes. Para ellos un europeo es directamente rico (una carrera urbana de un mototaxi en Andahuaylas vale 15 céntimos de euro) y comparativamente no les falta razón. Para tranquilizarme pienso que tener el conocimiento de esta realidad es ya algo de por sí y así lo sobrellevo bien. Para otros europeos con los que he hablado de este tema más sensibles a la miseria que yo este hecho les resulta a veces insoportable. Y poca gente (alguna hay) es incapaz de sentir una profunda tristeza ante este panorama de desigualdad extrema. Pero casi todos continuamos pasándolo bien en nuestro viaje viviendo nuestra vida de ricos.
Entre Ayacucho y Cuzco hay una carretera en su mayor parte sin asfaltar que conectan ambas ciudades en 22 horas de autobús (no hay ni VIP, ni Imperial, ni Business ni siquiera especial). Decido cortar el viaje en Andahuaylas, a mitad de camino y me pongo el despertador. A mitad de la noche decido cambiarlo para tener más tiempo pero en realidad lo desconecto entre sueños. Abro los ojos a las 7.22, dos minutos más tarde de la hora a la que debía estar en la parada (el autobús salía a las 7.30) y como un rayo y con mucha suerte logro jadeante llegar a tiempo. El autobús está por dentro medio destrozado (la lámpara central y los apoyabrazos arrancados, los asientos descuajeringados) y cuando empieza a andar compruebo que es una batidora. Unos kilómetros más adelante hay un autobús que hace la ruta inversa a la mía volcado en la cuneta. La policía todavía está allí. -¿Ha habido víctimas?- pregunto idiotamente al revisor. -No-, me responde para tranquilizarme. Un poco más tarde veo a un autobús justo delante bordear la tremenda montaña por la pequeña incisión que hace de vía sobre la pared casi vertical. Literalmente no puedo mirar y cierro los ojos. Por suerte, este terrorífico tramo no dura demasiado.
Andahuaylas no tiene mucho más interés que el de ser un pueblo sin turistas. Pienso visitar una laguna cercana, pero, una vez consultados horarios de transportes y creyendo que quizás tendría la misma poca gracia que el pueblo, decido meterme al día siguiente en una combi (once pasajeros) para Cuzco vía Abancay, donde podría coger un autobús u otro coche. El trayecto es corto y el autobús tampoco dura demasiado, pasándoseme volando al venir conversando sobre Perú con un peruano abogado y policía. En total, las 22 horas previstas se quedaron milagrosamente en 18, cosa extraña en un país como este.
Y llegué a la ansiada ciudad de Cuzco. A partir de ahora podré responder afirmativamente a la repetida pregunta que me ha perseguido por todo Perú: -¿Ya conoce usted el Cusco? El Cusco es liiiindo.-
El primer tramo duró once en vez de las nueve horas prometidas y el paisaje subiendo las montañas es descarnado en un primer momento y remoto y apoteósico después. Lástima que una señora gorda se subiera al autobús y nos atufara a todos. Aunque se sentó en la parte de atrás el pestazo que desprendía al pasar al lado es indescriptible. Solo se me ocurre describirlo asemejándolo con 5 establos concentrados, pero con otro aroma, extraño e igual de asqueroso. Al rato me acostumbro al hedor y tras pasar una zona de mucho calor (el aire acondicionado estaba roto y no se podían abrir las ventanas) disfruto del camino, tanto, que me da cierto fastidio llegar a Ayacucho en mitad de una canción de mi ipod que me tiene emocionado. Desde lo alto, Ayacucho iluminado parece una ensoñación. ¿Como puede existir toda una ciudad en un lugar tan remoto?
El primer día la altura de Ayacucho (unos 2.750) me afecta y no me deja disfrutar a gusto de la bella ciudad colonial y de la celebración pero al siguiente me voy recuperando. La Semana Santa es una señora fiesta. Los pasos son muy graciosos porque llevan detrás un generador eléctrico con un sonido terrible para dar energía a las luces blancas que iluminan la procesión. Dicen con orgullo que es muy parecida a la Semana Santa de Sevilla y en el fondo es igual. Solo hay que cambiar el papel de platina de los pasos por la plata sevillana (que paradójicamente puede que proceda de por aquí), pero el efecto global es el mismo. Ellos además decoran las calles con mantos de flores formando preciosas figuras. También visitan los templos engalanados (hay una barbaridad de ellos en Ayacucho) con verdadera devoción. Me resulta curioso ver a mujeres indígenas con vestimenta tradicional adorar imágenes impuestas con palpable fervor. Debe haber unos Cristos más milagrosos que otros porque mucha gente hace cola para tocar a algunas estatuas (no precisamente las que tienen más valor artístico) previo pago de unas monedas, mientras otras son ignoradas. Pero no todo es religión en esta Semana Santa: la gente se echa a la calle para disfrutar del ambiente y es una buena oportunidad para ver distintas danzas de lugares lejanos que me dejan embobado.
Esta zona de los Andes es especialmente pobre siendo un campo abonado para la revuelta social. En los 80 surgió en Ayacucho el grupo terrorista Sendero Luminoso, realmente sanguinario. Con una ideología algo laxa con la igualdad como bandera prendió con fuerza por estas tierras en jóvenes que no tenían donde agarrarse. Ahora está adormecido y desde los 90 sólo han tenido algunas actuaciones muy esporádicas. Pero la pobreza sigue siendo fuerte. Es difícil a veces convivir con esta realidad y te sientes impotente con tu bolsillo lleno de billetes. Para ellos un europeo es directamente rico (una carrera urbana de un mototaxi en Andahuaylas vale 15 céntimos de euro) y comparativamente no les falta razón. Para tranquilizarme pienso que tener el conocimiento de esta realidad es ya algo de por sí y así lo sobrellevo bien. Para otros europeos con los que he hablado de este tema más sensibles a la miseria que yo este hecho les resulta a veces insoportable. Y poca gente (alguna hay) es incapaz de sentir una profunda tristeza ante este panorama de desigualdad extrema. Pero casi todos continuamos pasándolo bien en nuestro viaje viviendo nuestra vida de ricos.
Entre Ayacucho y Cuzco hay una carretera en su mayor parte sin asfaltar que conectan ambas ciudades en 22 horas de autobús (no hay ni VIP, ni Imperial, ni Business ni siquiera especial). Decido cortar el viaje en Andahuaylas, a mitad de camino y me pongo el despertador. A mitad de la noche decido cambiarlo para tener más tiempo pero en realidad lo desconecto entre sueños. Abro los ojos a las 7.22, dos minutos más tarde de la hora a la que debía estar en la parada (el autobús salía a las 7.30) y como un rayo y con mucha suerte logro jadeante llegar a tiempo. El autobús está por dentro medio destrozado (la lámpara central y los apoyabrazos arrancados, los asientos descuajeringados) y cuando empieza a andar compruebo que es una batidora. Unos kilómetros más adelante hay un autobús que hace la ruta inversa a la mía volcado en la cuneta. La policía todavía está allí. -¿Ha habido víctimas?- pregunto idiotamente al revisor. -No-, me responde para tranquilizarme. Un poco más tarde veo a un autobús justo delante bordear la tremenda montaña por la pequeña incisión que hace de vía sobre la pared casi vertical. Literalmente no puedo mirar y cierro los ojos. Por suerte, este terrorífico tramo no dura demasiado.
Andahuaylas no tiene mucho más interés que el de ser un pueblo sin turistas. Pienso visitar una laguna cercana, pero, una vez consultados horarios de transportes y creyendo que quizás tendría la misma poca gracia que el pueblo, decido meterme al día siguiente en una combi (once pasajeros) para Cuzco vía Abancay, donde podría coger un autobús u otro coche. El trayecto es corto y el autobús tampoco dura demasiado, pasándoseme volando al venir conversando sobre Perú con un peruano abogado y policía. En total, las 22 horas previstas se quedaron milagrosamente en 18, cosa extraña en un país como este.
Y llegué a la ansiada ciudad de Cuzco. A partir de ahora podré responder afirmativamente a la repetida pregunta que me ha perseguido por todo Perú: -¿Ya conoce usted el Cusco? El Cusco es liiiindo.-
jueves, 1 de abril de 2010
12. Iquitos. La selva dentro de la selva
Para hacerse una primera idea de Iquitos conviene saber el repetido dato de que es la ciudad más grande del mundo sin acceso rodado. Yo llegué volando desde Lima y me sorprendió la selva desde arriba, surcada de ríos con meandros imposibles. También se puede llegar por barco de toda clase, pués la ciudad está ubicada en pleno río Amazonas.
Llego de noche y una multitud de taxistas y comisionistas de agencias de viaje se avalanza sin piedad sobre mí, uno de los pocos turistas que llega en el vuelo. Por suerte me espera un taxi que había concertado con el hotel y me resulta más fácil desprenderme del enjambre humano. En un primer momento la ciudad me decepciona. Me resulta lumpen en exceso y el calor sofocante me asfixia. La plaza principal tiene un edificio medio destruido y detrás sobresale uno azul de varias plantas abandonado. La iglesia es estilo kitch. Ceno en el único restaurante pasable que encuentro la ternera más dura que he probado en mi vida y pruebo suerte con un pedazo de tarta de limón que compro en una cafetería. Me siento en un banco de la plaza para tomármela y, al ser medio lechosa, me da reparo y prudentemente la tiro a la basura. Con dos ventiladores enfocándome, me tomo un helado Camy en la cama a la espera del día siguiente.
Fué solo la primera impresión. Iquitos es en realidad una ciudad muy sexy, animada y atractiva. No puede valorarse por patrones de belleza occidentales, porque no cumple casi ninguno. Es decadente en exceso pero su época de gloria (los años en que la zona exportaba caucho a medio mundo) se palpa en multitud de edificios con azulejos importados de Portugal y un gusto por lo fráncés que tiene su máxima expresión en una casa de hierro diseñada, según ellos, por Eiffel y traída pieza a pieza del país galo.
El primer día lo paso buscando una excursión a la selva. Fué bastante difícil porque todas las agencias ofrecían lo mismo y la competencia es feroz, tratando los comisionistas de guiarte ellos mismos a sus agencias. Una vez contratas la obligada excursión a la selva todos los comisionistas lo saben (ignoro el modo) y te dejan en paz. A última hora me decido por una excursión de cuatro días a un lodge alejado de Iquitos básicamente porque quería partir al día siguiente y porque ya había dos italianos apuntados. No me apetecía ir sólo con un guía.
La excursión estuvo bien, aunque disfruté más la que hice en Ecuador. El lodge estaba ubicado en el río Cumaceba, tributario del Ucayali, río que se une antes de llegar a Iquitos con el Marañón para formar el Amazonas. Las condiciones de alojamiento y comida son bastante buenas para lo que es la selva pero el guía es pésimo. A cada rato preguntaba "¿Qué tal? ¿Bien?" poniéndome nervioso. Los italianos (una pareja de un siciliano, Salvatore, y una italo francesa, Amelia), en cambio, son encantadores. He quedado para encontrarme de nuevo con ellos en Cuzco. No sé que hubiera sido de mí si me veo solo en la selva con un tipo así. Las actividades fueron variadas: mucha canoa (demasiada), largas caminatas, duro camping, pesca de pirañas, baño también con pirañas... Es selva primaria y se nota. Vimos caimanes, perezosos, monos, tucanes y mil aves más. Los italianos contratarón una sesión de ayahuasca, una hierva que suministra un chamán y qué, después de limpiarte por dentro (vómitos y diarrea) supuestamente te hace tener alucinaciones. Aquí en Iquitos es muy popular y todo el mundo te pregunta si la has tomado ya. Felizmente me niego a sumarme al ritual. Los italianos, después de probar la hierva, vomitaron pero nada de visiones. Me contaron que la ceremonia fue ridícula, echándole el chamán humo de un cigarro y espurreándoles agua de rosas. No sé que creer, imagino que una sesión bien llevada puede ser algo más positiva.
De vuelta disfuto con los italianos de los encantos de la ciudad. Me parece que es la selva dentro de la selva: en el concurrido mercado de Belén, el más impresionante que he visto nunca, se encuentras monos, tortugas abiertas por la mitad, armadillos, caimanes... todo lo que pone la selva a disposión del hombre y, éste, del turista. Al ambiente de ciudad salvaje contribuye el tráfico de mototaxis (motocicletas a las que se le acopla un carrito para llevar pasajeros). Cruzar una calle es una aventura. Creo que más de la mitad de la población en Iquitos es taxista.
Una semana más tarde de mi llegada vuelo vía Pucallpa de nuevo a Lima, donde pernocto en el mismo hostal donde me quedé antes y, a la mañan siguiente, me embarco en un bus que me subirá a los Andes, concretamente a la ciudad de Ayacucho, donde dicen que se encuentra la mejor Semana Santa del Perú.
Llego de noche y una multitud de taxistas y comisionistas de agencias de viaje se avalanza sin piedad sobre mí, uno de los pocos turistas que llega en el vuelo. Por suerte me espera un taxi que había concertado con el hotel y me resulta más fácil desprenderme del enjambre humano. En un primer momento la ciudad me decepciona. Me resulta lumpen en exceso y el calor sofocante me asfixia. La plaza principal tiene un edificio medio destruido y detrás sobresale uno azul de varias plantas abandonado. La iglesia es estilo kitch. Ceno en el único restaurante pasable que encuentro la ternera más dura que he probado en mi vida y pruebo suerte con un pedazo de tarta de limón que compro en una cafetería. Me siento en un banco de la plaza para tomármela y, al ser medio lechosa, me da reparo y prudentemente la tiro a la basura. Con dos ventiladores enfocándome, me tomo un helado Camy en la cama a la espera del día siguiente.
Fué solo la primera impresión. Iquitos es en realidad una ciudad muy sexy, animada y atractiva. No puede valorarse por patrones de belleza occidentales, porque no cumple casi ninguno. Es decadente en exceso pero su época de gloria (los años en que la zona exportaba caucho a medio mundo) se palpa en multitud de edificios con azulejos importados de Portugal y un gusto por lo fráncés que tiene su máxima expresión en una casa de hierro diseñada, según ellos, por Eiffel y traída pieza a pieza del país galo.
El primer día lo paso buscando una excursión a la selva. Fué bastante difícil porque todas las agencias ofrecían lo mismo y la competencia es feroz, tratando los comisionistas de guiarte ellos mismos a sus agencias. Una vez contratas la obligada excursión a la selva todos los comisionistas lo saben (ignoro el modo) y te dejan en paz. A última hora me decido por una excursión de cuatro días a un lodge alejado de Iquitos básicamente porque quería partir al día siguiente y porque ya había dos italianos apuntados. No me apetecía ir sólo con un guía.
La excursión estuvo bien, aunque disfruté más la que hice en Ecuador. El lodge estaba ubicado en el río Cumaceba, tributario del Ucayali, río que se une antes de llegar a Iquitos con el Marañón para formar el Amazonas. Las condiciones de alojamiento y comida son bastante buenas para lo que es la selva pero el guía es pésimo. A cada rato preguntaba "¿Qué tal? ¿Bien?" poniéndome nervioso. Los italianos (una pareja de un siciliano, Salvatore, y una italo francesa, Amelia), en cambio, son encantadores. He quedado para encontrarme de nuevo con ellos en Cuzco. No sé que hubiera sido de mí si me veo solo en la selva con un tipo así. Las actividades fueron variadas: mucha canoa (demasiada), largas caminatas, duro camping, pesca de pirañas, baño también con pirañas... Es selva primaria y se nota. Vimos caimanes, perezosos, monos, tucanes y mil aves más. Los italianos contratarón una sesión de ayahuasca, una hierva que suministra un chamán y qué, después de limpiarte por dentro (vómitos y diarrea) supuestamente te hace tener alucinaciones. Aquí en Iquitos es muy popular y todo el mundo te pregunta si la has tomado ya. Felizmente me niego a sumarme al ritual. Los italianos, después de probar la hierva, vomitaron pero nada de visiones. Me contaron que la ceremonia fue ridícula, echándole el chamán humo de un cigarro y espurreándoles agua de rosas. No sé que creer, imagino que una sesión bien llevada puede ser algo más positiva.
De vuelta disfuto con los italianos de los encantos de la ciudad. Me parece que es la selva dentro de la selva: en el concurrido mercado de Belén, el más impresionante que he visto nunca, se encuentras monos, tortugas abiertas por la mitad, armadillos, caimanes... todo lo que pone la selva a disposión del hombre y, éste, del turista. Al ambiente de ciudad salvaje contribuye el tráfico de mototaxis (motocicletas a las que se le acopla un carrito para llevar pasajeros). Cruzar una calle es una aventura. Creo que más de la mitad de la población en Iquitos es taxista.
Una semana más tarde de mi llegada vuelo vía Pucallpa de nuevo a Lima, donde pernocto en el mismo hostal donde me quedé antes y, a la mañan siguiente, me embarco en un bus que me subirá a los Andes, concretamente a la ciudad de Ayacucho, donde dicen que se encuentra la mejor Semana Santa del Perú.
domingo, 28 de marzo de 2010
11. Lima. Estafado pero contento
http://www.youtube.com/watch?v=Yfd_8j4imOQ&feature=related
A Lima llegué tras 9 horas de autobús (VIP, por supuesto) ya de noche. Le dí a un taxi el nombre del hostal que me habían recomendado y, al estar lleno, me alojo en uno cutre que había al lado. A la mañana siguiente, temprano, me cambio de hostal y comienzo sin esperarlo uno de los días más trepidantes de mi estancia en Perú, que relato tal cual a continuación.
Tras dar una vuelta por Barranco, el distrito donde estaba alojado, decido acercarme al centro en autobús a ver que se cocía por allí. Al rato de ir subido, pregunto a una señora mayor que si quedaba mucho para llegar y me dice que no me preocupe, que ella me avisaba, pero que quedaba mucho. A la hora más o menos de conversación un poco aburrida, al ver que habíamos ya pasado una zona que podía parecerse centro y decírselo a la señora, me responde que se ha equivocado y que creía que íbamos en otra línea pero que no me debía bajar donde estábamos porque era uno de los distritos más peligrosos de Lima. Cuando la señora me da permiso para bajar, cojo otro autobús en sentido contrario tardando en total casi dos horas en llegar de mi barrio al centro. Me parece mentira. Antes de llegar a la Plaza de Armas almuerzo en un restaurante de la zona de la bolsa un menú del día bastante bueno con un señor que se sentó en mi mesa, pues el sitio estaba a reventar. Me recomendó tomar Pisco Soeur, el cocktail estrella de Perú en el hotel donde dicen que lo inventaron. Me lo ponen doble y riquísimo y, agradecido por mis alagos, el camarero me lo rellena cuando lo estaba terminando. Contento, llego a la Plaza de Armas donde hay un desfile regional de gente bailando danzas tradicionales y un chaval que había por allí comienza una charla que terminó en estafa.
En mi descarga solo puedo alegar que era un buen actor. Caí como un idiota, con una historia de varias horas que puedo resumir así. El chico me contó que era boliviano y que vendría este verano a España con su grupo de música. Me invitó a acompañarle a un bar allí cercano diciéndome que tocaría en un rato con su grupo, del que su padre y su hermana formaban parte. Dudé un momento, pero no veía nada raro. El bar tenía buena pinta y pidió una jarra de Pisco Souer. Apareció la que se suponía que era su hermana y seguimos bebiendo y entablando una supuesta amistad. Era una historia bien montada, algo debía tener de realidad, no se muy bien donde empieza el engaño y donde la verdad. La hermana me contó que era su cumpleaños y que su novia le había dejado y seguimos bebiendo. Nos hicimos fotos, intercambiamos las camisetas, nos dimos las direcciones... Después, preguntándome si les iba a invitar, pidieron un plato de carne de alpaca. Accedí, pero cuando dijeron de pedir una tarta de chocolate me acerqué a la barra a preguntar por la cuenta, ya que no llevaba mucho dinero encima. 640 soles por 7 jarras de pisco souer y un plato de carne. Eso es aquí una barbaridad y después de mucho rato de tira y afloja largo y arduo, complicado de resumir, la cosa se quedó en 300 soles, equivalente a unos 78 euros. Me engañaron entre los actores y el camarero compinchado como a un turista ramplón pero lo tomé bien: pensé que era mejor considerar el incidente como un impuesto que había que pagar por aprender una lección y que había pasado varias horas divertidas. ¿Qué iba a hacer? Desde luego, algo parecido no vuelve a sucederme en la vida.
Un taxi me lleva de nuevo al hostal donde me recoge enseguida Andrea, una amiga muy simpática de mi amigo Álvaro con la que estuve de fiesta, esta vez a base de cerveza, junto a sus amigos hasta las 6 de la mañana. Imaginaos como me levanté al día siguiente.
El resto de mi estancia en Lima lo paso tranquilo, disfrutando del barrio de Barranco a ritmo de Chabuca Granda. "Fina Estampa" es una de las canciones de esta cantante de vals peruana que retrata fielmente el bohemio barrio de Barranco donde creció y la sociedad distinguida que lo habita. Anteriormente era un pueblo de de las afueras pero el crecimiento desmesurado de la ciudad lo engulló. Es tranquilo, seguro, bonito y con mucha vida nocturna.
Mi hostal, además de estar bien ubicado, es más bien una casa de huéspedes con gente joven extranjera diversa que funciona como una familia. Me acogen bien, almuerzo con ellos y, como tienen costumbre cada sábado, nos reunimos en el patio central en una fiesta informal a la que acude mucha gente. A la vuelta de Iquitos, los volveré a ver.
De vez en cuando viene bien parar un poco y dejar de visitar cosas de un lado para otro. Estos cuatro días de relajación en Lima (o, mejor dicho, Barranco) me sentaron fabulosamente. Pude ver también por encima la ciudad de Lima con sus barrios infinitos de chabolas, su barrio snob de Miraflores de lujo desbordante y bellos atardeceres, su barrio central capaz de lo mejor y de lo peor... 9 millones de habitantes dan para mucho. "Del Puente a la Alameda..."
A Lima llegué tras 9 horas de autobús (VIP, por supuesto) ya de noche. Le dí a un taxi el nombre del hostal que me habían recomendado y, al estar lleno, me alojo en uno cutre que había al lado. A la mañana siguiente, temprano, me cambio de hostal y comienzo sin esperarlo uno de los días más trepidantes de mi estancia en Perú, que relato tal cual a continuación.
Tras dar una vuelta por Barranco, el distrito donde estaba alojado, decido acercarme al centro en autobús a ver que se cocía por allí. Al rato de ir subido, pregunto a una señora mayor que si quedaba mucho para llegar y me dice que no me preocupe, que ella me avisaba, pero que quedaba mucho. A la hora más o menos de conversación un poco aburrida, al ver que habíamos ya pasado una zona que podía parecerse centro y decírselo a la señora, me responde que se ha equivocado y que creía que íbamos en otra línea pero que no me debía bajar donde estábamos porque era uno de los distritos más peligrosos de Lima. Cuando la señora me da permiso para bajar, cojo otro autobús en sentido contrario tardando en total casi dos horas en llegar de mi barrio al centro. Me parece mentira. Antes de llegar a la Plaza de Armas almuerzo en un restaurante de la zona de la bolsa un menú del día bastante bueno con un señor que se sentó en mi mesa, pues el sitio estaba a reventar. Me recomendó tomar Pisco Soeur, el cocktail estrella de Perú en el hotel donde dicen que lo inventaron. Me lo ponen doble y riquísimo y, agradecido por mis alagos, el camarero me lo rellena cuando lo estaba terminando. Contento, llego a la Plaza de Armas donde hay un desfile regional de gente bailando danzas tradicionales y un chaval que había por allí comienza una charla que terminó en estafa.
En mi descarga solo puedo alegar que era un buen actor. Caí como un idiota, con una historia de varias horas que puedo resumir así. El chico me contó que era boliviano y que vendría este verano a España con su grupo de música. Me invitó a acompañarle a un bar allí cercano diciéndome que tocaría en un rato con su grupo, del que su padre y su hermana formaban parte. Dudé un momento, pero no veía nada raro. El bar tenía buena pinta y pidió una jarra de Pisco Souer. Apareció la que se suponía que era su hermana y seguimos bebiendo y entablando una supuesta amistad. Era una historia bien montada, algo debía tener de realidad, no se muy bien donde empieza el engaño y donde la verdad. La hermana me contó que era su cumpleaños y que su novia le había dejado y seguimos bebiendo. Nos hicimos fotos, intercambiamos las camisetas, nos dimos las direcciones... Después, preguntándome si les iba a invitar, pidieron un plato de carne de alpaca. Accedí, pero cuando dijeron de pedir una tarta de chocolate me acerqué a la barra a preguntar por la cuenta, ya que no llevaba mucho dinero encima. 640 soles por 7 jarras de pisco souer y un plato de carne. Eso es aquí una barbaridad y después de mucho rato de tira y afloja largo y arduo, complicado de resumir, la cosa se quedó en 300 soles, equivalente a unos 78 euros. Me engañaron entre los actores y el camarero compinchado como a un turista ramplón pero lo tomé bien: pensé que era mejor considerar el incidente como un impuesto que había que pagar por aprender una lección y que había pasado varias horas divertidas. ¿Qué iba a hacer? Desde luego, algo parecido no vuelve a sucederme en la vida.
Un taxi me lleva de nuevo al hostal donde me recoge enseguida Andrea, una amiga muy simpática de mi amigo Álvaro con la que estuve de fiesta, esta vez a base de cerveza, junto a sus amigos hasta las 6 de la mañana. Imaginaos como me levanté al día siguiente.
El resto de mi estancia en Lima lo paso tranquilo, disfrutando del barrio de Barranco a ritmo de Chabuca Granda. "Fina Estampa" es una de las canciones de esta cantante de vals peruana que retrata fielmente el bohemio barrio de Barranco donde creció y la sociedad distinguida que lo habita. Anteriormente era un pueblo de de las afueras pero el crecimiento desmesurado de la ciudad lo engulló. Es tranquilo, seguro, bonito y con mucha vida nocturna.
Mi hostal, además de estar bien ubicado, es más bien una casa de huéspedes con gente joven extranjera diversa que funciona como una familia. Me acogen bien, almuerzo con ellos y, como tienen costumbre cada sábado, nos reunimos en el patio central en una fiesta informal a la que acude mucha gente. A la vuelta de Iquitos, los volveré a ver.
De vez en cuando viene bien parar un poco y dejar de visitar cosas de un lado para otro. Estos cuatro días de relajación en Lima (o, mejor dicho, Barranco) me sentaron fabulosamente. Pude ver también por encima la ciudad de Lima con sus barrios infinitos de chabolas, su barrio snob de Miraflores de lujo desbordante y bellos atardeceres, su barrio central capaz de lo mejor y de lo peor... 9 millones de habitantes dan para mucho. "Del Puente a la Alameda..."
domingo, 21 de marzo de 2010
10. La Plaza de Armas de Trujillo
Me gusta Perú. Este inmenso país tiene dos atributos que lo diferencian y que hacen que sea un buen sitio para viajar.
En primer lugar la gente es muy amable. Todo el mundo te habla y se interesa por tí, de una forma muy cálida y natural. La segunda, la comida. Se come bien y barato. La cocina no es muy refinada, la verdad, pero si buscas un poco se encuentran platos excelentes.
Desde mi punto de vista, y con perdón si algún ecuatoriano lee esto, estas dos características hace de Perú, desde mi punto de vista y generalizando, un sitio más atractivo que Ecuador. Allí había muy buena gente, la verdad, tranquilos hasta extremos inauditos. Pero el peruano me ha parecido mucha más abierto. Estas dos afirmaciones se han convertido en un recurso fácil cuando me relaciono con ellos. Como son tan nacionalistas, esta comparación les derrite y me los meto rápido en el bolsillo.
Trujillo no sería lo que es sin su plaza de armas. Es una plaza tan brutalmente bella que compite con cualquier otra que haya visto por el mundo. Permitidme que me recree un poco. Es enorme y cuadrada y destaca por sus casas señoriales de pasado colonial. Son casas bajas, de una planta como mucho y pintadas de colores: rojo, azul y amarillo. Tienen unas puertas enormes, tan grandes, que con frecuencia son más altas que la propia casa. También suelen tener una ventana muy grande, desproporcionada, consiguiendo un efecto aún más llamativo por comparación cuando existen otras ventanas, ya que éstas son con frecuencia minúsculas. Hay un monumento central patriótico, árboles y palmeras, bancos para sentarse, una iglesia y, por desgracia, un par de casas modernas. El efecto global es, sin exagerar, sobrecogedor.
Además tiene mucha vida porque la gente acude a ella a pasear y a sentarse en los bancos, sobretodo al atardecer, siendo muy entretenido estar allí. He pasado mucho tiempo en esta plaza.
Los otros atractivos de esta ciudad son los yacimientos preincaicos de los alrededores. Destaca la ciudad de Chan Chan y, sobretodo, la Huaca de la Luna, un templo escalonado de la cultura Moche con unas pinturas impresionantes. Un grupo reducido (yo y un alemán) y un buen guía consigue que disfrute mucho más la segunda que la primera. Con este chaval alemán entablé amistad. Anduve por Trujillo con él y también con otras dos argentinas jovencillas que se alojaban en el mismo hostal. La verdad que es tremendo la cantidad de gente que se conoce viajando solo. Al hacer esfuerzo para hablar con los demás se traba amistad fácilmente. Lo de amistad es un decir: son relaciones tan fugaces que ya he olvidado, por ejemplo, el nombre del tipo alemán.
En Trujillo compré un billete para volar a Iquitos, ciudad en el corazón de la selva amazónica. Me apetece muchísimo ir allí. Pero antes, hay que lidiar con la megalópolis de Lima.
En primer lugar la gente es muy amable. Todo el mundo te habla y se interesa por tí, de una forma muy cálida y natural. La segunda, la comida. Se come bien y barato. La cocina no es muy refinada, la verdad, pero si buscas un poco se encuentran platos excelentes.
Desde mi punto de vista, y con perdón si algún ecuatoriano lee esto, estas dos características hace de Perú, desde mi punto de vista y generalizando, un sitio más atractivo que Ecuador. Allí había muy buena gente, la verdad, tranquilos hasta extremos inauditos. Pero el peruano me ha parecido mucha más abierto. Estas dos afirmaciones se han convertido en un recurso fácil cuando me relaciono con ellos. Como son tan nacionalistas, esta comparación les derrite y me los meto rápido en el bolsillo.
Trujillo no sería lo que es sin su plaza de armas. Es una plaza tan brutalmente bella que compite con cualquier otra que haya visto por el mundo. Permitidme que me recree un poco. Es enorme y cuadrada y destaca por sus casas señoriales de pasado colonial. Son casas bajas, de una planta como mucho y pintadas de colores: rojo, azul y amarillo. Tienen unas puertas enormes, tan grandes, que con frecuencia son más altas que la propia casa. También suelen tener una ventana muy grande, desproporcionada, consiguiendo un efecto aún más llamativo por comparación cuando existen otras ventanas, ya que éstas son con frecuencia minúsculas. Hay un monumento central patriótico, árboles y palmeras, bancos para sentarse, una iglesia y, por desgracia, un par de casas modernas. El efecto global es, sin exagerar, sobrecogedor.
Además tiene mucha vida porque la gente acude a ella a pasear y a sentarse en los bancos, sobretodo al atardecer, siendo muy entretenido estar allí. He pasado mucho tiempo en esta plaza.
Los otros atractivos de esta ciudad son los yacimientos preincaicos de los alrededores. Destaca la ciudad de Chan Chan y, sobretodo, la Huaca de la Luna, un templo escalonado de la cultura Moche con unas pinturas impresionantes. Un grupo reducido (yo y un alemán) y un buen guía consigue que disfrute mucho más la segunda que la primera. Con este chaval alemán entablé amistad. Anduve por Trujillo con él y también con otras dos argentinas jovencillas que se alojaban en el mismo hostal. La verdad que es tremendo la cantidad de gente que se conoce viajando solo. Al hacer esfuerzo para hablar con los demás se traba amistad fácilmente. Lo de amistad es un decir: son relaciones tan fugaces que ya he olvidado, por ejemplo, el nombre del tipo alemán.
En Trujillo compré un billete para volar a Iquitos, ciudad en el corazón de la selva amazónica. Me apetece muchísimo ir allí. Pero antes, hay que lidiar con la megalópolis de Lima.
miércoles, 17 de marzo de 2010
9. Nuevo país: Perú (Máncora y Chiclayo)
Cito a las 5.30 a un taxi en la puerta del hostal para que me lleve a la estación de autobuses y, de allí, a Machala, dode haré escala para llegar a la frontera. El autobús no era muy cómodo, pero al menos el conductor no era un suidicida. Atravesamos paisajes impresionantes, cambiando de panorama en minutos varias veces. Voy medio dormido, pero hago el esfuerzo de abrir de vez en cuando los ojos porque lo que veo a través de la ventanilla es espectacular: naturaleza pura, esta vez sin casuchillas que estropeen la vista. Varias horas después y unos 20 grados de temperatura más, el autobús me deja en una rotonda a las afueras de Machala, ciudad a la que me aseguran no hace falta entrar para coger un autobús a Huaquillas, en la frontera. Allí, en mitad de la nada, debajo de un tenderete de plástico para protegernos del tórrido sol, me siento en otro planeta. La gente me pregunta cosas y me miran como extrañados. Me dicen que si voy a Máncora puedo coger un autobús directo 2 horas más tarde que para en la inmigración ecuatoriana y peruana, con lo que me ahorro el peligro y la odisea de la frontera (2 taxis, una combi, un puente andando y 2 autobuses en total, es farragoso de explicar toda la logística). Me parece bien, y varios empiezan a llamar a la compañía de autobuses para reservarme asiento. No me entero de nada de lo que pasa a mi alrededor, pero me dicen que no me preocupe y que espere. Esto de que me tomen por una maleta me pone un poco nervioso. No había sitio en el autobús cuando llegó, pero me colocan en el del ayudante del conductor y dejan a éste de pié. Fue un viaje muy divertido, charlando y bromeando, y el paso de la frontera fue relativamente cómodo, si se obvia el calor que hacía cuando el autobús estaba parado.
Ya en Máncora doy varias vueltas con la mochila a cuestas buscando un sitio decente para dormir hasta que caigo en la cuenta de que es un pueblo dividido: turistas al sur, míseras casas de pescadores al norte. Voy todo lo Sur que puedo, y una chica de Alemania me ayuda a encontrar alojamiento. Tiene menos de 20 años y su viaje no dura unos meses, sino un año. Me acomodo en un hostal estupendo, de los mejores donde he estado, de una pareja joven muy simpática, con internet gratis, ambiente tranquilo, buen precio, cama cómoda... Todo en una casa tipo cabaña de madera y caña con unas cristaleras inmensas. Bajo a la playa, a unos metros del hotel, y Perú me da la bienvenida con un atardecer que lo incendia todo de un rojo intenso, uno de esos atardeceres brutales que si lo ves pintado en un cuadro no te lo crees.
Máncora es el sitio de moda entre la gente joven de Perú, algo parecido a Tarifa hace unos años, con muchos surferío. Como ya he dicho antes, la división entre pueblo turístico y pueblo, con perdón, de mierda es extrema: mientras algunos nos divertimos el resto lucha por sobrevivir. Así de crudo y de evidente es el día a día de Máncora. Esto me hace pensar un poco, pero pronto uno se acostumbra y lo asume como parte del paisaje. Decido pasar allí algunos días y descansar. Me dedico a holgazanear, tomar el sol, leer un libro que compré en Quito... La tade del día anterior a mi marcha, después de dar un buen paseo en caballo por la playa, Máncora se depide con otro atardeceder como el del primer día. De noche, tomando una cerveza frente a la playa, unos jóvenes (2 peruanas, un peruano y dos australianos) me animan a que me vaya con ellos de joda (marcha, aquí en Perú). Vamos a un hostal de guiris donde hay fiesta hawaina y les doy a todos una paliza al futbolín (son realmente malos). Me siento un poco ajeno a ese ambiente fiestero, me parece ddemasiado vanal (una de las peruanas no paraba de reirse de un modo histérico, como una animadora de televisión) y no tardo en irme a dormir.
Mi siguiente parada es Chiclayo. Tiene unas ruinas cerca de la civilización Moche que son bastante reconocidas pero llego justo el día anterior de que cierren, por lo que no las puedo visitar (la ciudad tampoco merecía quedarse más tiempo). La tarde la pasé casi entera charlando con una chica de una información turística y la mañana siguiente, viendo la ciudad, entr otras cosas el mercado de brujos. Allí tienen remedios naturales para todos los males que le pueden afectar al ser humano, aunque la mayoría de dudosa eficacia.
En Chiclayo hice un gran descubrimiento: unos autobuses que, por unos soles más, te lleva como a un rey, con azafata, asiento cama, aire acondicionado... Me voy a Trujillo en uno de ellos con la firme convicción de no coger otro tipo de autobuses mientras tenga la posibilidad de viajar en los VIP, como aquí son llamados.
Ya en Máncora doy varias vueltas con la mochila a cuestas buscando un sitio decente para dormir hasta que caigo en la cuenta de que es un pueblo dividido: turistas al sur, míseras casas de pescadores al norte. Voy todo lo Sur que puedo, y una chica de Alemania me ayuda a encontrar alojamiento. Tiene menos de 20 años y su viaje no dura unos meses, sino un año. Me acomodo en un hostal estupendo, de los mejores donde he estado, de una pareja joven muy simpática, con internet gratis, ambiente tranquilo, buen precio, cama cómoda... Todo en una casa tipo cabaña de madera y caña con unas cristaleras inmensas. Bajo a la playa, a unos metros del hotel, y Perú me da la bienvenida con un atardecer que lo incendia todo de un rojo intenso, uno de esos atardeceres brutales que si lo ves pintado en un cuadro no te lo crees.
Máncora es el sitio de moda entre la gente joven de Perú, algo parecido a Tarifa hace unos años, con muchos surferío. Como ya he dicho antes, la división entre pueblo turístico y pueblo, con perdón, de mierda es extrema: mientras algunos nos divertimos el resto lucha por sobrevivir. Así de crudo y de evidente es el día a día de Máncora. Esto me hace pensar un poco, pero pronto uno se acostumbra y lo asume como parte del paisaje. Decido pasar allí algunos días y descansar. Me dedico a holgazanear, tomar el sol, leer un libro que compré en Quito... La tade del día anterior a mi marcha, después de dar un buen paseo en caballo por la playa, Máncora se depide con otro atardeceder como el del primer día. De noche, tomando una cerveza frente a la playa, unos jóvenes (2 peruanas, un peruano y dos australianos) me animan a que me vaya con ellos de joda (marcha, aquí en Perú). Vamos a un hostal de guiris donde hay fiesta hawaina y les doy a todos una paliza al futbolín (son realmente malos). Me siento un poco ajeno a ese ambiente fiestero, me parece ddemasiado vanal (una de las peruanas no paraba de reirse de un modo histérico, como una animadora de televisión) y no tardo en irme a dormir.
Mi siguiente parada es Chiclayo. Tiene unas ruinas cerca de la civilización Moche que son bastante reconocidas pero llego justo el día anterior de que cierren, por lo que no las puedo visitar (la ciudad tampoco merecía quedarse más tiempo). La tarde la pasé casi entera charlando con una chica de una información turística y la mañana siguiente, viendo la ciudad, entr otras cosas el mercado de brujos. Allí tienen remedios naturales para todos los males que le pueden afectar al ser humano, aunque la mayoría de dudosa eficacia.
En Chiclayo hice un gran descubrimiento: unos autobuses que, por unos soles más, te lleva como a un rey, con azafata, asiento cama, aire acondicionado... Me voy a Trujillo en uno de ellos con la firme convicción de no coger otro tipo de autobuses mientras tenga la posibilidad de viajar en los VIP, como aquí son llamados.
viernes, 12 de marzo de 2010
8. Última parada en Ecuador: Cuenca
Me levanté tempranísimo para meterme en un autobús con dirección a Riobamba y, desde allí, a Cuenca. Creo que no me salió bien la combinación y que podía haber cogido una ruta más cómoda y algo más corta, pero allí estoy, medio dormido y entregado a una carretera que atraviesa los andes ecuatorianos. A ratos me parece la carretera espectacular, saliendo y entrando a intervalos de nubes que lamían las montañas. Me parece que el paisaje a la vez está muy afeado con casuchas continuas alrededor de la Panamericana y me fastidia un poco tanta desolación. Además, la deforestación parece importante, siendo sustituidos con frecuencia los bosques originales por eucaliptales ajenos a esa tierra, más rentables por su rápido crecimiento. El autobús segundo, el más largo, va parando continuamente y recogiendo a gente, hasta llenar por completo el pasillo central. Unas señoras de la parte de atrás empiezan a gritar al conductor que deje de recoger a gente, que han pagado para viajar cómodas y que van a llamar a la policía con su celular. Sin embargo, nadie se queja de la forma de conducir del conductor, que a mí me parece de auténtico kamikaze. No suelo tener miedo cuando viajo en autobús, pero este señor, unido a los precipicios brutales que se ven a mi izquierda, me hace temer por mi vida.
Domingo por la tarde, Cuenca aparece desierta. Encuentro un hostal estupendo, ubicado en una casa tradicional centenaria pero con unos muebles viejos y a la vez modernos elegidos con un gusto exquisito. En mi cuarto, destaca un sofá rojo brillante. Es un placer alojarse allí.
Al siguiente día deshago algunos kilómetros para visitar Ingapirca, las ruinas Incas más importantes de Ecuador. Fueron bastante interesantes, pero no se si mereció la pena tantas horas, de nuevo, de autobús. Pienso por el camino de vuelta que, si quiero recorrer América por carretera, será mejor que me tome los desplazamientos en autobús con más filosofía y los asuma como otra parte positiva del viaje.
El día siguiente fue el estándar de visita a una ciudad. Vamos (las argentinas se encuentran también en Cuenca) a museos, paseamos por un río, visitamos ruinas, almorzamos, visitamos iglesias y catedrales... auténtico día completo de turismo a la europea.
Cuenca tiene un casco histórico más pequeño y menos puro que Quito, con calles en damero y coches por todos lados. Posee un aire elegante y distinguido que la hace quizás superior a Quito en belleza, pero no puede competir en conjunto con la grandeza de la capital. Aunque no conozco la Cuenca española, me da la impresión que guarda una curiosa semejanza con ésta.
El siguiente día fue más práctico: lavar la ropa, cambiar moneda, sacar dinero, imprimir guía turística de Perú, descargar fotos para liberar las cámaras, comprar cargador y antimosquitos... múltiples tareas prácticas que surgen cuando el viaje es largo. A la mañana siguiente, madrugo mucho de nuevo, pues me espera la que, según mi guía, es la frontera más peligrosa de toda América del Sur: la frontera entre Perú y Ecuador.
Domingo por la tarde, Cuenca aparece desierta. Encuentro un hostal estupendo, ubicado en una casa tradicional centenaria pero con unos muebles viejos y a la vez modernos elegidos con un gusto exquisito. En mi cuarto, destaca un sofá rojo brillante. Es un placer alojarse allí.
Al siguiente día deshago algunos kilómetros para visitar Ingapirca, las ruinas Incas más importantes de Ecuador. Fueron bastante interesantes, pero no se si mereció la pena tantas horas, de nuevo, de autobús. Pienso por el camino de vuelta que, si quiero recorrer América por carretera, será mejor que me tome los desplazamientos en autobús con más filosofía y los asuma como otra parte positiva del viaje.
El día siguiente fue el estándar de visita a una ciudad. Vamos (las argentinas se encuentran también en Cuenca) a museos, paseamos por un río, visitamos ruinas, almorzamos, visitamos iglesias y catedrales... auténtico día completo de turismo a la europea.
Cuenca tiene un casco histórico más pequeño y menos puro que Quito, con calles en damero y coches por todos lados. Posee un aire elegante y distinguido que la hace quizás superior a Quito en belleza, pero no puede competir en conjunto con la grandeza de la capital. Aunque no conozco la Cuenca española, me da la impresión que guarda una curiosa semejanza con ésta.
El siguiente día fue más práctico: lavar la ropa, cambiar moneda, sacar dinero, imprimir guía turística de Perú, descargar fotos para liberar las cámaras, comprar cargador y antimosquitos... múltiples tareas prácticas que surgen cuando el viaje es largo. A la mañana siguiente, madrugo mucho de nuevo, pues me espera la que, según mi guía, es la frontera más peligrosa de toda América del Sur: la frontera entre Perú y Ecuador.
domingo, 7 de marzo de 2010
7. Incursión a la selva amazónica
Como conté en la anterior entrada, una vez en Baños improvisé una incursión a la selva amazónica cercana al Puyo, a unas dos horas de donde me encontraba.
Cuando llego a la agencia por la mañana para partir a la selva, me informan que mis compañeros iniciales habían decidido hacer un tour más largo y que yo me uniría al grupo de otra agencia, que iban a hacer un tour igual al mío, con otras dos personas. Me dan botas de agua y un poncho para la lluvia y me recoge un coche tipo ranchera con el guía, un indígena llamado Rumy, y dos chicas argentinas algo mayores que yo y muy "macanudas", Diana y Flopy. La verdad es que desde el primer momento noto que hay muy buena "onda".
El primer día pasamos por una reserva de recuperación de monos en semilibertad y nos acomodamos en unas cabañas de madera en alto al lado de un río en un paraje espectacular. Lo de acomodarnos es un decir, pues las condiciones eran lo contrario a lo que entendemos en el mundo occidental por confort. A pesar de las incomodidades de las cabañas donde dormimos todo el grupo (una gallina poniendo huevos por las camas, ausencia de puerta, camas chicas y duras, vaivén cada vez que alguien se gira en su cama) duermo ambos días estupendamente y me siento muy a gusto allí.
Tras tomar el almuerzo hacemos un recorrido por la selva hasta llegar a una cascada de agua cristalina donde tomamos un baño. Me encantó la selva. Aunque no era primaria (totalmente virgen), es increible observar como compiten de una manera feroz las plantas y árboles por hacerse un hueco. El guía nos iba explicando algunos secretos de la fauna y la flora, así como la vida de los indígenas en la jungla (el vivió en la selva hasta que un cura le recogió de su comunidad aislada).
Tras cenar los pescados que cogimos del río, el matrimonio indígena dueño de las cabañas nos cuentan una seríe de leyendas de la selva irreproducibles y reimos bastante con ellos (las argentinas son realmente divertidas).
Al día siguiente damos un paseo por la selva más serio. Nos pinta la cara Rumy a Flopy y a mí con un fruto de un árbol y aplica un barro a Diana. Asimismo nos da todo tipo de remedios para los males que sufrimos (picaduras, resfriado). Fue una buena caminata, muy placentera hasta que empieza a llover de una manera desmesurada. Como cruzábamos ríos cada vez más crecidos, al principio intentamos que las botas que nos llegan hasta la rodilla no se llenen de agua, pero pronto nos resignamos y optamos por vaciarlas de agua de vez en cuando. La lluvia era infernal y, en un momento, tenemos que andar por un río con el agua por encima de la cintura cogidos de las manos, intentando evitar que las mochilas se empapen. Finalmente llegamos a una cascada escondida a la que hay que acceder nadando. Impresionante.
A toro pasado, creo que la lluvia le dió un puntito de aventura a la caminata muy estimulante. A la vuelta cenamos en las cabañas los peces pescados y unos gusanos que recogimos que se encuentran dentro de algunas palmas podridas. Tienen el tamaño de un dedo gordo y son blancos y repugnantes, pero tienen un aporte de proteinas equivalente a 5 libras de carne, como nos repite el guía. Con un pequeño esfuerzo, probé uno a la plancha y me resultó un poco asqueroso, crugiente por fuera y blando por dentro.
En una canoa nos trasladamos a otra cabaña río abajo. El paseo, al bajar el río fuerte y crecido, daba un poco de cague, pero llegamos con éxito a la otra cabaña, donde nos acostamos previo una caminata nocturna para ver caimanes y tomar unas cervezas en una fiesta un poco surrealista que organizaban cuatro o cinco ecuatorianos jóvenes que andan por allí. Al día siguiente, tras lanzarnos con una liana, subir a un mirardor y aprender a usar una cervatana, volvemos exhaustos pero contentos a Baños. Allí, limpio y aseado por fin, ceno una parrilada argentina (¡la primera vez que como carne que no sea pollo en 3 semanas!) y madrugo para meterme en un autobús hacia Cuenca, la joya colonial de Ecuador.
Cuando llego a la agencia por la mañana para partir a la selva, me informan que mis compañeros iniciales habían decidido hacer un tour más largo y que yo me uniría al grupo de otra agencia, que iban a hacer un tour igual al mío, con otras dos personas. Me dan botas de agua y un poncho para la lluvia y me recoge un coche tipo ranchera con el guía, un indígena llamado Rumy, y dos chicas argentinas algo mayores que yo y muy "macanudas", Diana y Flopy. La verdad es que desde el primer momento noto que hay muy buena "onda".
El primer día pasamos por una reserva de recuperación de monos en semilibertad y nos acomodamos en unas cabañas de madera en alto al lado de un río en un paraje espectacular. Lo de acomodarnos es un decir, pues las condiciones eran lo contrario a lo que entendemos en el mundo occidental por confort. A pesar de las incomodidades de las cabañas donde dormimos todo el grupo (una gallina poniendo huevos por las camas, ausencia de puerta, camas chicas y duras, vaivén cada vez que alguien se gira en su cama) duermo ambos días estupendamente y me siento muy a gusto allí.
Tras tomar el almuerzo hacemos un recorrido por la selva hasta llegar a una cascada de agua cristalina donde tomamos un baño. Me encantó la selva. Aunque no era primaria (totalmente virgen), es increible observar como compiten de una manera feroz las plantas y árboles por hacerse un hueco. El guía nos iba explicando algunos secretos de la fauna y la flora, así como la vida de los indígenas en la jungla (el vivió en la selva hasta que un cura le recogió de su comunidad aislada).
Tras cenar los pescados que cogimos del río, el matrimonio indígena dueño de las cabañas nos cuentan una seríe de leyendas de la selva irreproducibles y reimos bastante con ellos (las argentinas son realmente divertidas).
Al día siguiente damos un paseo por la selva más serio. Nos pinta la cara Rumy a Flopy y a mí con un fruto de un árbol y aplica un barro a Diana. Asimismo nos da todo tipo de remedios para los males que sufrimos (picaduras, resfriado). Fue una buena caminata, muy placentera hasta que empieza a llover de una manera desmesurada. Como cruzábamos ríos cada vez más crecidos, al principio intentamos que las botas que nos llegan hasta la rodilla no se llenen de agua, pero pronto nos resignamos y optamos por vaciarlas de agua de vez en cuando. La lluvia era infernal y, en un momento, tenemos que andar por un río con el agua por encima de la cintura cogidos de las manos, intentando evitar que las mochilas se empapen. Finalmente llegamos a una cascada escondida a la que hay que acceder nadando. Impresionante.
A toro pasado, creo que la lluvia le dió un puntito de aventura a la caminata muy estimulante. A la vuelta cenamos en las cabañas los peces pescados y unos gusanos que recogimos que se encuentran dentro de algunas palmas podridas. Tienen el tamaño de un dedo gordo y son blancos y repugnantes, pero tienen un aporte de proteinas equivalente a 5 libras de carne, como nos repite el guía. Con un pequeño esfuerzo, probé uno a la plancha y me resultó un poco asqueroso, crugiente por fuera y blando por dentro.
En una canoa nos trasladamos a otra cabaña río abajo. El paseo, al bajar el río fuerte y crecido, daba un poco de cague, pero llegamos con éxito a la otra cabaña, donde nos acostamos previo una caminata nocturna para ver caimanes y tomar unas cervezas en una fiesta un poco surrealista que organizaban cuatro o cinco ecuatorianos jóvenes que andan por allí. Al día siguiente, tras lanzarnos con una liana, subir a un mirardor y aprender a usar una cervatana, volvemos exhaustos pero contentos a Baños. Allí, limpio y aseado por fin, ceno una parrilada argentina (¡la primera vez que como carne que no sea pollo en 3 semanas!) y madrugo para meterme en un autobús hacia Cuenca, la joya colonial de Ecuador.
miércoles, 3 de marzo de 2010
6. Empiezo a rodar. Quito y Baños
Esta vez el avión sí aterrizó en Quito, tras una parada de escala en Guayaquil. Ambos vuelos fueron muy amenos porque acabé charlando animadamente con otros dos ecuatorianos por trayecto, diría que discutiendo acaloradamente en el caso del segundo vuelo. El tema era el desarrollo turístico de Galápagos: desde mi punto de vista, aquello admite poco crecimiento más. Creo que la única vía es que se haga aún más exclusivo y no incrementar el número de turistas. Quien quiera ver aquella maravilla debe pagar mucho y recibir un servicio acorde. No hay otra, pero no sé si lleva buen camino.
Las Galápagos distan de ser el paraiso que imaginé. Es un territorio hostil para el hombre, que no logró establecerse allí de forma seria hasta que cerraron el último penal, declararon las islas Parque Natural y empezaron a recibir turismo. En las zonas con vegetación no se puede pasar y en las islas áridas no hay nada. Hace demasiado calor para disfrutar de las playas, sigo pensando que Cádiz y Cabo de Gata ganan a la mayoría de las que he visto, al menos en posibilidad de disfrute. Sin embargo, el micromundo de vida que ves allí cambia tu visión de la naturaleza. La teoría de la evolución de Darwin está clara: por ejemplo, las tortugas son tan grandes porque una vez llegadas del continente no encontraron competidores terrestres vegetarianos y alcanzaron esas oproporciones tan inmensas. Lo ves con tus propios ojos, está todo tan claro que no vuelves a considerar la naturaleza del mismo modo después de visitar las islas.
Quito tiene un centro colonial impresionante. Es grande, tiene una vida extraordinaria y está perfectamente conservado. Todas las casas son amplias y decoradas, de una solo planta o dos y muy buena fábrica. Me encantó.
Estuve dos días completos (3 noches) allí. La primera mañana notaba que me cansaba demasiado, andaba como si me faltara el aliento: mal de altura. Quito está a 2.850 metros sobre el nivel del mar y, si llegas en avión, se puede notar. Decidí tomármelo todo despacio y renunciar a subir a un monte con vistas (El Panecillo) y al telesférico. Éste último me hacía mucha ilusión porque llega a una altura de 4.000 metros, pero podía sentarme mal.
Estuve sobre todo vagando por el centro. Fuii al teatro a ver un musical, visité iglesias y museos, hice compras para el viaje que me podía ser dificil encontrar en otro sitio (libro, cargador de ipod, tapones para los oídos)... Uno de los puntos fuertes del día fue comprar frutas raras en el mercado y comérmelas allí mismo (peladas por mí y lavándome las manos, debo tener un cuidado extremo con el tema de la higiene y los alimentos). Llevaba muchos días rechazando zumos naturales con una pinta excelente y tenía necesidad de fruta. A pesar de que las fruteras se esmeraron en explicarme, no se decir el nombre de la mayoría de frutas que probé. Unas me gustaron más, otras menos y otras nada pero todas me sorprendieron.
Tuve también la oportunidad de volver a encontrarme a Catalina, que es de Quito. Tras tantos días en pueblos pequeños, se agradece el aire de la capital.
Ayer cogí el autobús para venir a un pueblo que se llama Baños. Andaba ya con ganas de hacer kilómetros en mi ruta Norte-Sur. En autobús atravesamos la llamada "avenida de los volcanes". Sin embargo, más que la belleza del paisaje, me sobrecoge la pobreza, tanto de las afueras de Quito como de los pueblos que atravesamos. El autobús paró unas 20 veces y casi en marcha se subía un montón de gente ofreciendo todo tipo de comida, hasta pinchos morunos calientes. En el vídeo, de pantalla de plasma enorme, pasaban "Gladiator", película que me apetecía ver, pero me resulta imposible abstraerme ante lo que veo por la ventanilla. Me iré acostumbrando, pronto será rutina, porque me quedan cientos de kilómetros por delante.
Baños es una ciudad pequeñita rodeada de unas montañas enormes. Una de ellas es un volcán totalmente activo, el Tungurahua, cuya explosión en 1999 cubrío de cenizas la ciudad (la lava se encarga de pararla una montaña). En 2006, volvieron a evacuar la ciudad, pero esta vez no llegó nada a Baños. Aunque activo, ahora está estable, de modo que hay poco riesgo de acabar como en Pompeya.
La ciudad en sí es alegre, aunque las casas no son nada bonitas. Ofrecen multitud de actividades de deportes de riesgo y casi me embarco hoy en un rafting. Pienso que voy solo y que debo minimizar el riesgo, así que me decido por una excursión en bici por la ruta de las cascadas. Hay un montón de cosas a lo largo de la ruta de 23 kilómetros, que además es toda cuesta abajo. Hay varias cestas con cables para pasar a un lado y al otro de los barrancos y varios puentes colgantes.
Ayer me acerqué por la noche a una loma donde se ve la ciudad de baños y el volcán. Subimos en un carrito lleno de lucecitas con Sabrina a todo volumen ("boys, boys, boys" de fondo) y arriba nos dan una bebida caliente alrededor de una hoguera. Me siento turista en el peor sentido de la palabra, tanto, que me llega a dar vergüenza.
El pueblo cuenta además con unos baños de aguas termales que brotan del volcán a 57 grados. Anoche estuve en uno de ellos y, aunque tienen mucha gente, es muy agradable, sobre todo porque son al aire libre.
Mañana pensaba ir a Cuenca pero me han dicho que no puedo perderme el oriente ecuatoriano (la selva amazónica) que está muy cerca de aquí. Así que mañana me voy en una excursión organizada de 3 días en un grupo con 2 chilenos y 2 holandeses. Tenía pensado conocer la selva en Perú, pero creo que puede ser una buena oportunidad hacerlo ahora al tenerla tan accesible. Quién sabe qué pasará en Perú.
A la vuelta de la selva os cuento que tal.
Las Galápagos distan de ser el paraiso que imaginé. Es un territorio hostil para el hombre, que no logró establecerse allí de forma seria hasta que cerraron el último penal, declararon las islas Parque Natural y empezaron a recibir turismo. En las zonas con vegetación no se puede pasar y en las islas áridas no hay nada. Hace demasiado calor para disfrutar de las playas, sigo pensando que Cádiz y Cabo de Gata ganan a la mayoría de las que he visto, al menos en posibilidad de disfrute. Sin embargo, el micromundo de vida que ves allí cambia tu visión de la naturaleza. La teoría de la evolución de Darwin está clara: por ejemplo, las tortugas son tan grandes porque una vez llegadas del continente no encontraron competidores terrestres vegetarianos y alcanzaron esas oproporciones tan inmensas. Lo ves con tus propios ojos, está todo tan claro que no vuelves a considerar la naturaleza del mismo modo después de visitar las islas.
Quito tiene un centro colonial impresionante. Es grande, tiene una vida extraordinaria y está perfectamente conservado. Todas las casas son amplias y decoradas, de una solo planta o dos y muy buena fábrica. Me encantó.
Estuve dos días completos (3 noches) allí. La primera mañana notaba que me cansaba demasiado, andaba como si me faltara el aliento: mal de altura. Quito está a 2.850 metros sobre el nivel del mar y, si llegas en avión, se puede notar. Decidí tomármelo todo despacio y renunciar a subir a un monte con vistas (El Panecillo) y al telesférico. Éste último me hacía mucha ilusión porque llega a una altura de 4.000 metros, pero podía sentarme mal.
Estuve sobre todo vagando por el centro. Fuii al teatro a ver un musical, visité iglesias y museos, hice compras para el viaje que me podía ser dificil encontrar en otro sitio (libro, cargador de ipod, tapones para los oídos)... Uno de los puntos fuertes del día fue comprar frutas raras en el mercado y comérmelas allí mismo (peladas por mí y lavándome las manos, debo tener un cuidado extremo con el tema de la higiene y los alimentos). Llevaba muchos días rechazando zumos naturales con una pinta excelente y tenía necesidad de fruta. A pesar de que las fruteras se esmeraron en explicarme, no se decir el nombre de la mayoría de frutas que probé. Unas me gustaron más, otras menos y otras nada pero todas me sorprendieron.
Tuve también la oportunidad de volver a encontrarme a Catalina, que es de Quito. Tras tantos días en pueblos pequeños, se agradece el aire de la capital.
Ayer cogí el autobús para venir a un pueblo que se llama Baños. Andaba ya con ganas de hacer kilómetros en mi ruta Norte-Sur. En autobús atravesamos la llamada "avenida de los volcanes". Sin embargo, más que la belleza del paisaje, me sobrecoge la pobreza, tanto de las afueras de Quito como de los pueblos que atravesamos. El autobús paró unas 20 veces y casi en marcha se subía un montón de gente ofreciendo todo tipo de comida, hasta pinchos morunos calientes. En el vídeo, de pantalla de plasma enorme, pasaban "Gladiator", película que me apetecía ver, pero me resulta imposible abstraerme ante lo que veo por la ventanilla. Me iré acostumbrando, pronto será rutina, porque me quedan cientos de kilómetros por delante.
Baños es una ciudad pequeñita rodeada de unas montañas enormes. Una de ellas es un volcán totalmente activo, el Tungurahua, cuya explosión en 1999 cubrío de cenizas la ciudad (la lava se encarga de pararla una montaña). En 2006, volvieron a evacuar la ciudad, pero esta vez no llegó nada a Baños. Aunque activo, ahora está estable, de modo que hay poco riesgo de acabar como en Pompeya.
La ciudad en sí es alegre, aunque las casas no son nada bonitas. Ofrecen multitud de actividades de deportes de riesgo y casi me embarco hoy en un rafting. Pienso que voy solo y que debo minimizar el riesgo, así que me decido por una excursión en bici por la ruta de las cascadas. Hay un montón de cosas a lo largo de la ruta de 23 kilómetros, que además es toda cuesta abajo. Hay varias cestas con cables para pasar a un lado y al otro de los barrancos y varios puentes colgantes.
Ayer me acerqué por la noche a una loma donde se ve la ciudad de baños y el volcán. Subimos en un carrito lleno de lucecitas con Sabrina a todo volumen ("boys, boys, boys" de fondo) y arriba nos dan una bebida caliente alrededor de una hoguera. Me siento turista en el peor sentido de la palabra, tanto, que me llega a dar vergüenza.
El pueblo cuenta además con unos baños de aguas termales que brotan del volcán a 57 grados. Anoche estuve en uno de ellos y, aunque tienen mucha gente, es muy agradable, sobre todo porque son al aire libre.
Mañana pensaba ir a Cuenca pero me han dicho que no puedo perderme el oriente ecuatoriano (la selva amazónica) que está muy cerca de aquí. Así que mañana me voy en una excursión organizada de 3 días en un grupo con 2 chilenos y 2 holandeses. Tenía pensado conocer la selva en Perú, pero creo que puede ser una buena oportunidad hacerlo ahora al tenerla tan accesible. Quién sabe qué pasará en Perú.
A la vuelta de la selva os cuento que tal.
viernes, 26 de febrero de 2010
5. San Cristobal
Tras tres horas dando botes entre Isabela y Santa Cruz y otras tres entre Santa Cruz y San Cristobal me dirijo al hotel Miconia, el mejor hotel de Puerto Baquerizo Moreno. Es un hotel gracioso, tipo cabañas apiladas frente al puerto, pero tampoco es nada del otro mundo. Estaba dispuesto a pagar lo que hiciera falta con tal de evitar más aventuras indeseadas.
No quiero hacerme pesado con Galápagos así que no hablaré mucho de San Cristobal y sus animales. Sólo decir que hay lobos marinos por todos lados, incluso en plena ciudad. Con frecuencia se saltan la playa donde habitan (de noche creo que puede haber más de 200) y se plantan en los bancos y en mitad de la acera del precioso malecón y hay que ir esquibándolos. Por la noche forman un griterío terrible y alucinante. El olor a animal, a veces, se intensifica y mucha gente se empeña, pese a las prohibiciones, en tocarlos y hacerle fotos con flash. Me pregunto cuanto tiempo durará la convivencia entre hombres y focas en esta ciudad.
El jueves por la noche me acerco al "Iguana Rock", el garito de moda en la isla. Es un sitio bastante rústico, pero muy auténtico. Un ejército de americanas se empeña en aprender a bailar salsa. Allí me alio con el campeón de billar de las islas, un tartamudo indio muy simpático que se hace llamar "Billarbond". El tío es tan bueno al billar que, pese a jugar conmigo, que no tengo ni idea, hizo que ganáramos varias partidas y unas cervezas. Pasé un rato muy divertido y quedé en volverme a pasar al día siguiente.
Los días transcurren con calma pero San Cristobal me guardaba una sorpresa. El sábado por la mañana dejo el hotel para irme al aeropuerto a las 1 de la tarde y abandonar galápagos. Me levanto tarde, hago la maleta tranquilamente y me acerco a un café internet con la intención de escribir, entre otras cosas, este blog. En el periódico El País me entero del terremoto de Chile. De ahí, veo que Hawai está en alerta ante la llegada de un posible tsunami y caigo en la cuenta de que Galápagos está a medio camino. Imaginaos el miedo que me entra al ver en internet que las Galápagos habían sido desalojadas por riesgo de tsunami. Miro de reojo el mar y parece tranquilo. También a toda la gente, que mira internet como si nada. ¿Qué pasaba allí? Efectivamente, a las 5 de la mañana todas las personas habían sido trasladadas al Progreso, en la parte alta de la isla, donde se refugiaron en la escuela y la iglesia. Todas menos yo, que dormía placidamente en la habitación de mi hotel en primera línea de playa. A las 10, poco después de yo depertarme, fué llegando la gente poco a poco de la parte alta una vez que el tsunami pasó en forma de una pequeña subida de marea. Debió de ser un horror la escapada, según me han relatado, con la gente muy nerviosa. Yo dormía. Una anécdota para contar el resto de mi vida.
Llamo a un taxi y me dirijo al aeropuerto, que estaba lleno de gente deseando salir de allí.
El continente me espera. Allí empezaré la verdadera travesía por América del Sur.
No quiero hacerme pesado con Galápagos así que no hablaré mucho de San Cristobal y sus animales. Sólo decir que hay lobos marinos por todos lados, incluso en plena ciudad. Con frecuencia se saltan la playa donde habitan (de noche creo que puede haber más de 200) y se plantan en los bancos y en mitad de la acera del precioso malecón y hay que ir esquibándolos. Por la noche forman un griterío terrible y alucinante. El olor a animal, a veces, se intensifica y mucha gente se empeña, pese a las prohibiciones, en tocarlos y hacerle fotos con flash. Me pregunto cuanto tiempo durará la convivencia entre hombres y focas en esta ciudad.
El jueves por la noche me acerco al "Iguana Rock", el garito de moda en la isla. Es un sitio bastante rústico, pero muy auténtico. Un ejército de americanas se empeña en aprender a bailar salsa. Allí me alio con el campeón de billar de las islas, un tartamudo indio muy simpático que se hace llamar "Billarbond". El tío es tan bueno al billar que, pese a jugar conmigo, que no tengo ni idea, hizo que ganáramos varias partidas y unas cervezas. Pasé un rato muy divertido y quedé en volverme a pasar al día siguiente.
Los días transcurren con calma pero San Cristobal me guardaba una sorpresa. El sábado por la mañana dejo el hotel para irme al aeropuerto a las 1 de la tarde y abandonar galápagos. Me levanto tarde, hago la maleta tranquilamente y me acerco a un café internet con la intención de escribir, entre otras cosas, este blog. En el periódico El País me entero del terremoto de Chile. De ahí, veo que Hawai está en alerta ante la llegada de un posible tsunami y caigo en la cuenta de que Galápagos está a medio camino. Imaginaos el miedo que me entra al ver en internet que las Galápagos habían sido desalojadas por riesgo de tsunami. Miro de reojo el mar y parece tranquilo. También a toda la gente, que mira internet como si nada. ¿Qué pasaba allí? Efectivamente, a las 5 de la mañana todas las personas habían sido trasladadas al Progreso, en la parte alta de la isla, donde se refugiaron en la escuela y la iglesia. Todas menos yo, que dormía placidamente en la habitación de mi hotel en primera línea de playa. A las 10, poco después de yo depertarme, fué llegando la gente poco a poco de la parte alta una vez que el tsunami pasó en forma de una pequeña subida de marea. Debió de ser un horror la escapada, según me han relatado, con la gente muy nerviosa. Yo dormía. Una anécdota para contar el resto de mi vida.
Llamo a un taxi y me dirijo al aeropuerto, que estaba lleno de gente deseando salir de allí.
El continente me espera. Allí empezaré la verdadera travesía por América del Sur.
martes, 23 de febrero de 2010
4. Isabela
Isabela es la isla más grande y la más occidental (por ubicación) de las Galápagos. El pueblo es pequeño, de poco más de 1000 habitantes y se acaba conociendo a todos los turistas que por allí andan. Las calles no están asfaltadas y multitud de palmeras tropicales adornan tanto el pueblo como su preciosa playa de arena blanca. Una laguna con flamencos termina de completar el paisaje del pueblo, Puerto Villamil.
Tiene poca infraestructura turística. Aunque cuenta con multitud de restaurantes, solo se puede comer medio decentemente en uno de ellos. Mucho más pobre que Puerto Ayora, deja atisbar como será el Ecuador del continete.
Narrado parece el lugar ideal de vacaciones pero el sitio no se deja domar facilmente. Me parece todo extremadamente dejado de la mano de Dios y deseo que todo fuera un poco más civilizado. Recaigo en un hotel barato donde duermo bastante mal y, a la mañana siguiente, me mudo a otro mejor. Cojo una bici, voy cerca del puerto a hacer snorkel, entablo conversación con un guía peruano y con un alemán... La cosa marcha bien. Me voy por la tarde con "El Gato" a un tour por la bahía, donde veo unos tiburones a los que les saco unas fotos. Damos una vuelta por un sitio de anidación de iguanas y me sobrecoge la imagen de una fragata (un pájaro común de por aquí) robándole un huevo a una iguana marina. Me da la impresión de estar viendo un documental en directo. A la vuelta me entretengo haciendo unas fotos a una gente que jugaba en la playa y, antes de cenar, me tomo unas cervezas en un sitio de playa con música excepcionalente bueno para un pueblo de ese tamaño. Me reconcilio con la isla, y decido quedarme varios días. Aquello me gustaba.
Y al día siguiente amaneció lloviendo. Bah, un rato y se despeja, pensé. Continuó lloviendo sin parar todo el día, como en Macondo. Las calles, sin asfaltar, eran auténticas lagunas de modo que había que dar grandes vueltas por el pueblo para, simplemente, cruzar una calle. Un día bastante penoso, tanto, que decido comprar un billete de barco para salir de allí a las 6 de la mañana del siguiente día.
Me acuesto temprano (lo hago casi todos los días, madrugo mucho) y a las 3.30 me despierto y oigo como sigue lloviendo. Alargo la mano al suelo para ver la hora en el móvil y toco agua. Todo mi cuarto estaba con dos dedos de agua a pesar de ser un primer piso (ignoro por donde entró). Claro, no me puedo dormir, y hago el equipaje bien (sobre el water), chapoteando de un lado al otro. Por suerte, el aislamiento de la mochila de las cámaras de fotos evita que éstas se mojen y, como no tenía muchas cosas por el suelo, no hay demasiadas cosas mojadas.
A las 5.15 tenía el desayuno y cuando le digo a la señora que el cuarto estaba inundado, me suelta una leve risa, como diciendo "a mí qué". Pienso la cara que hubiera puesto mi madre. Allí deben estar bastante acostumbrados. Yo no.
La ida al embarcadero fue un show: el "taxi" que tenía pedido pasa de largo y llamo a otro que se pone a recoger a gente por el pueblo, hasta ser 7 en el coche. Llegamos a tiempo al embarcadero (por los pelos) para coger el barco rumbo a Puerto Ayora (Isla Santa Cruz) y luego, a las 2 de la tarde, a Puerto Baquerizo Moreno (San Cristobal). El viaje fue movidito. Aunque para mí fue como el de la ida, debió ser peor porque 6 de los 16 pasajeros vomitaron. La imagen es dantesca pero todo aquello me parece también divertido. La verdad que la lancha volaba, y al tocar de nuevo el suelo, daba un golpetazo tremendo. Por suerte los Mareoles (tranquilizantes de elefante que venden como pastillas anti mareo) que me tomé hicieron su efecto. Y llego sano y salvo a San Cristobal, deseando dejar a un lado las aventuras.
Tiene poca infraestructura turística. Aunque cuenta con multitud de restaurantes, solo se puede comer medio decentemente en uno de ellos. Mucho más pobre que Puerto Ayora, deja atisbar como será el Ecuador del continete.
Narrado parece el lugar ideal de vacaciones pero el sitio no se deja domar facilmente. Me parece todo extremadamente dejado de la mano de Dios y deseo que todo fuera un poco más civilizado. Recaigo en un hotel barato donde duermo bastante mal y, a la mañana siguiente, me mudo a otro mejor. Cojo una bici, voy cerca del puerto a hacer snorkel, entablo conversación con un guía peruano y con un alemán... La cosa marcha bien. Me voy por la tarde con "El Gato" a un tour por la bahía, donde veo unos tiburones a los que les saco unas fotos. Damos una vuelta por un sitio de anidación de iguanas y me sobrecoge la imagen de una fragata (un pájaro común de por aquí) robándole un huevo a una iguana marina. Me da la impresión de estar viendo un documental en directo. A la vuelta me entretengo haciendo unas fotos a una gente que jugaba en la playa y, antes de cenar, me tomo unas cervezas en un sitio de playa con música excepcionalente bueno para un pueblo de ese tamaño. Me reconcilio con la isla, y decido quedarme varios días. Aquello me gustaba.
Y al día siguiente amaneció lloviendo. Bah, un rato y se despeja, pensé. Continuó lloviendo sin parar todo el día, como en Macondo. Las calles, sin asfaltar, eran auténticas lagunas de modo que había que dar grandes vueltas por el pueblo para, simplemente, cruzar una calle. Un día bastante penoso, tanto, que decido comprar un billete de barco para salir de allí a las 6 de la mañana del siguiente día.
Me acuesto temprano (lo hago casi todos los días, madrugo mucho) y a las 3.30 me despierto y oigo como sigue lloviendo. Alargo la mano al suelo para ver la hora en el móvil y toco agua. Todo mi cuarto estaba con dos dedos de agua a pesar de ser un primer piso (ignoro por donde entró). Claro, no me puedo dormir, y hago el equipaje bien (sobre el water), chapoteando de un lado al otro. Por suerte, el aislamiento de la mochila de las cámaras de fotos evita que éstas se mojen y, como no tenía muchas cosas por el suelo, no hay demasiadas cosas mojadas.
A las 5.15 tenía el desayuno y cuando le digo a la señora que el cuarto estaba inundado, me suelta una leve risa, como diciendo "a mí qué". Pienso la cara que hubiera puesto mi madre. Allí deben estar bastante acostumbrados. Yo no.
La ida al embarcadero fue un show: el "taxi" que tenía pedido pasa de largo y llamo a otro que se pone a recoger a gente por el pueblo, hasta ser 7 en el coche. Llegamos a tiempo al embarcadero (por los pelos) para coger el barco rumbo a Puerto Ayora (Isla Santa Cruz) y luego, a las 2 de la tarde, a Puerto Baquerizo Moreno (San Cristobal). El viaje fue movidito. Aunque para mí fue como el de la ida, debió ser peor porque 6 de los 16 pasajeros vomitaron. La imagen es dantesca pero todo aquello me parece también divertido. La verdad que la lancha volaba, y al tocar de nuevo el suelo, daba un golpetazo tremendo. Por suerte los Mareoles (tranquilizantes de elefante que venden como pastillas anti mareo) que me tomé hicieron su efecto. Y llego sano y salvo a San Cristobal, deseando dejar a un lado las aventuras.
sábado, 20 de febrero de 2010
3. Primeras impresiones
Bueno, pues ya estoy aquí. Llegué ya hace unos días, pero no es fácil conectarse a Internet en Galápagos. Subiré fotos una vez en el continente.
La verdad que el comienzo del viaje ha sido toda una aventura. Después de once horas de viaje, cuando estábamos casi sobrevolando Quito, nos dice el capitán que no puede aterrizar por condiciones meteorólogicas y que se va a Guayaquil, a varios cientos de Kilómetroa de mi destino (Quito). Nos dejan tirados en el aeropuerto con un vale para cenar y nos piden que esperemos nuevas noticias. Tras todo el día en el aire, un poco tocado por el cansancio, decido que es mejor quedarme en Guayaquil, que está mas cerca de Galápagos y partir al día siguiente desde allí. Me daba pereza coger un nuevo avión que no sabía cuando iba a salir (probablemente al día siguiente). Llamo por teléfono a Fabián, que me esperaba en el aeropuerto de Quito, para decirle lo que había pasado e intento buscar un hotel en Guayaquil. Me decido por el Marriott, pero después me comentan que está muy alejado del centro, que, si partía al día siguiente para Galápagos, era mejor un hotel cercano al aeropuerto, uno que me señalaban con un dedo.
Guayaquil es considerada la ciudad más peligrosa de Ecuador y empiezo a desconfiar de todo el mundo. Juan, un ecuatoriano del que me hice amigo en el avión, me pide que le vigile el equipaje. Me entra mal rollo. El calor era insoportable (en Guayaquil siempre hace una humedad del 100%), quería salir corriendo de allí. Y me metí en un taxi (me aseguraron que los del aeropuerto eran totalmente de confianza) rumbo al hotel, que no tenía muy buena pinta desde lejos. Desde cerca fue mucho peor. Me ofrecieron tres habitaciones y escogí la más cara. No daré detalles, tampoco es que estuviera tan mal, pero creo que es la primera vez que me da asco dormir en un sitio. Claro, como me dormí a las 9 (a las 3 de la madrugada hora española) a las 4 estaba despierto sin saber muy bien que hacer. Miro por la ventana, había como una estación de autobuses. Pongo la tele, y las noticias cuentan los desastres en la provincia de Guayaquil por las recientes llevias torrenciales. Empiezo a pensar: ¿Qué hago yo aquí? ¿Realmente quería ir? ¿He pensado yo esto lo suficiente? Me visto rápido, tengo que conseguir un vuelo para Galápagos (el plato fuerte de mi viaje) y salir de allí.
Tuve suerte, tras hacer cola de más de una delante del checking nos dieron billetes de última hora, pues en principio todo estaba reservado.
Con alivio llego a Galápagos, con una sensación de entrar en una especie de Parque Jurásico. La llegada me recordó mucho al comienzo de la película. Era gracioso como todo el mundo en el bus camino del pueblo miraba por la ventanilla con mucha expectación ante la aproximación de un pájaro que resultó ser una gaviota. Los paisajes sí me llamaron mucho la antención. En apenas unos pocos Kilómetros se pasaba de un páramo solo habitado por cactus a una selva densa con una árboles muy extraños.
Ya en Puerto Ayora, tras dejar las cosas en un hotel donde había reservado para 3 días después, ceno con abundante cerveza y visito la estación Charles Darwin, donde tienen un criadero de tortugas gigantes. Entre ellas se encuentra el "Solitario George", la útlma tortuga gigante de una subespecie de la isla Pinzón, que probablemente se extinga cuando muera este ejemplar.
Al día siguiente me embarqué en una excursión a la isla Santa Fe. Es increible la vida del archipiélago, parece que no tiene fin. Nada más meterme en el agua en unas rocas antes de llegar, ví a un par de tiburones de más de 2 metros de largo. Pasé miedo, aunque te aseguren que no atacan. Los fondos marinos visibles tan solo con snorkel son espectaculares. Más adelante llegamos a una bahía con agua cristalina donde pude ver una manta y una tortuga gigante. Es impresionante como nadan, debajo del agua parecen elefantes. En una playa de arena blanca de esa bahía había una colonia de lobos marinos. Es precioso ver la naturaleza de una forma tan espectacular.
En el tour conocí a Catalina, una chica de Ecuador con la que pasé ese día y el siguiente. Estuvimos en una playa, bahía totuga, donde pudimos entretenernos un rato viendo a un pelícano cazar en el agua. Varias iguanas marinas, quietas como budas, se calntaban al sol. Los pinzones (pajarillos como gorriones) se acercaban muchísimo llegándose a posar en mi pierna y en mi mano.
Un día más tarde partí a Isabela, la más salvaje de las Galápagos, pero eso lo dejo para la siguiente entrada, que esto se está haciendo eterno.
La verdad que el comienzo del viaje ha sido toda una aventura. Después de once horas de viaje, cuando estábamos casi sobrevolando Quito, nos dice el capitán que no puede aterrizar por condiciones meteorólogicas y que se va a Guayaquil, a varios cientos de Kilómetroa de mi destino (Quito). Nos dejan tirados en el aeropuerto con un vale para cenar y nos piden que esperemos nuevas noticias. Tras todo el día en el aire, un poco tocado por el cansancio, decido que es mejor quedarme en Guayaquil, que está mas cerca de Galápagos y partir al día siguiente desde allí. Me daba pereza coger un nuevo avión que no sabía cuando iba a salir (probablemente al día siguiente). Llamo por teléfono a Fabián, que me esperaba en el aeropuerto de Quito, para decirle lo que había pasado e intento buscar un hotel en Guayaquil. Me decido por el Marriott, pero después me comentan que está muy alejado del centro, que, si partía al día siguiente para Galápagos, era mejor un hotel cercano al aeropuerto, uno que me señalaban con un dedo.
Guayaquil es considerada la ciudad más peligrosa de Ecuador y empiezo a desconfiar de todo el mundo. Juan, un ecuatoriano del que me hice amigo en el avión, me pide que le vigile el equipaje. Me entra mal rollo. El calor era insoportable (en Guayaquil siempre hace una humedad del 100%), quería salir corriendo de allí. Y me metí en un taxi (me aseguraron que los del aeropuerto eran totalmente de confianza) rumbo al hotel, que no tenía muy buena pinta desde lejos. Desde cerca fue mucho peor. Me ofrecieron tres habitaciones y escogí la más cara. No daré detalles, tampoco es que estuviera tan mal, pero creo que es la primera vez que me da asco dormir en un sitio. Claro, como me dormí a las 9 (a las 3 de la madrugada hora española) a las 4 estaba despierto sin saber muy bien que hacer. Miro por la ventana, había como una estación de autobuses. Pongo la tele, y las noticias cuentan los desastres en la provincia de Guayaquil por las recientes llevias torrenciales. Empiezo a pensar: ¿Qué hago yo aquí? ¿Realmente quería ir? ¿He pensado yo esto lo suficiente? Me visto rápido, tengo que conseguir un vuelo para Galápagos (el plato fuerte de mi viaje) y salir de allí.
Tuve suerte, tras hacer cola de más de una delante del checking nos dieron billetes de última hora, pues en principio todo estaba reservado.
Con alivio llego a Galápagos, con una sensación de entrar en una especie de Parque Jurásico. La llegada me recordó mucho al comienzo de la película. Era gracioso como todo el mundo en el bus camino del pueblo miraba por la ventanilla con mucha expectación ante la aproximación de un pájaro que resultó ser una gaviota. Los paisajes sí me llamaron mucho la antención. En apenas unos pocos Kilómetros se pasaba de un páramo solo habitado por cactus a una selva densa con una árboles muy extraños.
Ya en Puerto Ayora, tras dejar las cosas en un hotel donde había reservado para 3 días después, ceno con abundante cerveza y visito la estación Charles Darwin, donde tienen un criadero de tortugas gigantes. Entre ellas se encuentra el "Solitario George", la útlma tortuga gigante de una subespecie de la isla Pinzón, que probablemente se extinga cuando muera este ejemplar.
Al día siguiente me embarqué en una excursión a la isla Santa Fe. Es increible la vida del archipiélago, parece que no tiene fin. Nada más meterme en el agua en unas rocas antes de llegar, ví a un par de tiburones de más de 2 metros de largo. Pasé miedo, aunque te aseguren que no atacan. Los fondos marinos visibles tan solo con snorkel son espectaculares. Más adelante llegamos a una bahía con agua cristalina donde pude ver una manta y una tortuga gigante. Es impresionante como nadan, debajo del agua parecen elefantes. En una playa de arena blanca de esa bahía había una colonia de lobos marinos. Es precioso ver la naturaleza de una forma tan espectacular.
En el tour conocí a Catalina, una chica de Ecuador con la que pasé ese día y el siguiente. Estuvimos en una playa, bahía totuga, donde pudimos entretenernos un rato viendo a un pelícano cazar en el agua. Varias iguanas marinas, quietas como budas, se calntaban al sol. Los pinzones (pajarillos como gorriones) se acercaban muchísimo llegándose a posar en mi pierna y en mi mano.
Un día más tarde partí a Isabela, la más salvaje de las Galápagos, pero eso lo dejo para la siguiente entrada, que esto se está haciendo eterno.
domingo, 14 de febrero de 2010
2. En puertas
Pasado mañana vuelo a Quito con mi billete de ida. Tengo ganas, ando ya un poco impaciente, con la sensación de que se me olvidan cosas. Tengo serias dudas de que lo que pienso llevar quepa en mi mochila, pero, por otro lado, no veo por donde reducir: prismáticos chicos, equipo de Snorkel, un pantalón, pastillas potabilizadoras, saco, botiquín, abrigo, cámaras de fotos, cargadores mil... Por poco que sea me parece demasiado para una sola mochila. Veremos mañana como me las ingenio.
Anoche, con ocasión de cumplir los 31 años, celebré junto con mi amigo Luis nuestros cumpleaños con una fiesta en casa de mi hermana Inmaculada. Fue una buena oportunidad para despedirme, aunque sea solo por unos meses, de mucha gente a la que quiero. Fue algo sencillo, comida precocinada y bebidas, pero creo que todos lo pasamos muy bien. Mucha gente al contarle que estaba pensando escribir un blog me comentó que le mandará la dirección, que le interesaba. Si sigo escribiendo, cuando llegue a Ecuador lo haré.
Planes: avión el martes a las 9.30 Málaga-Madrid-Quito. En el aeropuerto me recoge Fabián, amigo de mis hermanas y tras tres días en la capital, vuelo a Galápagos donde permanerceré en principio 2 semanas. Me resulta increible lo que gente desconocida de los foros de internet me han ayudado con esta primera etapa de viaje: Quilfordia, Tonle, Pauly Latin y Macarenachile son los únicos a los que les he mandado la dirección de este blog. Ya, solo con esto, tengo motivos para seguir con la bitácora.
La próxima vez que escriba será, al fin, desde AMÉRICA.
Anoche, con ocasión de cumplir los 31 años, celebré junto con mi amigo Luis nuestros cumpleaños con una fiesta en casa de mi hermana Inmaculada. Fue una buena oportunidad para despedirme, aunque sea solo por unos meses, de mucha gente a la que quiero. Fue algo sencillo, comida precocinada y bebidas, pero creo que todos lo pasamos muy bien. Mucha gente al contarle que estaba pensando escribir un blog me comentó que le mandará la dirección, que le interesaba. Si sigo escribiendo, cuando llegue a Ecuador lo haré.
Planes: avión el martes a las 9.30 Málaga-Madrid-Quito. En el aeropuerto me recoge Fabián, amigo de mis hermanas y tras tres días en la capital, vuelo a Galápagos donde permanerceré en principio 2 semanas. Me resulta increible lo que gente desconocida de los foros de internet me han ayudado con esta primera etapa de viaje: Quilfordia, Tonle, Pauly Latin y Macarenachile son los únicos a los que les he mandado la dirección de este blog. Ya, solo con esto, tengo motivos para seguir con la bitácora.
La próxima vez que escriba será, al fin, desde AMÉRICA.
sábado, 23 de enero de 2010
1. Esto qué es
En algo más 3 semanas volaré hacia Ecuador para conocer América del Sur. Pocos planes por ahora: tengo un billete de ida para Quito el 16 febrero, algo de dinero y muchas ganas de viajar. De momento, está seguro en mi agenda Ecuador (incluyendo Galápagos), Perú y Bolivia. También me gustaría conocer Brasil y Argentina, pero va a depender del tiempo que permanezca de viaje y de lo despacio que me dé por viajar. En principio me gustaría estar 4 meses, pero probablemente tenga que acortarlo para hacer algunos trámites en España: espero que no. A lo mejor vuelvo cansado de viaje después de 2 semanas... lo que dure, estará bien.
Creo que ahora es mi oportunidad. Acabo de terminar cerca de dos años muy duros estudiando oposiciones (he aprobado! por si alguien aún no lo sabe) y no empiezo a trabajar hasta dentro de un año aprox. No me voy a ver en otra igual.
Espero recibir alguna visita (están casi cerradas la de Álvaro y mi hermana Inma, un poco más verde la de mi hermana Cristina) y encontrarme con algunos conocidos (en Arequipa? En Buenos Aires?), pero la mayor parte del viaje voy solo.
No se muy bien para quién escribo, lo cual me desconcierta un poco porque soy bastante reservado y escribir a todo el mundo me da un poco de reparo... espero que el pudor no me haga ser demasiado aséptico. Imagino que si sigo escribiendo y no me parece muy tonto lo que escribo mandaré la dirección del blog a familiares y a amigos que crea que les puede interesar algo mi viaje. La intención es irlo actualizando al menos semanalmente aunque, la verdad, no se como me encontraré y si tendré por ahí buenas condiciones para escribir... veremos que sale.
La sensación actual es extraña, cuando hablo del viaje me da la impresión de que hablo de otra persona. Además, con el subidón de las oposiciones no he organizado demasiado. Lo único que me ha hecho darme un poco más de cuenta de que me voy son los dos días de cama que he pasado por las vacunas. Espero que no tenga que volver a padecerlos, todavía me quedan unas cuantas que ponerme.
Ahora toca esperar, organizar y soñar un poco más
Creo que ahora es mi oportunidad. Acabo de terminar cerca de dos años muy duros estudiando oposiciones (he aprobado! por si alguien aún no lo sabe) y no empiezo a trabajar hasta dentro de un año aprox. No me voy a ver en otra igual.
Espero recibir alguna visita (están casi cerradas la de Álvaro y mi hermana Inma, un poco más verde la de mi hermana Cristina) y encontrarme con algunos conocidos (en Arequipa? En Buenos Aires?), pero la mayor parte del viaje voy solo.
No se muy bien para quién escribo, lo cual me desconcierta un poco porque soy bastante reservado y escribir a todo el mundo me da un poco de reparo... espero que el pudor no me haga ser demasiado aséptico. Imagino que si sigo escribiendo y no me parece muy tonto lo que escribo mandaré la dirección del blog a familiares y a amigos que crea que les puede interesar algo mi viaje. La intención es irlo actualizando al menos semanalmente aunque, la verdad, no se como me encontraré y si tendré por ahí buenas condiciones para escribir... veremos que sale.
La sensación actual es extraña, cuando hablo del viaje me da la impresión de que hablo de otra persona. Además, con el subidón de las oposiciones no he organizado demasiado. Lo único que me ha hecho darme un poco más de cuenta de que me voy son los dos días de cama que he pasado por las vacunas. Espero que no tenga que volver a padecerlos, todavía me quedan unas cuantas que ponerme.
Ahora toca esperar, organizar y soñar un poco más
Suscribirse a:
Entradas (Atom)