Isabela es la isla más grande y la más occidental (por ubicación) de las Galápagos. El pueblo es pequeño, de poco más de 1000 habitantes y se acaba conociendo a todos los turistas que por allí andan. Las calles no están asfaltadas y multitud de palmeras tropicales adornan tanto el pueblo como su preciosa playa de arena blanca. Una laguna con flamencos termina de completar el paisaje del pueblo, Puerto Villamil.
Tiene poca infraestructura turística. Aunque cuenta con multitud de restaurantes, solo se puede comer medio decentemente en uno de ellos. Mucho más pobre que Puerto Ayora, deja atisbar como será el Ecuador del continete.
Narrado parece el lugar ideal de vacaciones pero el sitio no se deja domar facilmente. Me parece todo extremadamente dejado de la mano de Dios y deseo que todo fuera un poco más civilizado. Recaigo en un hotel barato donde duermo bastante mal y, a la mañana siguiente, me mudo a otro mejor. Cojo una bici, voy cerca del puerto a hacer snorkel, entablo conversación con un guía peruano y con un alemán... La cosa marcha bien. Me voy por la tarde con "El Gato" a un tour por la bahía, donde veo unos tiburones a los que les saco unas fotos. Damos una vuelta por un sitio de anidación de iguanas y me sobrecoge la imagen de una fragata (un pájaro común de por aquí) robándole un huevo a una iguana marina. Me da la impresión de estar viendo un documental en directo. A la vuelta me entretengo haciendo unas fotos a una gente que jugaba en la playa y, antes de cenar, me tomo unas cervezas en un sitio de playa con música excepcionalente bueno para un pueblo de ese tamaño. Me reconcilio con la isla, y decido quedarme varios días. Aquello me gustaba.
Y al día siguiente amaneció lloviendo. Bah, un rato y se despeja, pensé. Continuó lloviendo sin parar todo el día, como en Macondo. Las calles, sin asfaltar, eran auténticas lagunas de modo que había que dar grandes vueltas por el pueblo para, simplemente, cruzar una calle. Un día bastante penoso, tanto, que decido comprar un billete de barco para salir de allí a las 6 de la mañana del siguiente día.
Me acuesto temprano (lo hago casi todos los días, madrugo mucho) y a las 3.30 me despierto y oigo como sigue lloviendo. Alargo la mano al suelo para ver la hora en el móvil y toco agua. Todo mi cuarto estaba con dos dedos de agua a pesar de ser un primer piso (ignoro por donde entró). Claro, no me puedo dormir, y hago el equipaje bien (sobre el water), chapoteando de un lado al otro. Por suerte, el aislamiento de la mochila de las cámaras de fotos evita que éstas se mojen y, como no tenía muchas cosas por el suelo, no hay demasiadas cosas mojadas.
A las 5.15 tenía el desayuno y cuando le digo a la señora que el cuarto estaba inundado, me suelta una leve risa, como diciendo "a mí qué". Pienso la cara que hubiera puesto mi madre. Allí deben estar bastante acostumbrados. Yo no.
La ida al embarcadero fue un show: el "taxi" que tenía pedido pasa de largo y llamo a otro que se pone a recoger a gente por el pueblo, hasta ser 7 en el coche. Llegamos a tiempo al embarcadero (por los pelos) para coger el barco rumbo a Puerto Ayora (Isla Santa Cruz) y luego, a las 2 de la tarde, a Puerto Baquerizo Moreno (San Cristobal). El viaje fue movidito. Aunque para mí fue como el de la ida, debió ser peor porque 6 de los 16 pasajeros vomitaron. La imagen es dantesca pero todo aquello me parece también divertido. La verdad que la lancha volaba, y al tocar de nuevo el suelo, daba un golpetazo tremendo. Por suerte los Mareoles (tranquilizantes de elefante que venden como pastillas anti mareo) que me tomé hicieron su efecto. Y llego sano y salvo a San Cristobal, deseando dejar a un lado las aventuras.
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