Me tenía que pasar, lo estaba presintiendo desde que llegué a este país. En el autobús entre Cochabamba y Sucre me tocó una gorda al lado. Una mujer mayor, con su vestimenta tradicional y todo, hace malabares para contenerse dentro de su asiento. Cuando veo que estaba sentada al lado del mío quiero desaparecer, pero no puedo. Tengo por delante una larga noche en compañía. Lo cierto es que ella se comporta y trata de no invadir demasiado mi espacio vital pero su inmensidad es tal que sus carnes rebosan por encima del apoyabrazos que convenientemente me encargué de establecer como barrera y se aprietan contra las mías. Buenas noches y pa lante.
Bolivia también tiene ciudades bonitas. Sucre es una de ellas, a medio camino entre París y Vélez-Málaga. No podía dejar de pensar en Vélez (la pàrte antigua, claro) aunque es una de esas similitudes que se establecen también entre personas: se intuye, aunque no podría decir en que partes concretas basaría el parecido. A pesar de su apariencia de pueblo medio andaluz, con sus casas bien encaladas, tiene unas ínfulas de gran ciudad que, curiosamente, no desentonan con lo pintoreco de sus calles. Sucre fue la capital del país hasta final del siglo XIX, cuando tras una revuelta se llevaron a La Paz el poder legislativo y ejecutivo. Aún conserva el poder judicial al negarse los jueces a irse a La Paz y sus habitantes se siguen considerando sin ninguna duda la capital del país.
El primer día en esta ciudad conozco a Victoria, una malagueña que llevaba 3 años viviendo en Perú y que está ahora colaborando en un pueblo perdido cercano a Sucre. Espero encontrarme otra vez en Málaga con ella. Resulta grato poder conversar con una paisana después de tanto tiempo sin hablar con ningún español. Salvo en Cuzco y algún que otro vasco o catalán perdido, apenas si he encontrado españoles en este viaje, aunque pensándolo bien, lo agradezco.
Otro autobús, aunque sin gorda al lado, con 15 horas de recorrido, me lleva a Santa Cruz por una carretera en gran parte sin asfaltar. A ratos el autobús parece no tocar el suelo de los saltos tan tremendos que pega. Pero el relato de Santa Cruz y sus alrededores lo dejo para la siguiente entrada.
lunes, 26 de abril de 2010
lunes, 19 de abril de 2010
15. De Perú (Arequipa) a Bolivia (Cochabamba)
A Arequipa llegué un lunes temprano después de un placentero viaje nocturno que pasé durmiendo (he adquirido la habilidad de dormir en transportes públicos). Tras un potente desayuno y una relajante ducha, me dedico a explorar la ciudad. Arequipa se me presenta como la primera ciudad equilibrada de Perú. Es, que no es poco aquí, una ciudad normal donde la gente trabaja, pasea, se divierte... Y este punto de normalidad se agradece después de ciudades tan extravagantes como la extremista Lima, la desquiciada Iquitos o el turístico Cuzco. Me da la impresión que a esta apariencia de equilibrio contribuye el hecho de que sea una ciudad muy rica, la más rica de Perú desde mi subjetiva perspectiva (no he consultado datos estadísticos).
Esta normailidad en su cotidianidad contrasta con lo extraordinario de su arquitectura. Construida en gran parte con una piedra blanca volcánica de una cantera cercana, posee una apariencia extrañamente blanquecina, medio lunar. Debe ser una piedra con cualidades muy buenas para ser tallada, ya que los relieves de algunas iglesias y casonas son espectaculares. Otro activo de la ciudad es el Misti, un imponente volcán de cerca de 6.000 metros que preside la ciudad.
La Plaza de Armas es el punto de encuentro, donde la gente acude en masa para divertirse. Aunque la de Arequipa es especialmente animada, la mayoría de las plazas de las ciudades de Sudamérica que he visitado son así, espacios siempre vivos donde la gente abarrota los bancos y conversa, sin más. Esta costumbre está ya perdida en España donde el ocio urbano parece que solo sea posible a través del consumo, ya sea bebiendo, comiendo o comprando. Intento organizar una excursión al cañón de Atahuasi, uno de los más profundos del mundo, pero finalmente la descarto para evitar problemas con la altura.
A la desagradable hora de las 1.30 de la madrugada cojo un autobús que, previo paso de la frontera en Desaguadero, a orillas del Lago Titicaca, me llevaría a La Paz (Bolivia), la capital más alta del mundo. El paso de la frontera fue un poco caótico, cruzando a pie un puente sobre un riachuelo que divide los dos países. Quienes hayan estado en estos anodinos pasos de frontera sabrán las cotas tan elevadas de fealdad que una ciudad de este tipo puede alcanzar.
La Paz, vista desde lo alto (desde "El Alto"), tiene una apariencia monstruosa y sobrecogedora, llena de edificios altos y chabolas que escalan las laderas del valle donde se encuentra ubicada. Apenas estuve una hora en la estación de autobuses, pero solo de pasada se puede sentir la fuerza y el agetreo intenso de la vida que bulle como en pocos sitios en esta urbe vedada para mí por la altura.
Ocho horas más tarde llego de noche a Cochabamba, después de atravesar un bonito y desolado paisaje atardeciendo. Lástima que la mayoría de los trayectos de autobús en este país los tenga que hacer de noche (hay muchos autobuses entre ciudades, pero extrañamente todos más o menos a la misma hora) y me pierda el disfrute de estos trayectos. El hotel que decidí ir el día anterior está lleno y me derivan a otro que tampoco tiene sitio (hay una conferencia mundial sobre cambio climático). Finalmente el taxista me lleva a un hostal muy austero pero céntrico, donde puedo pasar la noche. En este viaje me he dado cuenta que por primera vez en mi vida no me conformo con dormir en cualquier sitio y que valoro mucho la comodidad. Si no hay más remedio, como por ejemplo en la selva, uno puede dormir en cuchitriles pero si se puede elegir, aunque haya que pagar más, prefiero un sitio limpio, con buena cama y buenas sábanas, exterior y razonablemente bonito. No es que busque hoteles de 5 estrellas, casi siempre me he quedado en hostales, pero con unos requisitos mínimos. Este hostal de Cochabamba es el primero en más de dos meses de viaje con baño compartido. Se ve que me estoy haciendo viejo.
Cochabamba es una ciudad triste. El centro es bastante decrépito, se ve que las clases altas lo han abandonado para instalarse en el Norte de la ciudad, que tampoco vale mucho. Viniendo de la occidentalizada Arequipa me choca la pobreza de esta ciudad (no debo olvidar que estoy en el país más pobre de Sudamérica). No puedo olvidar los ojos de profundo desamparo de algunos niños pidiendo limosna de un lado para otro en la calle, cada uno a su manera: una cantando y bailando de forma mecánica, otro de no más de cuatro años canturreando y rasgando una guitarra de juguete, otro directamente llorando a moco tendido. Tremenda desolación.
Huyo a Sucre, pasando antes por una estación abarrotada llena de gente gritando los destinos de los autobuses. A las puertas, un mercadillo, por llamarlo de alguna manera, ofrece mil sitios para comer. Tengo hambre, quiero cenar antes de meterme en el autobús, pero nada de lo que veo y huelo me sirve. Una pizza de dudosa calidad en un restaurante de la misma estación terminaría con la búsqueda.
Esta normailidad en su cotidianidad contrasta con lo extraordinario de su arquitectura. Construida en gran parte con una piedra blanca volcánica de una cantera cercana, posee una apariencia extrañamente blanquecina, medio lunar. Debe ser una piedra con cualidades muy buenas para ser tallada, ya que los relieves de algunas iglesias y casonas son espectaculares. Otro activo de la ciudad es el Misti, un imponente volcán de cerca de 6.000 metros que preside la ciudad.
La Plaza de Armas es el punto de encuentro, donde la gente acude en masa para divertirse. Aunque la de Arequipa es especialmente animada, la mayoría de las plazas de las ciudades de Sudamérica que he visitado son así, espacios siempre vivos donde la gente abarrota los bancos y conversa, sin más. Esta costumbre está ya perdida en España donde el ocio urbano parece que solo sea posible a través del consumo, ya sea bebiendo, comiendo o comprando. Intento organizar una excursión al cañón de Atahuasi, uno de los más profundos del mundo, pero finalmente la descarto para evitar problemas con la altura.
A la desagradable hora de las 1.30 de la madrugada cojo un autobús que, previo paso de la frontera en Desaguadero, a orillas del Lago Titicaca, me llevaría a La Paz (Bolivia), la capital más alta del mundo. El paso de la frontera fue un poco caótico, cruzando a pie un puente sobre un riachuelo que divide los dos países. Quienes hayan estado en estos anodinos pasos de frontera sabrán las cotas tan elevadas de fealdad que una ciudad de este tipo puede alcanzar.
La Paz, vista desde lo alto (desde "El Alto"), tiene una apariencia monstruosa y sobrecogedora, llena de edificios altos y chabolas que escalan las laderas del valle donde se encuentra ubicada. Apenas estuve una hora en la estación de autobuses, pero solo de pasada se puede sentir la fuerza y el agetreo intenso de la vida que bulle como en pocos sitios en esta urbe vedada para mí por la altura.
Ocho horas más tarde llego de noche a Cochabamba, después de atravesar un bonito y desolado paisaje atardeciendo. Lástima que la mayoría de los trayectos de autobús en este país los tenga que hacer de noche (hay muchos autobuses entre ciudades, pero extrañamente todos más o menos a la misma hora) y me pierda el disfrute de estos trayectos. El hotel que decidí ir el día anterior está lleno y me derivan a otro que tampoco tiene sitio (hay una conferencia mundial sobre cambio climático). Finalmente el taxista me lleva a un hostal muy austero pero céntrico, donde puedo pasar la noche. En este viaje me he dado cuenta que por primera vez en mi vida no me conformo con dormir en cualquier sitio y que valoro mucho la comodidad. Si no hay más remedio, como por ejemplo en la selva, uno puede dormir en cuchitriles pero si se puede elegir, aunque haya que pagar más, prefiero un sitio limpio, con buena cama y buenas sábanas, exterior y razonablemente bonito. No es que busque hoteles de 5 estrellas, casi siempre me he quedado en hostales, pero con unos requisitos mínimos. Este hostal de Cochabamba es el primero en más de dos meses de viaje con baño compartido. Se ve que me estoy haciendo viejo.
Cochabamba es una ciudad triste. El centro es bastante decrépito, se ve que las clases altas lo han abandonado para instalarse en el Norte de la ciudad, que tampoco vale mucho. Viniendo de la occidentalizada Arequipa me choca la pobreza de esta ciudad (no debo olvidar que estoy en el país más pobre de Sudamérica). No puedo olvidar los ojos de profundo desamparo de algunos niños pidiendo limosna de un lado para otro en la calle, cada uno a su manera: una cantando y bailando de forma mecánica, otro de no más de cuatro años canturreando y rasgando una guitarra de juguete, otro directamente llorando a moco tendido. Tremenda desolación.
Huyo a Sucre, pasando antes por una estación abarrotada llena de gente gritando los destinos de los autobuses. A las puertas, un mercadillo, por llamarlo de alguna manera, ofrece mil sitios para comer. Tengo hambre, quiero cenar antes de meterme en el autobús, pero nada de lo que veo y huelo me sirve. Una pizza de dudosa calidad en un restaurante de la misma estación terminaría con la búsqueda.
martes, 13 de abril de 2010
14. El Cusco es liiiindo (y aaaalto)
El mal de altura es una reacción común por la falta de adaptación del organismo a la menor presión de oxígeno existente en cotas por encima de los 2.400 m. Suele afectar más a la gente joven que reside normalmente a nivel del mar y no tiene nada que ver con la forma física del sujeto. La solución, generalmente, es esperar dos o tres días a que el cuerpo se aclimate.
A la mañana siguiente de llegar notaba que me faltaba el aliento. No podía dar tres pasos seguidos sin acabar jadeando y el estómago lo tenía vuelto del revés. Por suerte, otros síntomas como dolor de cabeza, mareos y nauseas no se me manifestaron. Y, como me decía todo el mundo, esperé a que mi cuerpo se aclimatara, era solo cuestión de un poco de paciencia. Estuve en total ocho días e Cuzco y, aunque mejoré, estaba con mal cuerpo y sin ganas de hacer nada. Apenas pude visitar con tranquilidad todo lo que Cuzco puede ofrecer y pasé demasiado tiempo descansando solo en la habitación del hotel. No pude seguir el ritmo de los italianos, que también se encontraban allí, y con los que estuve un par de noches. Viendo que el problema no desaperecía me sentí un poco atrapado. Al Este, la selva. Al Oeste, el Pacífico. El Norte ya lo conocía y el Sur estaba ocupado por Bolivia, con alturas por encima de Cuzco. Decidí sortear las alturas por Chile, pero después leí que los expertos pronosticaban una réplica fuerte del terremoto reciente, por lo que deseché esta idea. Además en algún momento debía cruzar hacia Argentina a través de los Andes y todos los puertos tenían más de 4.000 metros. Más tarde decidí cruzar los Andes volando a Santa Cruz, ciudad del Oriente boliviano y conectar con Argentina por carreteras de menor altura. Antes visitaría la ciudad de Arequipa. Allí finalmente he decidido ir a Santa Cruz pero en autobús pasando por Cochabamba, ciudades mucho más bajas que Cuzco. He comprobado y un médico me ha confirmado que el mal de altura da al permanecer en grandes alturas, que no al atraversarlas. Feliz por hallar la solución a la ratonera en que de forma imprevista me vi inmerso, continuo mi ruta suramericana, aunque me perderé algunos destinos que me apetecían mucho, como el Lago Titicaca o el Salar de Uyuni. Pero es tontería estar en sitios en los que uno se siente mal.
La ciudad de Cuzco es impresionante. Sin duda es la más bonita del Perú y la que rezuma más historia. Muchos edificios conservan los colosales muros incas, formando un conjunto muy inspirador. El problema es que la ciudad está tomada por el turismo. Es fácil comprender que una ciudad de esta belleza con un atrracivo como Machu Pichu a pocos Kilómetros sea pasto de manadas de gringos con cámara en mano. En otras ciudades estas masas se diluyen con la población local pero en Cuzco han (hemos) tomado posesión del centro, sobre todo de la Plaza de Armas, del barrio de San Blas y de las calles de alrededor. Aunque no ha perdido ni pizca de su belleza arquitectónica, la vida del centro no es la de la gente que lo habita sino la de la gente que lo visita. No hay más que fijarse en los comercios y restaurantes de esta zona. Absolutamente ninguno está dirigido a los habitantes de Cuzco. Esto me ha fastidiado un poco, sobretodo cuando incansablemente gente trataba de ganarse la vida intentando que entrase a su restaurante o le comprara una baratija. Uno entiende que es el único medio que mucha pobre gente tiene para sobrevivir, pero ocho días diciendo no gracias cada 5 minutos cansa. Creo que en este hartazgo también influyó mi estado por la altura.
Un aliviante paréntesis fueron el par de días que pasé en Machu Pichu, que curiosamente está ubicado a bastante menos altura que Cuzco. Iba con las expectativas truncadas, como cuando una película te dice todo el mundo que es muy buena y presientes que te va a decepcionar. En absoluto. A primera hora un guía nos enseñó la ciudad perdida de los incas entre tinieblas pero lo mejor fue subir al Wayna Pichu mientras las nubes dejaban ver poco a poco un paisaje de imresión. Estuve desde las 6 de la mañana hasta las 2 de la tarde bicheando de un lado para otro, y me supo a poco. Un espectáculo. Imposible que defraude.
Como dije, Arequipa es mi última parada peruana en una ruta condicionada por un enemigo imprevisto: la altura.
A la mañana siguiente de llegar notaba que me faltaba el aliento. No podía dar tres pasos seguidos sin acabar jadeando y el estómago lo tenía vuelto del revés. Por suerte, otros síntomas como dolor de cabeza, mareos y nauseas no se me manifestaron. Y, como me decía todo el mundo, esperé a que mi cuerpo se aclimatara, era solo cuestión de un poco de paciencia. Estuve en total ocho días e Cuzco y, aunque mejoré, estaba con mal cuerpo y sin ganas de hacer nada. Apenas pude visitar con tranquilidad todo lo que Cuzco puede ofrecer y pasé demasiado tiempo descansando solo en la habitación del hotel. No pude seguir el ritmo de los italianos, que también se encontraban allí, y con los que estuve un par de noches. Viendo que el problema no desaperecía me sentí un poco atrapado. Al Este, la selva. Al Oeste, el Pacífico. El Norte ya lo conocía y el Sur estaba ocupado por Bolivia, con alturas por encima de Cuzco. Decidí sortear las alturas por Chile, pero después leí que los expertos pronosticaban una réplica fuerte del terremoto reciente, por lo que deseché esta idea. Además en algún momento debía cruzar hacia Argentina a través de los Andes y todos los puertos tenían más de 4.000 metros. Más tarde decidí cruzar los Andes volando a Santa Cruz, ciudad del Oriente boliviano y conectar con Argentina por carreteras de menor altura. Antes visitaría la ciudad de Arequipa. Allí finalmente he decidido ir a Santa Cruz pero en autobús pasando por Cochabamba, ciudades mucho más bajas que Cuzco. He comprobado y un médico me ha confirmado que el mal de altura da al permanecer en grandes alturas, que no al atraversarlas. Feliz por hallar la solución a la ratonera en que de forma imprevista me vi inmerso, continuo mi ruta suramericana, aunque me perderé algunos destinos que me apetecían mucho, como el Lago Titicaca o el Salar de Uyuni. Pero es tontería estar en sitios en los que uno se siente mal.
La ciudad de Cuzco es impresionante. Sin duda es la más bonita del Perú y la que rezuma más historia. Muchos edificios conservan los colosales muros incas, formando un conjunto muy inspirador. El problema es que la ciudad está tomada por el turismo. Es fácil comprender que una ciudad de esta belleza con un atrracivo como Machu Pichu a pocos Kilómetros sea pasto de manadas de gringos con cámara en mano. En otras ciudades estas masas se diluyen con la población local pero en Cuzco han (hemos) tomado posesión del centro, sobre todo de la Plaza de Armas, del barrio de San Blas y de las calles de alrededor. Aunque no ha perdido ni pizca de su belleza arquitectónica, la vida del centro no es la de la gente que lo habita sino la de la gente que lo visita. No hay más que fijarse en los comercios y restaurantes de esta zona. Absolutamente ninguno está dirigido a los habitantes de Cuzco. Esto me ha fastidiado un poco, sobretodo cuando incansablemente gente trataba de ganarse la vida intentando que entrase a su restaurante o le comprara una baratija. Uno entiende que es el único medio que mucha pobre gente tiene para sobrevivir, pero ocho días diciendo no gracias cada 5 minutos cansa. Creo que en este hartazgo también influyó mi estado por la altura.
Un aliviante paréntesis fueron el par de días que pasé en Machu Pichu, que curiosamente está ubicado a bastante menos altura que Cuzco. Iba con las expectativas truncadas, como cuando una película te dice todo el mundo que es muy buena y presientes que te va a decepcionar. En absoluto. A primera hora un guía nos enseñó la ciudad perdida de los incas entre tinieblas pero lo mejor fue subir al Wayna Pichu mientras las nubes dejaban ver poco a poco un paisaje de imresión. Estuve desde las 6 de la mañana hasta las 2 de la tarde bicheando de un lado para otro, y me supo a poco. Un espectáculo. Imposible que defraude.
Como dije, Arequipa es mi última parada peruana en una ruta condicionada por un enemigo imprevisto: la altura.
martes, 6 de abril de 2010
13. Andes a través. Ayacucho y Andahuaylas
Llevaba varios días dándole vueltas a mi ruta por la parte sur del Perú. La opción primaria era bajar desde Lima por la costa, donde la panamericana me llevaría "comodamente" a Cuzco tras una parada en Arequipa (desgraciadamente sin mi amiga Glenda, que está en Austria). La otra opción es subir a través de los Andes como me sugirieron los italianos en un camino más corto en línea recta pero más duro y largo en carreteras de mala muerte sin asfaltar. La recompensa sería la parada en la ciudad colonial de Ayacucho en plena Semana Santa.
El primer tramo duró once en vez de las nueve horas prometidas y el paisaje subiendo las montañas es descarnado en un primer momento y remoto y apoteósico después. Lástima que una señora gorda se subiera al autobús y nos atufara a todos. Aunque se sentó en la parte de atrás el pestazo que desprendía al pasar al lado es indescriptible. Solo se me ocurre describirlo asemejándolo con 5 establos concentrados, pero con otro aroma, extraño e igual de asqueroso. Al rato me acostumbro al hedor y tras pasar una zona de mucho calor (el aire acondicionado estaba roto y no se podían abrir las ventanas) disfruto del camino, tanto, que me da cierto fastidio llegar a Ayacucho en mitad de una canción de mi ipod que me tiene emocionado. Desde lo alto, Ayacucho iluminado parece una ensoñación. ¿Como puede existir toda una ciudad en un lugar tan remoto?
El primer día la altura de Ayacucho (unos 2.750) me afecta y no me deja disfrutar a gusto de la bella ciudad colonial y de la celebración pero al siguiente me voy recuperando. La Semana Santa es una señora fiesta. Los pasos son muy graciosos porque llevan detrás un generador eléctrico con un sonido terrible para dar energía a las luces blancas que iluminan la procesión. Dicen con orgullo que es muy parecida a la Semana Santa de Sevilla y en el fondo es igual. Solo hay que cambiar el papel de platina de los pasos por la plata sevillana (que paradójicamente puede que proceda de por aquí), pero el efecto global es el mismo. Ellos además decoran las calles con mantos de flores formando preciosas figuras. También visitan los templos engalanados (hay una barbaridad de ellos en Ayacucho) con verdadera devoción. Me resulta curioso ver a mujeres indígenas con vestimenta tradicional adorar imágenes impuestas con palpable fervor. Debe haber unos Cristos más milagrosos que otros porque mucha gente hace cola para tocar a algunas estatuas (no precisamente las que tienen más valor artístico) previo pago de unas monedas, mientras otras son ignoradas. Pero no todo es religión en esta Semana Santa: la gente se echa a la calle para disfrutar del ambiente y es una buena oportunidad para ver distintas danzas de lugares lejanos que me dejan embobado.
Esta zona de los Andes es especialmente pobre siendo un campo abonado para la revuelta social. En los 80 surgió en Ayacucho el grupo terrorista Sendero Luminoso, realmente sanguinario. Con una ideología algo laxa con la igualdad como bandera prendió con fuerza por estas tierras en jóvenes que no tenían donde agarrarse. Ahora está adormecido y desde los 90 sólo han tenido algunas actuaciones muy esporádicas. Pero la pobreza sigue siendo fuerte. Es difícil a veces convivir con esta realidad y te sientes impotente con tu bolsillo lleno de billetes. Para ellos un europeo es directamente rico (una carrera urbana de un mototaxi en Andahuaylas vale 15 céntimos de euro) y comparativamente no les falta razón. Para tranquilizarme pienso que tener el conocimiento de esta realidad es ya algo de por sí y así lo sobrellevo bien. Para otros europeos con los que he hablado de este tema más sensibles a la miseria que yo este hecho les resulta a veces insoportable. Y poca gente (alguna hay) es incapaz de sentir una profunda tristeza ante este panorama de desigualdad extrema. Pero casi todos continuamos pasándolo bien en nuestro viaje viviendo nuestra vida de ricos.
Entre Ayacucho y Cuzco hay una carretera en su mayor parte sin asfaltar que conectan ambas ciudades en 22 horas de autobús (no hay ni VIP, ni Imperial, ni Business ni siquiera especial). Decido cortar el viaje en Andahuaylas, a mitad de camino y me pongo el despertador. A mitad de la noche decido cambiarlo para tener más tiempo pero en realidad lo desconecto entre sueños. Abro los ojos a las 7.22, dos minutos más tarde de la hora a la que debía estar en la parada (el autobús salía a las 7.30) y como un rayo y con mucha suerte logro jadeante llegar a tiempo. El autobús está por dentro medio destrozado (la lámpara central y los apoyabrazos arrancados, los asientos descuajeringados) y cuando empieza a andar compruebo que es una batidora. Unos kilómetros más adelante hay un autobús que hace la ruta inversa a la mía volcado en la cuneta. La policía todavía está allí. -¿Ha habido víctimas?- pregunto idiotamente al revisor. -No-, me responde para tranquilizarme. Un poco más tarde veo a un autobús justo delante bordear la tremenda montaña por la pequeña incisión que hace de vía sobre la pared casi vertical. Literalmente no puedo mirar y cierro los ojos. Por suerte, este terrorífico tramo no dura demasiado.
Andahuaylas no tiene mucho más interés que el de ser un pueblo sin turistas. Pienso visitar una laguna cercana, pero, una vez consultados horarios de transportes y creyendo que quizás tendría la misma poca gracia que el pueblo, decido meterme al día siguiente en una combi (once pasajeros) para Cuzco vía Abancay, donde podría coger un autobús u otro coche. El trayecto es corto y el autobús tampoco dura demasiado, pasándoseme volando al venir conversando sobre Perú con un peruano abogado y policía. En total, las 22 horas previstas se quedaron milagrosamente en 18, cosa extraña en un país como este.
Y llegué a la ansiada ciudad de Cuzco. A partir de ahora podré responder afirmativamente a la repetida pregunta que me ha perseguido por todo Perú: -¿Ya conoce usted el Cusco? El Cusco es liiiindo.-
El primer tramo duró once en vez de las nueve horas prometidas y el paisaje subiendo las montañas es descarnado en un primer momento y remoto y apoteósico después. Lástima que una señora gorda se subiera al autobús y nos atufara a todos. Aunque se sentó en la parte de atrás el pestazo que desprendía al pasar al lado es indescriptible. Solo se me ocurre describirlo asemejándolo con 5 establos concentrados, pero con otro aroma, extraño e igual de asqueroso. Al rato me acostumbro al hedor y tras pasar una zona de mucho calor (el aire acondicionado estaba roto y no se podían abrir las ventanas) disfruto del camino, tanto, que me da cierto fastidio llegar a Ayacucho en mitad de una canción de mi ipod que me tiene emocionado. Desde lo alto, Ayacucho iluminado parece una ensoñación. ¿Como puede existir toda una ciudad en un lugar tan remoto?
El primer día la altura de Ayacucho (unos 2.750) me afecta y no me deja disfrutar a gusto de la bella ciudad colonial y de la celebración pero al siguiente me voy recuperando. La Semana Santa es una señora fiesta. Los pasos son muy graciosos porque llevan detrás un generador eléctrico con un sonido terrible para dar energía a las luces blancas que iluminan la procesión. Dicen con orgullo que es muy parecida a la Semana Santa de Sevilla y en el fondo es igual. Solo hay que cambiar el papel de platina de los pasos por la plata sevillana (que paradójicamente puede que proceda de por aquí), pero el efecto global es el mismo. Ellos además decoran las calles con mantos de flores formando preciosas figuras. También visitan los templos engalanados (hay una barbaridad de ellos en Ayacucho) con verdadera devoción. Me resulta curioso ver a mujeres indígenas con vestimenta tradicional adorar imágenes impuestas con palpable fervor. Debe haber unos Cristos más milagrosos que otros porque mucha gente hace cola para tocar a algunas estatuas (no precisamente las que tienen más valor artístico) previo pago de unas monedas, mientras otras son ignoradas. Pero no todo es religión en esta Semana Santa: la gente se echa a la calle para disfrutar del ambiente y es una buena oportunidad para ver distintas danzas de lugares lejanos que me dejan embobado.
Esta zona de los Andes es especialmente pobre siendo un campo abonado para la revuelta social. En los 80 surgió en Ayacucho el grupo terrorista Sendero Luminoso, realmente sanguinario. Con una ideología algo laxa con la igualdad como bandera prendió con fuerza por estas tierras en jóvenes que no tenían donde agarrarse. Ahora está adormecido y desde los 90 sólo han tenido algunas actuaciones muy esporádicas. Pero la pobreza sigue siendo fuerte. Es difícil a veces convivir con esta realidad y te sientes impotente con tu bolsillo lleno de billetes. Para ellos un europeo es directamente rico (una carrera urbana de un mototaxi en Andahuaylas vale 15 céntimos de euro) y comparativamente no les falta razón. Para tranquilizarme pienso que tener el conocimiento de esta realidad es ya algo de por sí y así lo sobrellevo bien. Para otros europeos con los que he hablado de este tema más sensibles a la miseria que yo este hecho les resulta a veces insoportable. Y poca gente (alguna hay) es incapaz de sentir una profunda tristeza ante este panorama de desigualdad extrema. Pero casi todos continuamos pasándolo bien en nuestro viaje viviendo nuestra vida de ricos.
Entre Ayacucho y Cuzco hay una carretera en su mayor parte sin asfaltar que conectan ambas ciudades en 22 horas de autobús (no hay ni VIP, ni Imperial, ni Business ni siquiera especial). Decido cortar el viaje en Andahuaylas, a mitad de camino y me pongo el despertador. A mitad de la noche decido cambiarlo para tener más tiempo pero en realidad lo desconecto entre sueños. Abro los ojos a las 7.22, dos minutos más tarde de la hora a la que debía estar en la parada (el autobús salía a las 7.30) y como un rayo y con mucha suerte logro jadeante llegar a tiempo. El autobús está por dentro medio destrozado (la lámpara central y los apoyabrazos arrancados, los asientos descuajeringados) y cuando empieza a andar compruebo que es una batidora. Unos kilómetros más adelante hay un autobús que hace la ruta inversa a la mía volcado en la cuneta. La policía todavía está allí. -¿Ha habido víctimas?- pregunto idiotamente al revisor. -No-, me responde para tranquilizarme. Un poco más tarde veo a un autobús justo delante bordear la tremenda montaña por la pequeña incisión que hace de vía sobre la pared casi vertical. Literalmente no puedo mirar y cierro los ojos. Por suerte, este terrorífico tramo no dura demasiado.
Andahuaylas no tiene mucho más interés que el de ser un pueblo sin turistas. Pienso visitar una laguna cercana, pero, una vez consultados horarios de transportes y creyendo que quizás tendría la misma poca gracia que el pueblo, decido meterme al día siguiente en una combi (once pasajeros) para Cuzco vía Abancay, donde podría coger un autobús u otro coche. El trayecto es corto y el autobús tampoco dura demasiado, pasándoseme volando al venir conversando sobre Perú con un peruano abogado y policía. En total, las 22 horas previstas se quedaron milagrosamente en 18, cosa extraña en un país como este.
Y llegué a la ansiada ciudad de Cuzco. A partir de ahora podré responder afirmativamente a la repetida pregunta que me ha perseguido por todo Perú: -¿Ya conoce usted el Cusco? El Cusco es liiiindo.-
jueves, 1 de abril de 2010
12. Iquitos. La selva dentro de la selva
Para hacerse una primera idea de Iquitos conviene saber el repetido dato de que es la ciudad más grande del mundo sin acceso rodado. Yo llegué volando desde Lima y me sorprendió la selva desde arriba, surcada de ríos con meandros imposibles. También se puede llegar por barco de toda clase, pués la ciudad está ubicada en pleno río Amazonas.
Llego de noche y una multitud de taxistas y comisionistas de agencias de viaje se avalanza sin piedad sobre mí, uno de los pocos turistas que llega en el vuelo. Por suerte me espera un taxi que había concertado con el hotel y me resulta más fácil desprenderme del enjambre humano. En un primer momento la ciudad me decepciona. Me resulta lumpen en exceso y el calor sofocante me asfixia. La plaza principal tiene un edificio medio destruido y detrás sobresale uno azul de varias plantas abandonado. La iglesia es estilo kitch. Ceno en el único restaurante pasable que encuentro la ternera más dura que he probado en mi vida y pruebo suerte con un pedazo de tarta de limón que compro en una cafetería. Me siento en un banco de la plaza para tomármela y, al ser medio lechosa, me da reparo y prudentemente la tiro a la basura. Con dos ventiladores enfocándome, me tomo un helado Camy en la cama a la espera del día siguiente.
Fué solo la primera impresión. Iquitos es en realidad una ciudad muy sexy, animada y atractiva. No puede valorarse por patrones de belleza occidentales, porque no cumple casi ninguno. Es decadente en exceso pero su época de gloria (los años en que la zona exportaba caucho a medio mundo) se palpa en multitud de edificios con azulejos importados de Portugal y un gusto por lo fráncés que tiene su máxima expresión en una casa de hierro diseñada, según ellos, por Eiffel y traída pieza a pieza del país galo.
El primer día lo paso buscando una excursión a la selva. Fué bastante difícil porque todas las agencias ofrecían lo mismo y la competencia es feroz, tratando los comisionistas de guiarte ellos mismos a sus agencias. Una vez contratas la obligada excursión a la selva todos los comisionistas lo saben (ignoro el modo) y te dejan en paz. A última hora me decido por una excursión de cuatro días a un lodge alejado de Iquitos básicamente porque quería partir al día siguiente y porque ya había dos italianos apuntados. No me apetecía ir sólo con un guía.
La excursión estuvo bien, aunque disfruté más la que hice en Ecuador. El lodge estaba ubicado en el río Cumaceba, tributario del Ucayali, río que se une antes de llegar a Iquitos con el Marañón para formar el Amazonas. Las condiciones de alojamiento y comida son bastante buenas para lo que es la selva pero el guía es pésimo. A cada rato preguntaba "¿Qué tal? ¿Bien?" poniéndome nervioso. Los italianos (una pareja de un siciliano, Salvatore, y una italo francesa, Amelia), en cambio, son encantadores. He quedado para encontrarme de nuevo con ellos en Cuzco. No sé que hubiera sido de mí si me veo solo en la selva con un tipo así. Las actividades fueron variadas: mucha canoa (demasiada), largas caminatas, duro camping, pesca de pirañas, baño también con pirañas... Es selva primaria y se nota. Vimos caimanes, perezosos, monos, tucanes y mil aves más. Los italianos contratarón una sesión de ayahuasca, una hierva que suministra un chamán y qué, después de limpiarte por dentro (vómitos y diarrea) supuestamente te hace tener alucinaciones. Aquí en Iquitos es muy popular y todo el mundo te pregunta si la has tomado ya. Felizmente me niego a sumarme al ritual. Los italianos, después de probar la hierva, vomitaron pero nada de visiones. Me contaron que la ceremonia fue ridícula, echándole el chamán humo de un cigarro y espurreándoles agua de rosas. No sé que creer, imagino que una sesión bien llevada puede ser algo más positiva.
De vuelta disfuto con los italianos de los encantos de la ciudad. Me parece que es la selva dentro de la selva: en el concurrido mercado de Belén, el más impresionante que he visto nunca, se encuentras monos, tortugas abiertas por la mitad, armadillos, caimanes... todo lo que pone la selva a disposión del hombre y, éste, del turista. Al ambiente de ciudad salvaje contribuye el tráfico de mototaxis (motocicletas a las que se le acopla un carrito para llevar pasajeros). Cruzar una calle es una aventura. Creo que más de la mitad de la población en Iquitos es taxista.
Una semana más tarde de mi llegada vuelo vía Pucallpa de nuevo a Lima, donde pernocto en el mismo hostal donde me quedé antes y, a la mañan siguiente, me embarco en un bus que me subirá a los Andes, concretamente a la ciudad de Ayacucho, donde dicen que se encuentra la mejor Semana Santa del Perú.
Llego de noche y una multitud de taxistas y comisionistas de agencias de viaje se avalanza sin piedad sobre mí, uno de los pocos turistas que llega en el vuelo. Por suerte me espera un taxi que había concertado con el hotel y me resulta más fácil desprenderme del enjambre humano. En un primer momento la ciudad me decepciona. Me resulta lumpen en exceso y el calor sofocante me asfixia. La plaza principal tiene un edificio medio destruido y detrás sobresale uno azul de varias plantas abandonado. La iglesia es estilo kitch. Ceno en el único restaurante pasable que encuentro la ternera más dura que he probado en mi vida y pruebo suerte con un pedazo de tarta de limón que compro en una cafetería. Me siento en un banco de la plaza para tomármela y, al ser medio lechosa, me da reparo y prudentemente la tiro a la basura. Con dos ventiladores enfocándome, me tomo un helado Camy en la cama a la espera del día siguiente.
Fué solo la primera impresión. Iquitos es en realidad una ciudad muy sexy, animada y atractiva. No puede valorarse por patrones de belleza occidentales, porque no cumple casi ninguno. Es decadente en exceso pero su época de gloria (los años en que la zona exportaba caucho a medio mundo) se palpa en multitud de edificios con azulejos importados de Portugal y un gusto por lo fráncés que tiene su máxima expresión en una casa de hierro diseñada, según ellos, por Eiffel y traída pieza a pieza del país galo.
El primer día lo paso buscando una excursión a la selva. Fué bastante difícil porque todas las agencias ofrecían lo mismo y la competencia es feroz, tratando los comisionistas de guiarte ellos mismos a sus agencias. Una vez contratas la obligada excursión a la selva todos los comisionistas lo saben (ignoro el modo) y te dejan en paz. A última hora me decido por una excursión de cuatro días a un lodge alejado de Iquitos básicamente porque quería partir al día siguiente y porque ya había dos italianos apuntados. No me apetecía ir sólo con un guía.
La excursión estuvo bien, aunque disfruté más la que hice en Ecuador. El lodge estaba ubicado en el río Cumaceba, tributario del Ucayali, río que se une antes de llegar a Iquitos con el Marañón para formar el Amazonas. Las condiciones de alojamiento y comida son bastante buenas para lo que es la selva pero el guía es pésimo. A cada rato preguntaba "¿Qué tal? ¿Bien?" poniéndome nervioso. Los italianos (una pareja de un siciliano, Salvatore, y una italo francesa, Amelia), en cambio, son encantadores. He quedado para encontrarme de nuevo con ellos en Cuzco. No sé que hubiera sido de mí si me veo solo en la selva con un tipo así. Las actividades fueron variadas: mucha canoa (demasiada), largas caminatas, duro camping, pesca de pirañas, baño también con pirañas... Es selva primaria y se nota. Vimos caimanes, perezosos, monos, tucanes y mil aves más. Los italianos contratarón una sesión de ayahuasca, una hierva que suministra un chamán y qué, después de limpiarte por dentro (vómitos y diarrea) supuestamente te hace tener alucinaciones. Aquí en Iquitos es muy popular y todo el mundo te pregunta si la has tomado ya. Felizmente me niego a sumarme al ritual. Los italianos, después de probar la hierva, vomitaron pero nada de visiones. Me contaron que la ceremonia fue ridícula, echándole el chamán humo de un cigarro y espurreándoles agua de rosas. No sé que creer, imagino que una sesión bien llevada puede ser algo más positiva.
De vuelta disfuto con los italianos de los encantos de la ciudad. Me parece que es la selva dentro de la selva: en el concurrido mercado de Belén, el más impresionante que he visto nunca, se encuentras monos, tortugas abiertas por la mitad, armadillos, caimanes... todo lo que pone la selva a disposión del hombre y, éste, del turista. Al ambiente de ciudad salvaje contribuye el tráfico de mototaxis (motocicletas a las que se le acopla un carrito para llevar pasajeros). Cruzar una calle es una aventura. Creo que más de la mitad de la población en Iquitos es taxista.
Una semana más tarde de mi llegada vuelo vía Pucallpa de nuevo a Lima, donde pernocto en el mismo hostal donde me quedé antes y, a la mañan siguiente, me embarco en un bus que me subirá a los Andes, concretamente a la ciudad de Ayacucho, donde dicen que se encuentra la mejor Semana Santa del Perú.
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