http://www.youtube.com/watch?v=Yfd_8j4imOQ&feature=related
A Lima llegué tras 9 horas de autobús (VIP, por supuesto) ya de noche. Le dí a un taxi el nombre del hostal que me habían recomendado y, al estar lleno, me alojo en uno cutre que había al lado. A la mañana siguiente, temprano, me cambio de hostal y comienzo sin esperarlo uno de los días más trepidantes de mi estancia en Perú, que relato tal cual a continuación.
Tras dar una vuelta por Barranco, el distrito donde estaba alojado, decido acercarme al centro en autobús a ver que se cocía por allí. Al rato de ir subido, pregunto a una señora mayor que si quedaba mucho para llegar y me dice que no me preocupe, que ella me avisaba, pero que quedaba mucho. A la hora más o menos de conversación un poco aburrida, al ver que habíamos ya pasado una zona que podía parecerse centro y decírselo a la señora, me responde que se ha equivocado y que creía que íbamos en otra línea pero que no me debía bajar donde estábamos porque era uno de los distritos más peligrosos de Lima. Cuando la señora me da permiso para bajar, cojo otro autobús en sentido contrario tardando en total casi dos horas en llegar de mi barrio al centro. Me parece mentira. Antes de llegar a la Plaza de Armas almuerzo en un restaurante de la zona de la bolsa un menú del día bastante bueno con un señor que se sentó en mi mesa, pues el sitio estaba a reventar. Me recomendó tomar Pisco Soeur, el cocktail estrella de Perú en el hotel donde dicen que lo inventaron. Me lo ponen doble y riquísimo y, agradecido por mis alagos, el camarero me lo rellena cuando lo estaba terminando. Contento, llego a la Plaza de Armas donde hay un desfile regional de gente bailando danzas tradicionales y un chaval que había por allí comienza una charla que terminó en estafa.
En mi descarga solo puedo alegar que era un buen actor. Caí como un idiota, con una historia de varias horas que puedo resumir así. El chico me contó que era boliviano y que vendría este verano a España con su grupo de música. Me invitó a acompañarle a un bar allí cercano diciéndome que tocaría en un rato con su grupo, del que su padre y su hermana formaban parte. Dudé un momento, pero no veía nada raro. El bar tenía buena pinta y pidió una jarra de Pisco Souer. Apareció la que se suponía que era su hermana y seguimos bebiendo y entablando una supuesta amistad. Era una historia bien montada, algo debía tener de realidad, no se muy bien donde empieza el engaño y donde la verdad. La hermana me contó que era su cumpleaños y que su novia le había dejado y seguimos bebiendo. Nos hicimos fotos, intercambiamos las camisetas, nos dimos las direcciones... Después, preguntándome si les iba a invitar, pidieron un plato de carne de alpaca. Accedí, pero cuando dijeron de pedir una tarta de chocolate me acerqué a la barra a preguntar por la cuenta, ya que no llevaba mucho dinero encima. 640 soles por 7 jarras de pisco souer y un plato de carne. Eso es aquí una barbaridad y después de mucho rato de tira y afloja largo y arduo, complicado de resumir, la cosa se quedó en 300 soles, equivalente a unos 78 euros. Me engañaron entre los actores y el camarero compinchado como a un turista ramplón pero lo tomé bien: pensé que era mejor considerar el incidente como un impuesto que había que pagar por aprender una lección y que había pasado varias horas divertidas. ¿Qué iba a hacer? Desde luego, algo parecido no vuelve a sucederme en la vida.
Un taxi me lleva de nuevo al hostal donde me recoge enseguida Andrea, una amiga muy simpática de mi amigo Álvaro con la que estuve de fiesta, esta vez a base de cerveza, junto a sus amigos hasta las 6 de la mañana. Imaginaos como me levanté al día siguiente.
El resto de mi estancia en Lima lo paso tranquilo, disfrutando del barrio de Barranco a ritmo de Chabuca Granda. "Fina Estampa" es una de las canciones de esta cantante de vals peruana que retrata fielmente el bohemio barrio de Barranco donde creció y la sociedad distinguida que lo habita. Anteriormente era un pueblo de de las afueras pero el crecimiento desmesurado de la ciudad lo engulló. Es tranquilo, seguro, bonito y con mucha vida nocturna.
Mi hostal, además de estar bien ubicado, es más bien una casa de huéspedes con gente joven extranjera diversa que funciona como una familia. Me acogen bien, almuerzo con ellos y, como tienen costumbre cada sábado, nos reunimos en el patio central en una fiesta informal a la que acude mucha gente. A la vuelta de Iquitos, los volveré a ver.
De vez en cuando viene bien parar un poco y dejar de visitar cosas de un lado para otro. Estos cuatro días de relajación en Lima (o, mejor dicho, Barranco) me sentaron fabulosamente. Pude ver también por encima la ciudad de Lima con sus barrios infinitos de chabolas, su barrio snob de Miraflores de lujo desbordante y bellos atardeceres, su barrio central capaz de lo mejor y de lo peor... 9 millones de habitantes dan para mucho. "Del Puente a la Alameda..."
domingo, 28 de marzo de 2010
domingo, 21 de marzo de 2010
10. La Plaza de Armas de Trujillo
Me gusta Perú. Este inmenso país tiene dos atributos que lo diferencian y que hacen que sea un buen sitio para viajar.
En primer lugar la gente es muy amable. Todo el mundo te habla y se interesa por tí, de una forma muy cálida y natural. La segunda, la comida. Se come bien y barato. La cocina no es muy refinada, la verdad, pero si buscas un poco se encuentran platos excelentes.
Desde mi punto de vista, y con perdón si algún ecuatoriano lee esto, estas dos características hace de Perú, desde mi punto de vista y generalizando, un sitio más atractivo que Ecuador. Allí había muy buena gente, la verdad, tranquilos hasta extremos inauditos. Pero el peruano me ha parecido mucha más abierto. Estas dos afirmaciones se han convertido en un recurso fácil cuando me relaciono con ellos. Como son tan nacionalistas, esta comparación les derrite y me los meto rápido en el bolsillo.
Trujillo no sería lo que es sin su plaza de armas. Es una plaza tan brutalmente bella que compite con cualquier otra que haya visto por el mundo. Permitidme que me recree un poco. Es enorme y cuadrada y destaca por sus casas señoriales de pasado colonial. Son casas bajas, de una planta como mucho y pintadas de colores: rojo, azul y amarillo. Tienen unas puertas enormes, tan grandes, que con frecuencia son más altas que la propia casa. También suelen tener una ventana muy grande, desproporcionada, consiguiendo un efecto aún más llamativo por comparación cuando existen otras ventanas, ya que éstas son con frecuencia minúsculas. Hay un monumento central patriótico, árboles y palmeras, bancos para sentarse, una iglesia y, por desgracia, un par de casas modernas. El efecto global es, sin exagerar, sobrecogedor.
Además tiene mucha vida porque la gente acude a ella a pasear y a sentarse en los bancos, sobretodo al atardecer, siendo muy entretenido estar allí. He pasado mucho tiempo en esta plaza.
Los otros atractivos de esta ciudad son los yacimientos preincaicos de los alrededores. Destaca la ciudad de Chan Chan y, sobretodo, la Huaca de la Luna, un templo escalonado de la cultura Moche con unas pinturas impresionantes. Un grupo reducido (yo y un alemán) y un buen guía consigue que disfrute mucho más la segunda que la primera. Con este chaval alemán entablé amistad. Anduve por Trujillo con él y también con otras dos argentinas jovencillas que se alojaban en el mismo hostal. La verdad que es tremendo la cantidad de gente que se conoce viajando solo. Al hacer esfuerzo para hablar con los demás se traba amistad fácilmente. Lo de amistad es un decir: son relaciones tan fugaces que ya he olvidado, por ejemplo, el nombre del tipo alemán.
En Trujillo compré un billete para volar a Iquitos, ciudad en el corazón de la selva amazónica. Me apetece muchísimo ir allí. Pero antes, hay que lidiar con la megalópolis de Lima.
En primer lugar la gente es muy amable. Todo el mundo te habla y se interesa por tí, de una forma muy cálida y natural. La segunda, la comida. Se come bien y barato. La cocina no es muy refinada, la verdad, pero si buscas un poco se encuentran platos excelentes.
Desde mi punto de vista, y con perdón si algún ecuatoriano lee esto, estas dos características hace de Perú, desde mi punto de vista y generalizando, un sitio más atractivo que Ecuador. Allí había muy buena gente, la verdad, tranquilos hasta extremos inauditos. Pero el peruano me ha parecido mucha más abierto. Estas dos afirmaciones se han convertido en un recurso fácil cuando me relaciono con ellos. Como son tan nacionalistas, esta comparación les derrite y me los meto rápido en el bolsillo.
Trujillo no sería lo que es sin su plaza de armas. Es una plaza tan brutalmente bella que compite con cualquier otra que haya visto por el mundo. Permitidme que me recree un poco. Es enorme y cuadrada y destaca por sus casas señoriales de pasado colonial. Son casas bajas, de una planta como mucho y pintadas de colores: rojo, azul y amarillo. Tienen unas puertas enormes, tan grandes, que con frecuencia son más altas que la propia casa. También suelen tener una ventana muy grande, desproporcionada, consiguiendo un efecto aún más llamativo por comparación cuando existen otras ventanas, ya que éstas son con frecuencia minúsculas. Hay un monumento central patriótico, árboles y palmeras, bancos para sentarse, una iglesia y, por desgracia, un par de casas modernas. El efecto global es, sin exagerar, sobrecogedor.
Además tiene mucha vida porque la gente acude a ella a pasear y a sentarse en los bancos, sobretodo al atardecer, siendo muy entretenido estar allí. He pasado mucho tiempo en esta plaza.
Los otros atractivos de esta ciudad son los yacimientos preincaicos de los alrededores. Destaca la ciudad de Chan Chan y, sobretodo, la Huaca de la Luna, un templo escalonado de la cultura Moche con unas pinturas impresionantes. Un grupo reducido (yo y un alemán) y un buen guía consigue que disfrute mucho más la segunda que la primera. Con este chaval alemán entablé amistad. Anduve por Trujillo con él y también con otras dos argentinas jovencillas que se alojaban en el mismo hostal. La verdad que es tremendo la cantidad de gente que se conoce viajando solo. Al hacer esfuerzo para hablar con los demás se traba amistad fácilmente. Lo de amistad es un decir: son relaciones tan fugaces que ya he olvidado, por ejemplo, el nombre del tipo alemán.
En Trujillo compré un billete para volar a Iquitos, ciudad en el corazón de la selva amazónica. Me apetece muchísimo ir allí. Pero antes, hay que lidiar con la megalópolis de Lima.
miércoles, 17 de marzo de 2010
9. Nuevo país: Perú (Máncora y Chiclayo)
Cito a las 5.30 a un taxi en la puerta del hostal para que me lleve a la estación de autobuses y, de allí, a Machala, dode haré escala para llegar a la frontera. El autobús no era muy cómodo, pero al menos el conductor no era un suidicida. Atravesamos paisajes impresionantes, cambiando de panorama en minutos varias veces. Voy medio dormido, pero hago el esfuerzo de abrir de vez en cuando los ojos porque lo que veo a través de la ventanilla es espectacular: naturaleza pura, esta vez sin casuchillas que estropeen la vista. Varias horas después y unos 20 grados de temperatura más, el autobús me deja en una rotonda a las afueras de Machala, ciudad a la que me aseguran no hace falta entrar para coger un autobús a Huaquillas, en la frontera. Allí, en mitad de la nada, debajo de un tenderete de plástico para protegernos del tórrido sol, me siento en otro planeta. La gente me pregunta cosas y me miran como extrañados. Me dicen que si voy a Máncora puedo coger un autobús directo 2 horas más tarde que para en la inmigración ecuatoriana y peruana, con lo que me ahorro el peligro y la odisea de la frontera (2 taxis, una combi, un puente andando y 2 autobuses en total, es farragoso de explicar toda la logística). Me parece bien, y varios empiezan a llamar a la compañía de autobuses para reservarme asiento. No me entero de nada de lo que pasa a mi alrededor, pero me dicen que no me preocupe y que espere. Esto de que me tomen por una maleta me pone un poco nervioso. No había sitio en el autobús cuando llegó, pero me colocan en el del ayudante del conductor y dejan a éste de pié. Fue un viaje muy divertido, charlando y bromeando, y el paso de la frontera fue relativamente cómodo, si se obvia el calor que hacía cuando el autobús estaba parado.
Ya en Máncora doy varias vueltas con la mochila a cuestas buscando un sitio decente para dormir hasta que caigo en la cuenta de que es un pueblo dividido: turistas al sur, míseras casas de pescadores al norte. Voy todo lo Sur que puedo, y una chica de Alemania me ayuda a encontrar alojamiento. Tiene menos de 20 años y su viaje no dura unos meses, sino un año. Me acomodo en un hostal estupendo, de los mejores donde he estado, de una pareja joven muy simpática, con internet gratis, ambiente tranquilo, buen precio, cama cómoda... Todo en una casa tipo cabaña de madera y caña con unas cristaleras inmensas. Bajo a la playa, a unos metros del hotel, y Perú me da la bienvenida con un atardecer que lo incendia todo de un rojo intenso, uno de esos atardeceres brutales que si lo ves pintado en un cuadro no te lo crees.
Máncora es el sitio de moda entre la gente joven de Perú, algo parecido a Tarifa hace unos años, con muchos surferío. Como ya he dicho antes, la división entre pueblo turístico y pueblo, con perdón, de mierda es extrema: mientras algunos nos divertimos el resto lucha por sobrevivir. Así de crudo y de evidente es el día a día de Máncora. Esto me hace pensar un poco, pero pronto uno se acostumbra y lo asume como parte del paisaje. Decido pasar allí algunos días y descansar. Me dedico a holgazanear, tomar el sol, leer un libro que compré en Quito... La tade del día anterior a mi marcha, después de dar un buen paseo en caballo por la playa, Máncora se depide con otro atardeceder como el del primer día. De noche, tomando una cerveza frente a la playa, unos jóvenes (2 peruanas, un peruano y dos australianos) me animan a que me vaya con ellos de joda (marcha, aquí en Perú). Vamos a un hostal de guiris donde hay fiesta hawaina y les doy a todos una paliza al futbolín (son realmente malos). Me siento un poco ajeno a ese ambiente fiestero, me parece ddemasiado vanal (una de las peruanas no paraba de reirse de un modo histérico, como una animadora de televisión) y no tardo en irme a dormir.
Mi siguiente parada es Chiclayo. Tiene unas ruinas cerca de la civilización Moche que son bastante reconocidas pero llego justo el día anterior de que cierren, por lo que no las puedo visitar (la ciudad tampoco merecía quedarse más tiempo). La tarde la pasé casi entera charlando con una chica de una información turística y la mañana siguiente, viendo la ciudad, entr otras cosas el mercado de brujos. Allí tienen remedios naturales para todos los males que le pueden afectar al ser humano, aunque la mayoría de dudosa eficacia.
En Chiclayo hice un gran descubrimiento: unos autobuses que, por unos soles más, te lleva como a un rey, con azafata, asiento cama, aire acondicionado... Me voy a Trujillo en uno de ellos con la firme convicción de no coger otro tipo de autobuses mientras tenga la posibilidad de viajar en los VIP, como aquí son llamados.
Ya en Máncora doy varias vueltas con la mochila a cuestas buscando un sitio decente para dormir hasta que caigo en la cuenta de que es un pueblo dividido: turistas al sur, míseras casas de pescadores al norte. Voy todo lo Sur que puedo, y una chica de Alemania me ayuda a encontrar alojamiento. Tiene menos de 20 años y su viaje no dura unos meses, sino un año. Me acomodo en un hostal estupendo, de los mejores donde he estado, de una pareja joven muy simpática, con internet gratis, ambiente tranquilo, buen precio, cama cómoda... Todo en una casa tipo cabaña de madera y caña con unas cristaleras inmensas. Bajo a la playa, a unos metros del hotel, y Perú me da la bienvenida con un atardecer que lo incendia todo de un rojo intenso, uno de esos atardeceres brutales que si lo ves pintado en un cuadro no te lo crees.
Máncora es el sitio de moda entre la gente joven de Perú, algo parecido a Tarifa hace unos años, con muchos surferío. Como ya he dicho antes, la división entre pueblo turístico y pueblo, con perdón, de mierda es extrema: mientras algunos nos divertimos el resto lucha por sobrevivir. Así de crudo y de evidente es el día a día de Máncora. Esto me hace pensar un poco, pero pronto uno se acostumbra y lo asume como parte del paisaje. Decido pasar allí algunos días y descansar. Me dedico a holgazanear, tomar el sol, leer un libro que compré en Quito... La tade del día anterior a mi marcha, después de dar un buen paseo en caballo por la playa, Máncora se depide con otro atardeceder como el del primer día. De noche, tomando una cerveza frente a la playa, unos jóvenes (2 peruanas, un peruano y dos australianos) me animan a que me vaya con ellos de joda (marcha, aquí en Perú). Vamos a un hostal de guiris donde hay fiesta hawaina y les doy a todos una paliza al futbolín (son realmente malos). Me siento un poco ajeno a ese ambiente fiestero, me parece ddemasiado vanal (una de las peruanas no paraba de reirse de un modo histérico, como una animadora de televisión) y no tardo en irme a dormir.
Mi siguiente parada es Chiclayo. Tiene unas ruinas cerca de la civilización Moche que son bastante reconocidas pero llego justo el día anterior de que cierren, por lo que no las puedo visitar (la ciudad tampoco merecía quedarse más tiempo). La tarde la pasé casi entera charlando con una chica de una información turística y la mañana siguiente, viendo la ciudad, entr otras cosas el mercado de brujos. Allí tienen remedios naturales para todos los males que le pueden afectar al ser humano, aunque la mayoría de dudosa eficacia.
En Chiclayo hice un gran descubrimiento: unos autobuses que, por unos soles más, te lleva como a un rey, con azafata, asiento cama, aire acondicionado... Me voy a Trujillo en uno de ellos con la firme convicción de no coger otro tipo de autobuses mientras tenga la posibilidad de viajar en los VIP, como aquí son llamados.
viernes, 12 de marzo de 2010
8. Última parada en Ecuador: Cuenca
Me levanté tempranísimo para meterme en un autobús con dirección a Riobamba y, desde allí, a Cuenca. Creo que no me salió bien la combinación y que podía haber cogido una ruta más cómoda y algo más corta, pero allí estoy, medio dormido y entregado a una carretera que atraviesa los andes ecuatorianos. A ratos me parece la carretera espectacular, saliendo y entrando a intervalos de nubes que lamían las montañas. Me parece que el paisaje a la vez está muy afeado con casuchas continuas alrededor de la Panamericana y me fastidia un poco tanta desolación. Además, la deforestación parece importante, siendo sustituidos con frecuencia los bosques originales por eucaliptales ajenos a esa tierra, más rentables por su rápido crecimiento. El autobús segundo, el más largo, va parando continuamente y recogiendo a gente, hasta llenar por completo el pasillo central. Unas señoras de la parte de atrás empiezan a gritar al conductor que deje de recoger a gente, que han pagado para viajar cómodas y que van a llamar a la policía con su celular. Sin embargo, nadie se queja de la forma de conducir del conductor, que a mí me parece de auténtico kamikaze. No suelo tener miedo cuando viajo en autobús, pero este señor, unido a los precipicios brutales que se ven a mi izquierda, me hace temer por mi vida.
Domingo por la tarde, Cuenca aparece desierta. Encuentro un hostal estupendo, ubicado en una casa tradicional centenaria pero con unos muebles viejos y a la vez modernos elegidos con un gusto exquisito. En mi cuarto, destaca un sofá rojo brillante. Es un placer alojarse allí.
Al siguiente día deshago algunos kilómetros para visitar Ingapirca, las ruinas Incas más importantes de Ecuador. Fueron bastante interesantes, pero no se si mereció la pena tantas horas, de nuevo, de autobús. Pienso por el camino de vuelta que, si quiero recorrer América por carretera, será mejor que me tome los desplazamientos en autobús con más filosofía y los asuma como otra parte positiva del viaje.
El día siguiente fue el estándar de visita a una ciudad. Vamos (las argentinas se encuentran también en Cuenca) a museos, paseamos por un río, visitamos ruinas, almorzamos, visitamos iglesias y catedrales... auténtico día completo de turismo a la europea.
Cuenca tiene un casco histórico más pequeño y menos puro que Quito, con calles en damero y coches por todos lados. Posee un aire elegante y distinguido que la hace quizás superior a Quito en belleza, pero no puede competir en conjunto con la grandeza de la capital. Aunque no conozco la Cuenca española, me da la impresión que guarda una curiosa semejanza con ésta.
El siguiente día fue más práctico: lavar la ropa, cambiar moneda, sacar dinero, imprimir guía turística de Perú, descargar fotos para liberar las cámaras, comprar cargador y antimosquitos... múltiples tareas prácticas que surgen cuando el viaje es largo. A la mañana siguiente, madrugo mucho de nuevo, pues me espera la que, según mi guía, es la frontera más peligrosa de toda América del Sur: la frontera entre Perú y Ecuador.
Domingo por la tarde, Cuenca aparece desierta. Encuentro un hostal estupendo, ubicado en una casa tradicional centenaria pero con unos muebles viejos y a la vez modernos elegidos con un gusto exquisito. En mi cuarto, destaca un sofá rojo brillante. Es un placer alojarse allí.
Al siguiente día deshago algunos kilómetros para visitar Ingapirca, las ruinas Incas más importantes de Ecuador. Fueron bastante interesantes, pero no se si mereció la pena tantas horas, de nuevo, de autobús. Pienso por el camino de vuelta que, si quiero recorrer América por carretera, será mejor que me tome los desplazamientos en autobús con más filosofía y los asuma como otra parte positiva del viaje.
El día siguiente fue el estándar de visita a una ciudad. Vamos (las argentinas se encuentran también en Cuenca) a museos, paseamos por un río, visitamos ruinas, almorzamos, visitamos iglesias y catedrales... auténtico día completo de turismo a la europea.
Cuenca tiene un casco histórico más pequeño y menos puro que Quito, con calles en damero y coches por todos lados. Posee un aire elegante y distinguido que la hace quizás superior a Quito en belleza, pero no puede competir en conjunto con la grandeza de la capital. Aunque no conozco la Cuenca española, me da la impresión que guarda una curiosa semejanza con ésta.
El siguiente día fue más práctico: lavar la ropa, cambiar moneda, sacar dinero, imprimir guía turística de Perú, descargar fotos para liberar las cámaras, comprar cargador y antimosquitos... múltiples tareas prácticas que surgen cuando el viaje es largo. A la mañana siguiente, madrugo mucho de nuevo, pues me espera la que, según mi guía, es la frontera más peligrosa de toda América del Sur: la frontera entre Perú y Ecuador.
domingo, 7 de marzo de 2010
7. Incursión a la selva amazónica
Como conté en la anterior entrada, una vez en Baños improvisé una incursión a la selva amazónica cercana al Puyo, a unas dos horas de donde me encontraba.
Cuando llego a la agencia por la mañana para partir a la selva, me informan que mis compañeros iniciales habían decidido hacer un tour más largo y que yo me uniría al grupo de otra agencia, que iban a hacer un tour igual al mío, con otras dos personas. Me dan botas de agua y un poncho para la lluvia y me recoge un coche tipo ranchera con el guía, un indígena llamado Rumy, y dos chicas argentinas algo mayores que yo y muy "macanudas", Diana y Flopy. La verdad es que desde el primer momento noto que hay muy buena "onda".
El primer día pasamos por una reserva de recuperación de monos en semilibertad y nos acomodamos en unas cabañas de madera en alto al lado de un río en un paraje espectacular. Lo de acomodarnos es un decir, pues las condiciones eran lo contrario a lo que entendemos en el mundo occidental por confort. A pesar de las incomodidades de las cabañas donde dormimos todo el grupo (una gallina poniendo huevos por las camas, ausencia de puerta, camas chicas y duras, vaivén cada vez que alguien se gira en su cama) duermo ambos días estupendamente y me siento muy a gusto allí.
Tras tomar el almuerzo hacemos un recorrido por la selva hasta llegar a una cascada de agua cristalina donde tomamos un baño. Me encantó la selva. Aunque no era primaria (totalmente virgen), es increible observar como compiten de una manera feroz las plantas y árboles por hacerse un hueco. El guía nos iba explicando algunos secretos de la fauna y la flora, así como la vida de los indígenas en la jungla (el vivió en la selva hasta que un cura le recogió de su comunidad aislada).
Tras cenar los pescados que cogimos del río, el matrimonio indígena dueño de las cabañas nos cuentan una seríe de leyendas de la selva irreproducibles y reimos bastante con ellos (las argentinas son realmente divertidas).
Al día siguiente damos un paseo por la selva más serio. Nos pinta la cara Rumy a Flopy y a mí con un fruto de un árbol y aplica un barro a Diana. Asimismo nos da todo tipo de remedios para los males que sufrimos (picaduras, resfriado). Fue una buena caminata, muy placentera hasta que empieza a llover de una manera desmesurada. Como cruzábamos ríos cada vez más crecidos, al principio intentamos que las botas que nos llegan hasta la rodilla no se llenen de agua, pero pronto nos resignamos y optamos por vaciarlas de agua de vez en cuando. La lluvia era infernal y, en un momento, tenemos que andar por un río con el agua por encima de la cintura cogidos de las manos, intentando evitar que las mochilas se empapen. Finalmente llegamos a una cascada escondida a la que hay que acceder nadando. Impresionante.
A toro pasado, creo que la lluvia le dió un puntito de aventura a la caminata muy estimulante. A la vuelta cenamos en las cabañas los peces pescados y unos gusanos que recogimos que se encuentran dentro de algunas palmas podridas. Tienen el tamaño de un dedo gordo y son blancos y repugnantes, pero tienen un aporte de proteinas equivalente a 5 libras de carne, como nos repite el guía. Con un pequeño esfuerzo, probé uno a la plancha y me resultó un poco asqueroso, crugiente por fuera y blando por dentro.
En una canoa nos trasladamos a otra cabaña río abajo. El paseo, al bajar el río fuerte y crecido, daba un poco de cague, pero llegamos con éxito a la otra cabaña, donde nos acostamos previo una caminata nocturna para ver caimanes y tomar unas cervezas en una fiesta un poco surrealista que organizaban cuatro o cinco ecuatorianos jóvenes que andan por allí. Al día siguiente, tras lanzarnos con una liana, subir a un mirardor y aprender a usar una cervatana, volvemos exhaustos pero contentos a Baños. Allí, limpio y aseado por fin, ceno una parrilada argentina (¡la primera vez que como carne que no sea pollo en 3 semanas!) y madrugo para meterme en un autobús hacia Cuenca, la joya colonial de Ecuador.
Cuando llego a la agencia por la mañana para partir a la selva, me informan que mis compañeros iniciales habían decidido hacer un tour más largo y que yo me uniría al grupo de otra agencia, que iban a hacer un tour igual al mío, con otras dos personas. Me dan botas de agua y un poncho para la lluvia y me recoge un coche tipo ranchera con el guía, un indígena llamado Rumy, y dos chicas argentinas algo mayores que yo y muy "macanudas", Diana y Flopy. La verdad es que desde el primer momento noto que hay muy buena "onda".
El primer día pasamos por una reserva de recuperación de monos en semilibertad y nos acomodamos en unas cabañas de madera en alto al lado de un río en un paraje espectacular. Lo de acomodarnos es un decir, pues las condiciones eran lo contrario a lo que entendemos en el mundo occidental por confort. A pesar de las incomodidades de las cabañas donde dormimos todo el grupo (una gallina poniendo huevos por las camas, ausencia de puerta, camas chicas y duras, vaivén cada vez que alguien se gira en su cama) duermo ambos días estupendamente y me siento muy a gusto allí.
Tras tomar el almuerzo hacemos un recorrido por la selva hasta llegar a una cascada de agua cristalina donde tomamos un baño. Me encantó la selva. Aunque no era primaria (totalmente virgen), es increible observar como compiten de una manera feroz las plantas y árboles por hacerse un hueco. El guía nos iba explicando algunos secretos de la fauna y la flora, así como la vida de los indígenas en la jungla (el vivió en la selva hasta que un cura le recogió de su comunidad aislada).
Tras cenar los pescados que cogimos del río, el matrimonio indígena dueño de las cabañas nos cuentan una seríe de leyendas de la selva irreproducibles y reimos bastante con ellos (las argentinas son realmente divertidas).
Al día siguiente damos un paseo por la selva más serio. Nos pinta la cara Rumy a Flopy y a mí con un fruto de un árbol y aplica un barro a Diana. Asimismo nos da todo tipo de remedios para los males que sufrimos (picaduras, resfriado). Fue una buena caminata, muy placentera hasta que empieza a llover de una manera desmesurada. Como cruzábamos ríos cada vez más crecidos, al principio intentamos que las botas que nos llegan hasta la rodilla no se llenen de agua, pero pronto nos resignamos y optamos por vaciarlas de agua de vez en cuando. La lluvia era infernal y, en un momento, tenemos que andar por un río con el agua por encima de la cintura cogidos de las manos, intentando evitar que las mochilas se empapen. Finalmente llegamos a una cascada escondida a la que hay que acceder nadando. Impresionante.
A toro pasado, creo que la lluvia le dió un puntito de aventura a la caminata muy estimulante. A la vuelta cenamos en las cabañas los peces pescados y unos gusanos que recogimos que se encuentran dentro de algunas palmas podridas. Tienen el tamaño de un dedo gordo y son blancos y repugnantes, pero tienen un aporte de proteinas equivalente a 5 libras de carne, como nos repite el guía. Con un pequeño esfuerzo, probé uno a la plancha y me resultó un poco asqueroso, crugiente por fuera y blando por dentro.
En una canoa nos trasladamos a otra cabaña río abajo. El paseo, al bajar el río fuerte y crecido, daba un poco de cague, pero llegamos con éxito a la otra cabaña, donde nos acostamos previo una caminata nocturna para ver caimanes y tomar unas cervezas en una fiesta un poco surrealista que organizaban cuatro o cinco ecuatorianos jóvenes que andan por allí. Al día siguiente, tras lanzarnos con una liana, subir a un mirardor y aprender a usar una cervatana, volvemos exhaustos pero contentos a Baños. Allí, limpio y aseado por fin, ceno una parrilada argentina (¡la primera vez que como carne que no sea pollo en 3 semanas!) y madrugo para meterme en un autobús hacia Cuenca, la joya colonial de Ecuador.
miércoles, 3 de marzo de 2010
6. Empiezo a rodar. Quito y Baños
Esta vez el avión sí aterrizó en Quito, tras una parada de escala en Guayaquil. Ambos vuelos fueron muy amenos porque acabé charlando animadamente con otros dos ecuatorianos por trayecto, diría que discutiendo acaloradamente en el caso del segundo vuelo. El tema era el desarrollo turístico de Galápagos: desde mi punto de vista, aquello admite poco crecimiento más. Creo que la única vía es que se haga aún más exclusivo y no incrementar el número de turistas. Quien quiera ver aquella maravilla debe pagar mucho y recibir un servicio acorde. No hay otra, pero no sé si lleva buen camino.
Las Galápagos distan de ser el paraiso que imaginé. Es un territorio hostil para el hombre, que no logró establecerse allí de forma seria hasta que cerraron el último penal, declararon las islas Parque Natural y empezaron a recibir turismo. En las zonas con vegetación no se puede pasar y en las islas áridas no hay nada. Hace demasiado calor para disfrutar de las playas, sigo pensando que Cádiz y Cabo de Gata ganan a la mayoría de las que he visto, al menos en posibilidad de disfrute. Sin embargo, el micromundo de vida que ves allí cambia tu visión de la naturaleza. La teoría de la evolución de Darwin está clara: por ejemplo, las tortugas son tan grandes porque una vez llegadas del continente no encontraron competidores terrestres vegetarianos y alcanzaron esas oproporciones tan inmensas. Lo ves con tus propios ojos, está todo tan claro que no vuelves a considerar la naturaleza del mismo modo después de visitar las islas.
Quito tiene un centro colonial impresionante. Es grande, tiene una vida extraordinaria y está perfectamente conservado. Todas las casas son amplias y decoradas, de una solo planta o dos y muy buena fábrica. Me encantó.
Estuve dos días completos (3 noches) allí. La primera mañana notaba que me cansaba demasiado, andaba como si me faltara el aliento: mal de altura. Quito está a 2.850 metros sobre el nivel del mar y, si llegas en avión, se puede notar. Decidí tomármelo todo despacio y renunciar a subir a un monte con vistas (El Panecillo) y al telesférico. Éste último me hacía mucha ilusión porque llega a una altura de 4.000 metros, pero podía sentarme mal.
Estuve sobre todo vagando por el centro. Fuii al teatro a ver un musical, visité iglesias y museos, hice compras para el viaje que me podía ser dificil encontrar en otro sitio (libro, cargador de ipod, tapones para los oídos)... Uno de los puntos fuertes del día fue comprar frutas raras en el mercado y comérmelas allí mismo (peladas por mí y lavándome las manos, debo tener un cuidado extremo con el tema de la higiene y los alimentos). Llevaba muchos días rechazando zumos naturales con una pinta excelente y tenía necesidad de fruta. A pesar de que las fruteras se esmeraron en explicarme, no se decir el nombre de la mayoría de frutas que probé. Unas me gustaron más, otras menos y otras nada pero todas me sorprendieron.
Tuve también la oportunidad de volver a encontrarme a Catalina, que es de Quito. Tras tantos días en pueblos pequeños, se agradece el aire de la capital.
Ayer cogí el autobús para venir a un pueblo que se llama Baños. Andaba ya con ganas de hacer kilómetros en mi ruta Norte-Sur. En autobús atravesamos la llamada "avenida de los volcanes". Sin embargo, más que la belleza del paisaje, me sobrecoge la pobreza, tanto de las afueras de Quito como de los pueblos que atravesamos. El autobús paró unas 20 veces y casi en marcha se subía un montón de gente ofreciendo todo tipo de comida, hasta pinchos morunos calientes. En el vídeo, de pantalla de plasma enorme, pasaban "Gladiator", película que me apetecía ver, pero me resulta imposible abstraerme ante lo que veo por la ventanilla. Me iré acostumbrando, pronto será rutina, porque me quedan cientos de kilómetros por delante.
Baños es una ciudad pequeñita rodeada de unas montañas enormes. Una de ellas es un volcán totalmente activo, el Tungurahua, cuya explosión en 1999 cubrío de cenizas la ciudad (la lava se encarga de pararla una montaña). En 2006, volvieron a evacuar la ciudad, pero esta vez no llegó nada a Baños. Aunque activo, ahora está estable, de modo que hay poco riesgo de acabar como en Pompeya.
La ciudad en sí es alegre, aunque las casas no son nada bonitas. Ofrecen multitud de actividades de deportes de riesgo y casi me embarco hoy en un rafting. Pienso que voy solo y que debo minimizar el riesgo, así que me decido por una excursión en bici por la ruta de las cascadas. Hay un montón de cosas a lo largo de la ruta de 23 kilómetros, que además es toda cuesta abajo. Hay varias cestas con cables para pasar a un lado y al otro de los barrancos y varios puentes colgantes.
Ayer me acerqué por la noche a una loma donde se ve la ciudad de baños y el volcán. Subimos en un carrito lleno de lucecitas con Sabrina a todo volumen ("boys, boys, boys" de fondo) y arriba nos dan una bebida caliente alrededor de una hoguera. Me siento turista en el peor sentido de la palabra, tanto, que me llega a dar vergüenza.
El pueblo cuenta además con unos baños de aguas termales que brotan del volcán a 57 grados. Anoche estuve en uno de ellos y, aunque tienen mucha gente, es muy agradable, sobre todo porque son al aire libre.
Mañana pensaba ir a Cuenca pero me han dicho que no puedo perderme el oriente ecuatoriano (la selva amazónica) que está muy cerca de aquí. Así que mañana me voy en una excursión organizada de 3 días en un grupo con 2 chilenos y 2 holandeses. Tenía pensado conocer la selva en Perú, pero creo que puede ser una buena oportunidad hacerlo ahora al tenerla tan accesible. Quién sabe qué pasará en Perú.
A la vuelta de la selva os cuento que tal.
Las Galápagos distan de ser el paraiso que imaginé. Es un territorio hostil para el hombre, que no logró establecerse allí de forma seria hasta que cerraron el último penal, declararon las islas Parque Natural y empezaron a recibir turismo. En las zonas con vegetación no se puede pasar y en las islas áridas no hay nada. Hace demasiado calor para disfrutar de las playas, sigo pensando que Cádiz y Cabo de Gata ganan a la mayoría de las que he visto, al menos en posibilidad de disfrute. Sin embargo, el micromundo de vida que ves allí cambia tu visión de la naturaleza. La teoría de la evolución de Darwin está clara: por ejemplo, las tortugas son tan grandes porque una vez llegadas del continente no encontraron competidores terrestres vegetarianos y alcanzaron esas oproporciones tan inmensas. Lo ves con tus propios ojos, está todo tan claro que no vuelves a considerar la naturaleza del mismo modo después de visitar las islas.
Quito tiene un centro colonial impresionante. Es grande, tiene una vida extraordinaria y está perfectamente conservado. Todas las casas son amplias y decoradas, de una solo planta o dos y muy buena fábrica. Me encantó.
Estuve dos días completos (3 noches) allí. La primera mañana notaba que me cansaba demasiado, andaba como si me faltara el aliento: mal de altura. Quito está a 2.850 metros sobre el nivel del mar y, si llegas en avión, se puede notar. Decidí tomármelo todo despacio y renunciar a subir a un monte con vistas (El Panecillo) y al telesférico. Éste último me hacía mucha ilusión porque llega a una altura de 4.000 metros, pero podía sentarme mal.
Estuve sobre todo vagando por el centro. Fuii al teatro a ver un musical, visité iglesias y museos, hice compras para el viaje que me podía ser dificil encontrar en otro sitio (libro, cargador de ipod, tapones para los oídos)... Uno de los puntos fuertes del día fue comprar frutas raras en el mercado y comérmelas allí mismo (peladas por mí y lavándome las manos, debo tener un cuidado extremo con el tema de la higiene y los alimentos). Llevaba muchos días rechazando zumos naturales con una pinta excelente y tenía necesidad de fruta. A pesar de que las fruteras se esmeraron en explicarme, no se decir el nombre de la mayoría de frutas que probé. Unas me gustaron más, otras menos y otras nada pero todas me sorprendieron.
Tuve también la oportunidad de volver a encontrarme a Catalina, que es de Quito. Tras tantos días en pueblos pequeños, se agradece el aire de la capital.
Ayer cogí el autobús para venir a un pueblo que se llama Baños. Andaba ya con ganas de hacer kilómetros en mi ruta Norte-Sur. En autobús atravesamos la llamada "avenida de los volcanes". Sin embargo, más que la belleza del paisaje, me sobrecoge la pobreza, tanto de las afueras de Quito como de los pueblos que atravesamos. El autobús paró unas 20 veces y casi en marcha se subía un montón de gente ofreciendo todo tipo de comida, hasta pinchos morunos calientes. En el vídeo, de pantalla de plasma enorme, pasaban "Gladiator", película que me apetecía ver, pero me resulta imposible abstraerme ante lo que veo por la ventanilla. Me iré acostumbrando, pronto será rutina, porque me quedan cientos de kilómetros por delante.
Baños es una ciudad pequeñita rodeada de unas montañas enormes. Una de ellas es un volcán totalmente activo, el Tungurahua, cuya explosión en 1999 cubrío de cenizas la ciudad (la lava se encarga de pararla una montaña). En 2006, volvieron a evacuar la ciudad, pero esta vez no llegó nada a Baños. Aunque activo, ahora está estable, de modo que hay poco riesgo de acabar como en Pompeya.
La ciudad en sí es alegre, aunque las casas no son nada bonitas. Ofrecen multitud de actividades de deportes de riesgo y casi me embarco hoy en un rafting. Pienso que voy solo y que debo minimizar el riesgo, así que me decido por una excursión en bici por la ruta de las cascadas. Hay un montón de cosas a lo largo de la ruta de 23 kilómetros, que además es toda cuesta abajo. Hay varias cestas con cables para pasar a un lado y al otro de los barrancos y varios puentes colgantes.
Ayer me acerqué por la noche a una loma donde se ve la ciudad de baños y el volcán. Subimos en un carrito lleno de lucecitas con Sabrina a todo volumen ("boys, boys, boys" de fondo) y arriba nos dan una bebida caliente alrededor de una hoguera. Me siento turista en el peor sentido de la palabra, tanto, que me llega a dar vergüenza.
El pueblo cuenta además con unos baños de aguas termales que brotan del volcán a 57 grados. Anoche estuve en uno de ellos y, aunque tienen mucha gente, es muy agradable, sobre todo porque son al aire libre.
Mañana pensaba ir a Cuenca pero me han dicho que no puedo perderme el oriente ecuatoriano (la selva amazónica) que está muy cerca de aquí. Así que mañana me voy en una excursión organizada de 3 días en un grupo con 2 chilenos y 2 holandeses. Tenía pensado conocer la selva en Perú, pero creo que puede ser una buena oportunidad hacerlo ahora al tenerla tan accesible. Quién sabe qué pasará en Perú.
A la vuelta de la selva os cuento que tal.
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