Andes argentinos cerca de Mendoza

miércoles, 17 de marzo de 2010

9. Nuevo país: Perú (Máncora y Chiclayo)

Cito a las 5.30 a un taxi en la puerta del hostal para que me lleve a la estación de autobuses y, de allí, a Machala, dode haré escala para llegar a la frontera. El autobús no era muy cómodo, pero al menos el conductor no era un suidicida. Atravesamos paisajes impresionantes, cambiando de panorama en minutos varias veces. Voy medio dormido, pero hago el esfuerzo de abrir de vez en cuando los ojos porque lo que veo a través de la ventanilla es espectacular: naturaleza pura, esta vez sin casuchillas que estropeen la vista. Varias horas después y unos 20 grados de temperatura más, el autobús me deja en una rotonda a las afueras de Machala, ciudad a la que me aseguran no hace falta entrar para coger un autobús a Huaquillas, en la frontera. Allí, en mitad de la nada, debajo de un tenderete de plástico para protegernos del tórrido sol, me siento en otro planeta. La gente me pregunta cosas y me miran como extrañados. Me dicen que si voy a Máncora puedo coger un autobús directo 2 horas más tarde que para en la inmigración ecuatoriana y peruana, con lo que me ahorro el peligro y la odisea de la frontera (2 taxis, una combi, un puente andando y 2 autobuses en total, es farragoso de explicar toda la logística). Me parece bien, y varios empiezan a llamar a la compañía de autobuses para reservarme asiento. No me entero de nada de lo que pasa a mi alrededor, pero me dicen que no me preocupe y que espere. Esto de que me tomen por una maleta me pone un poco nervioso. No había sitio en el autobús cuando llegó, pero me colocan en el del ayudante del conductor y dejan a éste de pié. Fue un viaje muy divertido, charlando y bromeando, y el paso de la frontera fue relativamente cómodo, si se obvia el calor que hacía cuando el autobús estaba parado.
Ya en Máncora doy varias vueltas con la mochila a cuestas buscando un sitio decente para dormir hasta que caigo en la cuenta de que es un pueblo dividido: turistas al sur, míseras casas de pescadores al norte. Voy todo lo Sur que puedo, y una chica de Alemania me ayuda a encontrar alojamiento. Tiene menos de 20 años y su viaje no dura unos meses, sino un año. Me acomodo en un hostal estupendo, de los mejores donde he estado, de una pareja joven muy simpática, con internet gratis, ambiente tranquilo, buen precio, cama cómoda... Todo en una casa tipo cabaña de madera y caña con unas cristaleras inmensas. Bajo a la playa, a unos metros del hotel, y Perú me da la bienvenida con un atardecer que lo incendia todo de un rojo intenso, uno de esos atardeceres brutales que si lo ves pintado en un cuadro no te lo crees.
Máncora es el sitio de moda entre la gente joven de Perú, algo parecido a Tarifa hace unos años, con muchos surferío. Como ya he dicho antes, la división entre pueblo turístico y pueblo, con perdón, de mierda es extrema: mientras algunos nos divertimos el resto lucha por sobrevivir. Así de crudo y de evidente es el día a día de Máncora. Esto me hace pensar un poco, pero pronto uno se acostumbra y lo asume como parte del paisaje. Decido pasar allí algunos días y descansar. Me dedico a holgazanear, tomar el sol, leer un libro que compré en Quito... La tade del día anterior a mi marcha, después de dar un buen paseo en caballo por la playa, Máncora se depide con otro atardeceder como el del primer día. De noche, tomando una cerveza frente a la playa, unos jóvenes (2 peruanas, un peruano y dos australianos) me animan a que me vaya con ellos de joda (marcha, aquí en Perú). Vamos a un hostal de guiris donde hay fiesta hawaina y les doy a todos una paliza al futbolín (son realmente malos). Me siento un poco ajeno a ese ambiente fiestero, me parece ddemasiado vanal (una de las peruanas no paraba de reirse de un modo histérico, como una animadora de televisión) y no tardo en irme a dormir.
Mi siguiente parada es Chiclayo. Tiene unas ruinas cerca de la civilización Moche que son bastante reconocidas pero llego justo el día anterior de que cierren, por lo que no las puedo visitar (la ciudad tampoco merecía quedarse más tiempo). La tarde la pasé casi entera charlando con una chica de una información turística y la mañana siguiente, viendo la ciudad, entr otras cosas el mercado de brujos. Allí tienen remedios naturales para todos los males que le pueden afectar al ser humano, aunque la mayoría de dudosa eficacia.
En Chiclayo hice un gran descubrimiento: unos autobuses que, por unos soles más, te lleva como a un rey, con azafata, asiento cama, aire acondicionado... Me voy a Trujillo en uno de ellos con la firme convicción de no coger otro tipo de autobuses mientras tenga la posibilidad de viajar en los VIP, como aquí son llamados.

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