Esta vez el avión sí aterrizó en Quito, tras una parada de escala en Guayaquil. Ambos vuelos fueron muy amenos porque acabé charlando animadamente con otros dos ecuatorianos por trayecto, diría que discutiendo acaloradamente en el caso del segundo vuelo. El tema era el desarrollo turístico de Galápagos: desde mi punto de vista, aquello admite poco crecimiento más. Creo que la única vía es que se haga aún más exclusivo y no incrementar el número de turistas. Quien quiera ver aquella maravilla debe pagar mucho y recibir un servicio acorde. No hay otra, pero no sé si lleva buen camino.
Las Galápagos distan de ser el paraiso que imaginé. Es un territorio hostil para el hombre, que no logró establecerse allí de forma seria hasta que cerraron el último penal, declararon las islas Parque Natural y empezaron a recibir turismo. En las zonas con vegetación no se puede pasar y en las islas áridas no hay nada. Hace demasiado calor para disfrutar de las playas, sigo pensando que Cádiz y Cabo de Gata ganan a la mayoría de las que he visto, al menos en posibilidad de disfrute. Sin embargo, el micromundo de vida que ves allí cambia tu visión de la naturaleza. La teoría de la evolución de Darwin está clara: por ejemplo, las tortugas son tan grandes porque una vez llegadas del continente no encontraron competidores terrestres vegetarianos y alcanzaron esas oproporciones tan inmensas. Lo ves con tus propios ojos, está todo tan claro que no vuelves a considerar la naturaleza del mismo modo después de visitar las islas.
Quito tiene un centro colonial impresionante. Es grande, tiene una vida extraordinaria y está perfectamente conservado. Todas las casas son amplias y decoradas, de una solo planta o dos y muy buena fábrica. Me encantó.
Estuve dos días completos (3 noches) allí. La primera mañana notaba que me cansaba demasiado, andaba como si me faltara el aliento: mal de altura. Quito está a 2.850 metros sobre el nivel del mar y, si llegas en avión, se puede notar. Decidí tomármelo todo despacio y renunciar a subir a un monte con vistas (El Panecillo) y al telesférico. Éste último me hacía mucha ilusión porque llega a una altura de 4.000 metros, pero podía sentarme mal.
Estuve sobre todo vagando por el centro. Fuii al teatro a ver un musical, visité iglesias y museos, hice compras para el viaje que me podía ser dificil encontrar en otro sitio (libro, cargador de ipod, tapones para los oídos)... Uno de los puntos fuertes del día fue comprar frutas raras en el mercado y comérmelas allí mismo (peladas por mí y lavándome las manos, debo tener un cuidado extremo con el tema de la higiene y los alimentos). Llevaba muchos días rechazando zumos naturales con una pinta excelente y tenía necesidad de fruta. A pesar de que las fruteras se esmeraron en explicarme, no se decir el nombre de la mayoría de frutas que probé. Unas me gustaron más, otras menos y otras nada pero todas me sorprendieron.
Tuve también la oportunidad de volver a encontrarme a Catalina, que es de Quito. Tras tantos días en pueblos pequeños, se agradece el aire de la capital.
Ayer cogí el autobús para venir a un pueblo que se llama Baños. Andaba ya con ganas de hacer kilómetros en mi ruta Norte-Sur. En autobús atravesamos la llamada "avenida de los volcanes". Sin embargo, más que la belleza del paisaje, me sobrecoge la pobreza, tanto de las afueras de Quito como de los pueblos que atravesamos. El autobús paró unas 20 veces y casi en marcha se subía un montón de gente ofreciendo todo tipo de comida, hasta pinchos morunos calientes. En el vídeo, de pantalla de plasma enorme, pasaban "Gladiator", película que me apetecía ver, pero me resulta imposible abstraerme ante lo que veo por la ventanilla. Me iré acostumbrando, pronto será rutina, porque me quedan cientos de kilómetros por delante.
Baños es una ciudad pequeñita rodeada de unas montañas enormes. Una de ellas es un volcán totalmente activo, el Tungurahua, cuya explosión en 1999 cubrío de cenizas la ciudad (la lava se encarga de pararla una montaña). En 2006, volvieron a evacuar la ciudad, pero esta vez no llegó nada a Baños. Aunque activo, ahora está estable, de modo que hay poco riesgo de acabar como en Pompeya.
La ciudad en sí es alegre, aunque las casas no son nada bonitas. Ofrecen multitud de actividades de deportes de riesgo y casi me embarco hoy en un rafting. Pienso que voy solo y que debo minimizar el riesgo, así que me decido por una excursión en bici por la ruta de las cascadas. Hay un montón de cosas a lo largo de la ruta de 23 kilómetros, que además es toda cuesta abajo. Hay varias cestas con cables para pasar a un lado y al otro de los barrancos y varios puentes colgantes.
Ayer me acerqué por la noche a una loma donde se ve la ciudad de baños y el volcán. Subimos en un carrito lleno de lucecitas con Sabrina a todo volumen ("boys, boys, boys" de fondo) y arriba nos dan una bebida caliente alrededor de una hoguera. Me siento turista en el peor sentido de la palabra, tanto, que me llega a dar vergüenza.
El pueblo cuenta además con unos baños de aguas termales que brotan del volcán a 57 grados. Anoche estuve en uno de ellos y, aunque tienen mucha gente, es muy agradable, sobre todo porque son al aire libre.
Mañana pensaba ir a Cuenca pero me han dicho que no puedo perderme el oriente ecuatoriano (la selva amazónica) que está muy cerca de aquí. Así que mañana me voy en una excursión organizada de 3 días en un grupo con 2 chilenos y 2 holandeses. Tenía pensado conocer la selva en Perú, pero creo que puede ser una buena oportunidad hacerlo ahora al tenerla tan accesible. Quién sabe qué pasará en Perú.
A la vuelta de la selva os cuento que tal.
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