Andes argentinos cerca de Mendoza

jueves, 27 de mayo de 2010

20. Continúan las estaciones: invierno en Córdoba y primavera en Rosario

Con Andrea, la catalana, me voy a Córdoba, la segunda ciudad de Argentina por tamaño. Duermo aquí en un atractivo e informal "hostel de jóvenes" donde nos reciben, como hacen cada viernes, con empanadas para cenar. Ya noto el frío nada más llegar, pero la temperatura baja durante mi estancia haciendo que sufra por este motivo a pesar de ponerme toda la ropa que hay en mi mochila. Me pilla de sorpresa, no esperaba encontrarme con un frío tan extremo en este viaje. Y el cansancio hace su aparición, más de tres meses de bagabundaje pesan en las espaldas.
Mucha vida urbana en una ciudad que mezcla sin complejos casas coloniales de planta baja y edificios altos y modernos. Esto crea un contraste atractivo en ocasiones y obsceno en la mayoría de los casos. No obstante me apetece vida urbana trepidante, que es lo que ofrece la ciudad con gran naturalidad.
Entre cines, museos y paseos me alejo un día de la ciudad con otros extranjeros para conocer la estancia jesuítica de Alta Gracia. El pueblito es curioso, está bien si evito la comparación con las misiones bolivianas, aunque el frío polar también tiene algo que aportar a mi impresión global. Otro momento para recordar es la cena en casa de Carlos, un argentino cordobés que conocimos unos días antes en Mendoza. Con buena compañía, buen vino y, como no, buena carne, es de esperar que todo transcurra de forma plácida. Y descansar de tanto restaurante a estas alturas se agradece.
Antes de Buenos Aires hago una breve parada en Rosario de una sola noche. Es como Córdoba pero más fina, más elegante. El río Paraná crea una zona de paseo estupenda y lo paso bien explorando la ciudad contra reloj. El sol brilla y mi espíritu se alegra con el brusco carpetazo al invierno y la apertura a una primavera radiante. Qué bien.
Tan solo cuatro horas de autobús (¡sólo cuatro!) me separan de Buenos Aires, punto final de la primera y principal etapa de mi viaje.

domingo, 16 de mayo de 2010

19. Otoño primaveral en Mendoza

La siguiente parada es Mendoza, varios cientos de Kilómetros más al Sur. La inmensidad de este país me impresiona al atravesar vastos terrenos sin un alma. Mendoza es una ciudad próspera y moderna. Un terremoto la destruyó en el siglo XIX dándole la oportunidad de renacer unos metro más al oeste con un diseño ordenado e higiénico, con calles anchas y arboladas y plazas para el recreo, de acuerdo con los parámetros de la época. El resultado es algo impersonal pero muy efectivo. Me llama la atención especialmente el sistema de canales que mantiene todas las avenidas con sombra de plátanos gigantes, gracias al agua que llega del deshielo de las cumbres de los Andes, pues en esta ciudad ubicada en un páramo desierto apenas llueve. El color ocre de los viñas y de los árboles de la ciudad hace que me reencuentre con las estaciones: el otoño es marcado pero en mi espíritu es primavera. En el mes de mayo es primavera de toda la vida de Dios.
Tenía ganas de conocer gente, así que paré en el albergue de juventud. Mucha juventud, no encajo del todo en este ambiente happy internacional (me aburre un poco) pero es cierto que está bien para estar acompañado, aunque no se duerma muy bien. Allí conozco a una chica de Cataluña y a otra gente más, sirviéndome para estar muy entretenido para arriba y para abajo. Un par de días los dedico a la ciudad, otro a beber vino visitando bodegas con una bici alquilada y otro más a conocer un poco más de cerca el Aconcagua, la montaña más alta de América. Las montañas tienen por aquí una verticalidad como no la había visto antes en todos los Andes.
Me sorprende la amabilidad de los habitantes de esta ciudad. En un autobús no teníamos monedas para pagar (lo de las monedas y este país daría para escribir una entrada completa) y aunque nos dejaron pasar, un montón de gente nos dió en el mismo autobús monedas para la vuelta. El carácter de este pueblo hace que te sientas bien en Argentina. Hace muchísimo. Bueno, el carácter argentino y los bifes de chorizo, unos chuletones de ternera increibles. Cuando vuelva a España voy a estar tomando fruta una semana. Me apetece y lo necesito. Tanta carne, tanta cerveza de litro y tanto alfajor se empieza a notar alrededor de la cintura.

martes, 11 de mayo de 2010

18. Vueltas por el Norte argentino

Ya está el billete de vuelta comprado, el 6 junio vuelo desde Río a Málaga después de visitar Buenos Aires e Iguazú con el amigo Álvaro Artacho. Aunque aun me queda casi un mes de viaje siento que esto va llegando a su fin. Me parece antes de ayer cuando cogí (tomé, aquí en Argentina) el avión a Ecuador. Uno se mentaliza al tiempo que tiene de viaje y, la verdad, creo que cuando llegue el día no me apetecerá quedarme ni una semana más pero probablemente hubiera pasado lo mismo si hubiera planificado estar por aquí 6 meses o 1 mes. Mentalmente uno se prepara para lo que dure el viaje y no quiere ni más ni menos.
Desde Santa Cruz no se si continuar por Tarija (previo paso por carretera de muerte) o pasar directamente a Argentina. Tras comer un pollo un poco asqueroso en la estación de Santa Cruz lo considero y finalmente me puede la comodidad. Tengo que confesar que llegar a Argentina fue un alivio. No era consciente de lo que añoraba la civilización. Bolivia es el tercer mundo y cosas como un café en condiciones o una cena de país desarrollado sientan muy bien. Y Argentina es un país desarrollado aunque esté lejos del bienestar europeo.
Salta es una ciudad muy viva pero la recorrí un día que estaba muy muerta: el uno de Mayo. Aún así me gustó, aunque fue la provincia junto con la de Jujuy lo que más me llamó la atención. La peregrinación por el Norte de Argentina comenzó con una excursión a un salar inmenso que había en una región muy alta llena de cactus. Aunque creo que no tiene nada que ver con el de Uyuni a mí me gustó un montón. A la vuelta me quedé en el pueblo de Pumamarca para intentar cruzar al día siguiente a un pueblo de Chile llamado San Pedro de Atacama. Pumamarca es un pueblito muy chico y turístico pero con muchísimo encanto. Allí al lado está el famoso cerro de los siete colores donde se pueden contar literalmente siete colores de roca: naranja, marrón, verde, morado, amarillo, rojo y gris. Es el primer pueblo de la Quebrada de Humahuaca, un valle con unos paisajes áridos pero con una geología de belleza brutal.
Temprano por la mañana me recoge el autobús en el pueblo para cruzar a Chile pero después de esperar un rato en la frontera el autobús da media vuelta porque el puerto estaba cerrado por la nieve. Para colmo se pincha una rueda del autobús por lo que el viaje para llegar a prácticamente el mismo lugar (por variar me bajé en Jujuy) dura diez horas. Bastante frustrado mando a la mierda el viaje a Chile y decido no repetir otra vez la misma carretera (era la misma que me llevó el día anterior al salar). Jujuy, la capital de la provincia, no tiene mucho para ver y continúo visitando la Quebrada de Humahuaca. Tilcara fue el siguiente pueblo en el que estuve, la verdad que precioso. Allí duermo unas siestas brutales, hago una cabalgata (vuelta a caballo) y un breve trekking con llamas. Con unos polacos que conocí en el hostal con lo que también fui con las llamas visito el pueblo de Humahuaca y, de nuevo en Salta, alquilamos dos días un coche para conocer Cafayate y Cachi. De nuevo una paisajes espectaculares, con unas rocas de mil colores que creaban en el camino figuras que merecían una parada: el sapo, el monje, el anfiteatro... No recuerdo un sitio con una paisaje tan tremendo y conducir por esas carreteras es un placer aunque quizás nos pasamos con los kilómetros. Los polacos son simpáticos pero el segundo día de coche me empiezan a cargar un poco. ¿Me estaré volviendo un huraño de tanto viajar solo?

sábado, 1 de mayo de 2010

17. Descanso y misiones alrededor de Santa Cruz

Tras dormir un rato después de acomodarme en Santa Cruz salgo a conocer un poco el centro de la ciudad. Me resulta próspera, desenfadada y desordenada pero no encuentro mucho que hacer allí.
Parto a la mañana siguiente en un taxi colectivo a Samaipata cuyo nombre quiere decir en quechua "descanso en las alturas". Mucha altura no tiene por suerte pero si que es un sitio ideal para descansar, en un valle rodeado de verdes montañas. Me gustaría decir que el pueblito es muy bonito, pero mentiría. Es tan sólo encantador. La temperatura es la justa, ni calor ni frío, lo que se agradece un montón después de la tórrida Santa Cruz. Estas condiciones mr vienen estupendamnete en estos momentos después de un tiempo con el ritmo acelerado por terribles carreteras, así que decido quedarme varios días. Me dedico básicamente a descansar, leyendo y durmiendo la siesta, haciendo también algunas excursiones por los montes de alrededor. En el hostal hay huéspedes de muchas nacionalidades y se crea un ambiente muy bueno. Al irme conozco ya a mucha gente del pueblo y me da un poco la sensación de dejar un sitio en el que he vivido.
En un comentario de este blog Jorge Peña me propuso visitar el Plan 3000, un barrio marginal de Santa Cruz, con el proyecto Hombres Nuevos. Él estuvo hace un tiempo por aquí rodando un documental, En Las Calles Sin Nombre. Dejo el link de un resumen que hay en youtube http://www.youtube.com/watch?v=BTMMlZL8MEA. El Proyecto Hombres Nuevos trabaja para erradicar la pobreza de este barrio marginal, aunque también tiene centros en otras partes del país. Es difícil de concentrar la explicación de este proyecto, que por otra parte tampoco domino. La tarea es inmensa, con decenas de centros escolares, deportivos, asistenciales, religiosos... con la vista puesta de forma muy clara en el desarrollo del barrio. Creo que uno de sus principales retos es formar a los habitantes del Plan 3000 para que sean ellos mismos los que saquen a la gente del barrio de la situación en la que viven. El promotor del proyecto, Jose Luis Castellanos, convive en un centro en el mismo barrio con otros cooperantes, en su mayoría españoles y bolivianos. Un cooperante español me recoge de la terminal de autobuses. Me hacen sentir como en casa y a la mañana siguiente, tras pernoctar en el centro, me enseñan algunas de las instalaciones del proyecto en el barrio. Me resulta impresionante lo que la voluntad de un hombre puede conseguir. Claro que con la ayuda de otros, pero es su liderazgo y convencimiento el que hace posible todo lo que veo y, lo que me resulta todavía más sorprendente, que funcione. Profundamente admirable la entrega a los pobres. Pienso que sin la religión (es una misión, en definitiva) todo este tinglado sería casi imposible.
Y de misión actual a misiones históricas. Cerca de Santa Cruz hay una ruta con varios pueblos que fueron fundados por los jesuitas alrededor del siglo XVII para evangelizar (y culturizar) a los indios que vivían por aquí. Aunque hay más, como las conexiones por carretera no son muy buenas, visito San Javier y Concepción. Me resultan verdaderamente fascinantes estos asentamientos, en especial las iglesias construidas en madera. Tengo la suerte de llegar a ellos durante un festival de música barroca de gran nivel. Asisto a un concierto en una de las iglesias precedido por una bonita misa (creo que el cierre de el año sacerdotal o algo así), impartida por el cardenal. Es bastante importante la presencia de la iglesia en estos países. Durante la misa llego a la conclusión de que es en parte la pobreza lo que hace que la regilión tenga más fuerza aquí que en Europa. En situaciones de necesidad en las que todo es sifícil hace falta creer en algo.
Santa Cruz y alrededores, entre descanso y misiones, me llenan de energías para continuar mi viaje, aunque ahora ya con billete de vuelta.