Llevaba varios días dándole vueltas a mi ruta por la parte sur del Perú. La opción primaria era bajar desde Lima por la costa, donde la panamericana me llevaría "comodamente" a Cuzco tras una parada en Arequipa (desgraciadamente sin mi amiga Glenda, que está en Austria). La otra opción es subir a través de los Andes como me sugirieron los italianos en un camino más corto en línea recta pero más duro y largo en carreteras de mala muerte sin asfaltar. La recompensa sería la parada en la ciudad colonial de Ayacucho en plena Semana Santa.
El primer tramo duró once en vez de las nueve horas prometidas y el paisaje subiendo las montañas es descarnado en un primer momento y remoto y apoteósico después. Lástima que una señora gorda se subiera al autobús y nos atufara a todos. Aunque se sentó en la parte de atrás el pestazo que desprendía al pasar al lado es indescriptible. Solo se me ocurre describirlo asemejándolo con 5 establos concentrados, pero con otro aroma, extraño e igual de asqueroso. Al rato me acostumbro al hedor y tras pasar una zona de mucho calor (el aire acondicionado estaba roto y no se podían abrir las ventanas) disfruto del camino, tanto, que me da cierto fastidio llegar a Ayacucho en mitad de una canción de mi ipod que me tiene emocionado. Desde lo alto, Ayacucho iluminado parece una ensoñación. ¿Como puede existir toda una ciudad en un lugar tan remoto?
El primer día la altura de Ayacucho (unos 2.750) me afecta y no me deja disfrutar a gusto de la bella ciudad colonial y de la celebración pero al siguiente me voy recuperando. La Semana Santa es una señora fiesta. Los pasos son muy graciosos porque llevan detrás un generador eléctrico con un sonido terrible para dar energía a las luces blancas que iluminan la procesión. Dicen con orgullo que es muy parecida a la Semana Santa de Sevilla y en el fondo es igual. Solo hay que cambiar el papel de platina de los pasos por la plata sevillana (que paradójicamente puede que proceda de por aquí), pero el efecto global es el mismo. Ellos además decoran las calles con mantos de flores formando preciosas figuras. También visitan los templos engalanados (hay una barbaridad de ellos en Ayacucho) con verdadera devoción. Me resulta curioso ver a mujeres indígenas con vestimenta tradicional adorar imágenes impuestas con palpable fervor. Debe haber unos Cristos más milagrosos que otros porque mucha gente hace cola para tocar a algunas estatuas (no precisamente las que tienen más valor artístico) previo pago de unas monedas, mientras otras son ignoradas. Pero no todo es religión en esta Semana Santa: la gente se echa a la calle para disfrutar del ambiente y es una buena oportunidad para ver distintas danzas de lugares lejanos que me dejan embobado.
Esta zona de los Andes es especialmente pobre siendo un campo abonado para la revuelta social. En los 80 surgió en Ayacucho el grupo terrorista Sendero Luminoso, realmente sanguinario. Con una ideología algo laxa con la igualdad como bandera prendió con fuerza por estas tierras en jóvenes que no tenían donde agarrarse. Ahora está adormecido y desde los 90 sólo han tenido algunas actuaciones muy esporádicas. Pero la pobreza sigue siendo fuerte. Es difícil a veces convivir con esta realidad y te sientes impotente con tu bolsillo lleno de billetes. Para ellos un europeo es directamente rico (una carrera urbana de un mototaxi en Andahuaylas vale 15 céntimos de euro) y comparativamente no les falta razón. Para tranquilizarme pienso que tener el conocimiento de esta realidad es ya algo de por sí y así lo sobrellevo bien. Para otros europeos con los que he hablado de este tema más sensibles a la miseria que yo este hecho les resulta a veces insoportable. Y poca gente (alguna hay) es incapaz de sentir una profunda tristeza ante este panorama de desigualdad extrema. Pero casi todos continuamos pasándolo bien en nuestro viaje viviendo nuestra vida de ricos.
Entre Ayacucho y Cuzco hay una carretera en su mayor parte sin asfaltar que conectan ambas ciudades en 22 horas de autobús (no hay ni VIP, ni Imperial, ni Business ni siquiera especial). Decido cortar el viaje en Andahuaylas, a mitad de camino y me pongo el despertador. A mitad de la noche decido cambiarlo para tener más tiempo pero en realidad lo desconecto entre sueños. Abro los ojos a las 7.22, dos minutos más tarde de la hora a la que debía estar en la parada (el autobús salía a las 7.30) y como un rayo y con mucha suerte logro jadeante llegar a tiempo. El autobús está por dentro medio destrozado (la lámpara central y los apoyabrazos arrancados, los asientos descuajeringados) y cuando empieza a andar compruebo que es una batidora. Unos kilómetros más adelante hay un autobús que hace la ruta inversa a la mía volcado en la cuneta. La policía todavía está allí. -¿Ha habido víctimas?- pregunto idiotamente al revisor. -No-, me responde para tranquilizarme. Un poco más tarde veo a un autobús justo delante bordear la tremenda montaña por la pequeña incisión que hace de vía sobre la pared casi vertical. Literalmente no puedo mirar y cierro los ojos. Por suerte, este terrorífico tramo no dura demasiado.
Andahuaylas no tiene mucho más interés que el de ser un pueblo sin turistas. Pienso visitar una laguna cercana, pero, una vez consultados horarios de transportes y creyendo que quizás tendría la misma poca gracia que el pueblo, decido meterme al día siguiente en una combi (once pasajeros) para Cuzco vía Abancay, donde podría coger un autobús u otro coche. El trayecto es corto y el autobús tampoco dura demasiado, pasándoseme volando al venir conversando sobre Perú con un peruano abogado y policía. En total, las 22 horas previstas se quedaron milagrosamente en 18, cosa extraña en un país como este.
Y llegué a la ansiada ciudad de Cuzco. A partir de ahora podré responder afirmativamente a la repetida pregunta que me ha perseguido por todo Perú: -¿Ya conoce usted el Cusco? El Cusco es liiiindo.-
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pero bueno, esto que son, las mil y 1 noches??? qué pasa en Cuzco??!! Cuenta, cuenta!!!
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