El mal de altura es una reacción común por la falta de adaptación del organismo a la menor presión de oxígeno existente en cotas por encima de los 2.400 m. Suele afectar más a la gente joven que reside normalmente a nivel del mar y no tiene nada que ver con la forma física del sujeto. La solución, generalmente, es esperar dos o tres días a que el cuerpo se aclimate.
A la mañana siguiente de llegar notaba que me faltaba el aliento. No podía dar tres pasos seguidos sin acabar jadeando y el estómago lo tenía vuelto del revés. Por suerte, otros síntomas como dolor de cabeza, mareos y nauseas no se me manifestaron. Y, como me decía todo el mundo, esperé a que mi cuerpo se aclimatara, era solo cuestión de un poco de paciencia. Estuve en total ocho días e Cuzco y, aunque mejoré, estaba con mal cuerpo y sin ganas de hacer nada. Apenas pude visitar con tranquilidad todo lo que Cuzco puede ofrecer y pasé demasiado tiempo descansando solo en la habitación del hotel. No pude seguir el ritmo de los italianos, que también se encontraban allí, y con los que estuve un par de noches. Viendo que el problema no desaperecía me sentí un poco atrapado. Al Este, la selva. Al Oeste, el Pacífico. El Norte ya lo conocía y el Sur estaba ocupado por Bolivia, con alturas por encima de Cuzco. Decidí sortear las alturas por Chile, pero después leí que los expertos pronosticaban una réplica fuerte del terremoto reciente, por lo que deseché esta idea. Además en algún momento debía cruzar hacia Argentina a través de los Andes y todos los puertos tenían más de 4.000 metros. Más tarde decidí cruzar los Andes volando a Santa Cruz, ciudad del Oriente boliviano y conectar con Argentina por carreteras de menor altura. Antes visitaría la ciudad de Arequipa. Allí finalmente he decidido ir a Santa Cruz pero en autobús pasando por Cochabamba, ciudades mucho más bajas que Cuzco. He comprobado y un médico me ha confirmado que el mal de altura da al permanecer en grandes alturas, que no al atraversarlas. Feliz por hallar la solución a la ratonera en que de forma imprevista me vi inmerso, continuo mi ruta suramericana, aunque me perderé algunos destinos que me apetecían mucho, como el Lago Titicaca o el Salar de Uyuni. Pero es tontería estar en sitios en los que uno se siente mal.
La ciudad de Cuzco es impresionante. Sin duda es la más bonita del Perú y la que rezuma más historia. Muchos edificios conservan los colosales muros incas, formando un conjunto muy inspirador. El problema es que la ciudad está tomada por el turismo. Es fácil comprender que una ciudad de esta belleza con un atrracivo como Machu Pichu a pocos Kilómetros sea pasto de manadas de gringos con cámara en mano. En otras ciudades estas masas se diluyen con la población local pero en Cuzco han (hemos) tomado posesión del centro, sobre todo de la Plaza de Armas, del barrio de San Blas y de las calles de alrededor. Aunque no ha perdido ni pizca de su belleza arquitectónica, la vida del centro no es la de la gente que lo habita sino la de la gente que lo visita. No hay más que fijarse en los comercios y restaurantes de esta zona. Absolutamente ninguno está dirigido a los habitantes de Cuzco. Esto me ha fastidiado un poco, sobretodo cuando incansablemente gente trataba de ganarse la vida intentando que entrase a su restaurante o le comprara una baratija. Uno entiende que es el único medio que mucha pobre gente tiene para sobrevivir, pero ocho días diciendo no gracias cada 5 minutos cansa. Creo que en este hartazgo también influyó mi estado por la altura.
Un aliviante paréntesis fueron el par de días que pasé en Machu Pichu, que curiosamente está ubicado a bastante menos altura que Cuzco. Iba con las expectativas truncadas, como cuando una película te dice todo el mundo que es muy buena y presientes que te va a decepcionar. En absoluto. A primera hora un guía nos enseñó la ciudad perdida de los incas entre tinieblas pero lo mejor fue subir al Wayna Pichu mientras las nubes dejaban ver poco a poco un paisaje de imresión. Estuve desde las 6 de la mañana hasta las 2 de la tarde bicheando de un lado para otro, y me supo a poco. Un espectáculo. Imposible que defraude.
Como dije, Arequipa es mi última parada peruana en una ruta condicionada por un enemigo imprevisto: la altura.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario